29
· · ·
Tenía hasta las siete. Tres horas. Y la primera llamada la hice a Sara.
—Necesito que me ayudes —le dije, en cuanto descolgó—. Y necesito que confíes en mí aunque lo que voy a contarte suene completamente a locura. Llevo año y medio siendo la persona menos fiable que conozco, lo sé, así que entendería perfectamente que pensaras que he perdido la cabeza del todo y me colgaras. Pero escúchame antes. Creo que sé quién mató a tu padre. Y creo que la misma persona mató a mi hermana. Y va a venir a mi casa esta tarde, dentro de tres horas.
Hubo un silencio al otro lado. La oí respirar.
—¿Quién? —dijo al fin.
—La psiquiatra. La que ha sido mi mejor amiga durante doce años, la que me ha cuidado todo este tiempo desde que murió Clara. Lucía Arregui.
El silencio que siguió fue de otra clase. No el silencio de quien no entiende, ni el de quien duda de tu cordura. Un silencio espeso, cargado, el silencio de quien acaba de reconocer un nombre que no esperaba volver a oír.
—¿Lucía Arregui? —dijo Sara por fin, muy despacio, separando las sílabas como si quisiera asegurarse—. ¿La doctora Arregui? ¿La psiquiatra del Hospital Donostia?
Se me heló la sangre.
—La conoces.
—Que si la conozco. —Soltó una risa corta, sin gota de humor, una risa que era casi un escupitajo—. Elena, la doctora Arregui fue la psiquiatra de mi madre. Durante años. Cuatro, cinco años, no sé. Fue ella quien le firmaba las bajas, quien le ajustaba la medicación, quien la tenía clasificada con no sé cuántos diagnósticos. Y fue ella quien, cada vez que mi madre reunía por fin el valor para ir a denunciar a mi padre, le metía en la cabeza que esperara. Que todavía no estaba preparada. Que una mujer con su historial psiquiátrico no aguantaría en pie un juicio, que la defensa la haría trizas, que primero había que estabilizarla bien y ya denunciaría más adelante. —Sara respiraba fuerte, con la rabia subiéndole por la voz—. Y ese «más adelante» no llegaba nunca. Pasaban los años y siempre era pronto, siempre estaba demasiado frágil. Mi madre la acabó odiando, ¿sabes? Al final lo veía claro. Me decía: «Esa mujer no me cura, Sara. Esa mujer me tiene quieta. Es como llevar una correa, pero con bata blanca.»
Me apoyé contra la pared de la cocina porque las piernas habían dejado de sostenerme.
Una correa con bata blanca. Las palabras de Edurne, transmitidas por su hija, encajaron en mi cabeza con un chasquido, como la última pieza de algo. Lucía no era un personaje secundario que hubiera entrado en esta historia por la puerta de mi duelo, por casualidad, por ser mi amiga. Lucía estaba en el centro del tablero desde mucho antes que yo, desde mucho antes de que Clara muriera, desde mucho antes de que yo tuviera la menor idea de que existía un Tomás Herrán o un embalse de Añarbe. Lucía había tenido a Edurne Lasa en su consulta durante años, sujetándola, frenándola, sedándola, impidiendo sistemáticamente cada intento de denuncia. Y mi hermana Clara, la trabajadora social que se quemaba de rabia escribiendo en su cuaderno que el sistema no protegía a nadie, había estado, sin yo saberlo, chocando contra Lucía una y otra vez durante todo ese tiempo. Dos mujeres tirando de Edurne en direcciones opuestas, en un pulso silencioso y largo: Clara intentando sacarla, liberarla, empujarla hacia la puerta; Lucía manteniéndola dentro, dócil, medicada, callada.
Y ahora entendía por qué. No era negligencia médica, no era una psiquiatra excesivamente prudente. Lucía tenía un motivo para mantener a Edurne quieta, un motivo que yo todavía no conocía del todo pero que empezaba a oler. Mantenía a Edurne callada porque a Lucía le convenía que Tomás Herrán siguiera tranquilo, sin denuncias, sin ruido.
Y en marzo, alguien cortó ese nudo de un tajo, metiendo a Tomás Herrán en el agua.
Y en mayo, Clara, la mujer que tiraba de Edurne hacia la libertad, la que se enfrentaba a Lucía, apareció flotando en el Urumea.
Y Lucía Arregui, la única persona que sabía dónde estaban enterrados todos los secretos de esta historia, llevaba año y medio sentada en el suelo de mi cocina, sosteniéndome la mano con infinita dulzura, trayéndome cena, convenciéndome con paciencia de santa de que todo lo que yo recordaba, todo lo que mi cuerpo sabía, era mentira, era enfermedad, era una alucinación de mi mente rota.
· · ·
Esa noche, antes de dormir, volví a leer la nota por enésima vez. La conocía de memoria, pero necesitaba el papel, el tacto, mi propia letra temblorosa. «Fuiste tú. Las dos. Por Edurne.»
Las dos. Clara y yo. Lo había leído así desde el principio, sin dudarlo: mi hermana y yo. Era lo único que daba sentido al sueño, a la figura sin cara que cargaba el peso a mi lado.
Pero esa noche, por primera vez, una idea pequeña y fría se me coló por una grieta. La nota no decía Clara. La nota decía «las dos». Y yo había rellenado el hueco con el nombre de mi hermana porque era el nombre que necesitaba que estuviera, porque prefería ser cómplice de Clara antes que cómplice de una desconocida.
Cogí el cuaderno de Clara. Busqué la entrada de aquellos días de marzo, la de la última semana. Y encontré algo en lo que no me había fijado, porque no lo buscaba: una línea, al margen, con su letra picuda.
«No puedo ir. Si me ven, está todo perdido. Tiene que ser otra persona. Alguien en quien E. confíe.»
E. Edurne. O Elena. La misma inicial. Llevaba año y medio dándola por Edurne.
Me incorporé en la cama con el corazón desbocado. Si Clara escribió que ella no podía ir, que tenía que ser otra persona… entonces la segunda figura de Añarbe, la que cargó el peso conmigo, la que el agua y el alcohol me habían borrado, no era mi hermana.
Era otra.
Y solo había una persona en toda esta historia que había hecho una promesa de niña, al oído de Clara, de parar a Tomás Herrán ella misma ya que nadie lo paraba.
Una persona que me había jurado, en una tienda de móviles, no conocerme de nada.
Una persona cuya cara mi mente había elegido, entre todas las del mundo, para ponérsela a la mensajera que venía a visitarme.
Miré el teléfono en la mesilla. Tenía tres mensajes sin leer de Sara, de esa misma tarde, preguntándome cómo iba, ofreciéndose a acompañarme, diciéndome que no estuviera sola.
Y no supe qué sentir. No era miedo, no exactamente; era algo más confuso y más triste. Si la segunda figura de Añarbe había sido Sara, entonces aquella chica que me escribía para que no estuviera sola cargaba, con veinticinco años, el mismo peso que yo. Y si se había acercado a mí estos días, tal vez no fuera por cálculo, sino por lo mismo que me empujaba a mí hacia ella: la necesidad desesperada de saber qué recordaba la otra. De medir el peligro. De averiguar si la persona que tenía enfrente iba a hundirla o a salvarla.
No la temí. La reconocí. Y eso, descubrí, era mucho peor, porque significaba que las dos estábamos haciéndonos exactamente lo mismo, vigilándonos con ternura, midiéndonos con cariño, sin atrevernos ninguna a preguntar lo único que importaba.
Apagué la luz sin contestar a sus mensajes. No tenía nada que decirle que no fuera una pregunta que me daba demasiado miedo formular.
SESIÓN DOCE
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(Lo que sigue no lo viví yo. Lo reconstruí después, con lo que Aguirre me contó y con lo que consta en el expediente. Lo cuento aquí, en su sitio, porque mientras yo salía de aquel café creyéndome a salvo, esto ocurría a la vez, en otra punta de la ciudad, y porque saber que ocurría me habría cambiado aquella tarde entera.)
La subinspectora Aguirre llevaba tres semanas trabajando fuera de horario en un caso que oficialmente no existía.
Lo hacía de noche, en su mesa, cuando la comisaría de la Ertzaintza se quedaba en silencio. Había sacado del archivo la carpeta de Clara Sanz, la trabajadora social del Urumea, suicidio, mayo del año pasado, caso cerrado. Y la había vuelto a abrir sobre la mesa, una vez más, con esa terquedad suya que sus jefes llamaban manía y que a lo largo de treinta años había resuelto más casos que toda la criminalística junta.
Algo no le cuadraba, y ahora por fin sabía el qué.
Había vuelto a pedir el análisis de la ropa. Y allí estaba, en un informe que en su día nadie leyó con atención porque el caso ya estaba decidido antes de abrirlo: restos de sedimento en los bajos del pantalón de Clara. Un sedimento que no era del Urumea urbano, donde apareció el cuerpo. Era barro de aguas altas. De embalse. De monte.
Aguirre había pasado treinta años aprendiendo que los muertos no mienten, aunque todos los que los rodean lo hagan. Y aquel barro decía una cosa muy clara: que Clara Sanz, antes de aparecer ahogada en el río de la ciudad, había estado en otro sitio. En un sitio con agua, arriba, en el monte. En un sitio como el embalse de Añarbe, donde meses antes había aparecido otro ahogado, un tal Tomás Herrán, de Martutene, también con el caso cerrado a toda prisa.
Dos ahogados. Dos casos cerrados sin mirar. Y un mismo barro de monte uniéndolos por debajo, como una vena oscura.
Aguirre trazó con el dedo la línea que conectaba los dos nombres en su libreta. Y al final de esa línea, sin saber todavía por qué, escribió un tercero, el de la psicóloga, la hermana de Clara, la mujer de mirada rota a la que había ido a ver a su consulta y que le había mentido, mal, sobre lo de Añarbe. Elena Sanz.
«Ella sabe algo», escribió al lado. Y debajo: «¿Víctima o parte?»
No tenía respuesta. Todavía. Pero por primera vez en año y medio sentía esa vieja corriente eléctrica, la que le subía por los brazos cuando un caso muerto empezaba, despacio, a respirar otra vez.
Marcó en la agenda una nota para el día siguiente: pedir formalmente la reapertura. Y otra, para esa misma tarde: llamar a Elena Sanz. Avisarla. Apretarla un poco, a ver qué saltaba.
Antes de cerrar la carpeta, sin embargo, hizo una última cosa. Sacó del expediente la lista de personas del entorno de Clara Sanz que en su día se habían interrogado de pasada, sin profundizar, porque el caso estaba cerrado antes de abrirse. Médicos, compañeros, conocidos. Y se detuvo en un nombre que aparecía dos veces: una como contacto profesional de Clara, otra como la persona que había acompañado a la hermana, Elena, a urgencias la noche del veintitrés de mayo y se había marchado sin identificarse. La misma persona en los dos sitios. Una psiquiatra. Doctora Lucía Arregui.
Aguirre subrayó el nombre. No sabía aún qué significaba. Pero treinta años le habían enseñado otra cosa: que cuando una misma persona aparece en los dos extremos de una historia de muertos —junto a la víctima y junto a la testigo—, casi nunca es casualidad. Casi nunca.
Anotó al lado: «Arregui. Mirar con calma.» Y subrayó dos veces la palabra calma, porque su instinto le decía que con aquella mujer iba a hacerle falta.
No sabía que no tenía calma. No sabía que, mientras ella cerraba la carpeta, la doctora Arregui ya subía unas escaleras al otro lado de la ciudad. Que la calma se había acabado para todos aquella tarde, y que ella, Aguirre, llegaría tarde por unas horas. Las justas para no poder evitar lo que iba a pasar, pero a tiempo de entender, por fin, todo lo que había pasado antes.
Descolgó el teléfono sin saber que, en ese mismo momento, a unos kilómetros, la doctora Sanz salía de un café convencida de que la única amenaza de su vida era una mujer que no existía. Sin saber que la verdadera estaba a punto de subir treinta y dos escalones con una sonrisa y una jeringa en el bolso.
El reloj corría para todos aquella tarde. Solo que cada uno contaba el suyo sin oír los demás.
La duodécima sesión fue la del embalse. La que lo precipitó todo, aunque yo no supe que la precipitaba.
Fue el café de la calle San Marcial, el que ya he contado: el día que le llevé a Lucía toda la historia de Sara, la confesión, el nombre de Tomás Herrán, la fecha del veintitrés de mayo, el embalse de Añarbe. Se lo entregué entero, ingenua, asustada, buscando que me dijera que estaba enferma para poder descansar en esa palabra.
Y ella me lo dijo, claro. Me explicó, con una paciencia conmovedora, que todo aquello era mi cabeza fabricando una mensajera a mi medida. Salí de aquel café casi aliviada.
Lo que no vi, lo que tardaría en entender, es lo que pasó por dentro de Lucía mientras me escuchaba remover su café. Que mi mente, fabricara lo que fabricara, había llegado sola hasta Añarbe. Hasta el nombre exacto. Hasta la fecha. Que la puerta que ella llevaba año y medio sosteniendo cerrada con las dos manos empezaba a abrirse por su cuenta, empujada desde dentro por una verdad que no se dejaba ahogar.
Aquel día, en aquel café, mientras me sonreía y me decía que descansara, Lucía supo que se le había acabado el tiempo. Que la sesión número trece tendría que ser distinta. Que ya no bastaba con vigilar.
Salió del café, me dio un beso en la mejilla, me dijo que me quería y que todo iba a estar bien.
Y se fue a preparar la última.