La Sesión Trece 28
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Por la mañana llamé a Lucía con la voz más normal que fui capaz de fabricar, que resultó ser bastante normal, porque llevo media vida fabricando voces normales para decir cosas que no lo son. Es una de las primeras destrezas que se aprenden cuando se crece como crecí yo, y luego el oficio la perfecciona.

—Necesito verte —dije—. He encontrado cosas de Clara. Un cuaderno suyo, papeles. Cosas que me están ayudando a entender lo que pasó, a cerrarlo. Quiero enseñártelas.

—¿Qué cosas? —Su voz, al otro lado de la línea, sonó como siempre: cálida, atenta, perfectamente modulada, la voz de la amiga incondicional que acude. Y por primera vez en doce años, esa voz que durante año y medio había sido mi único refugio en el mundo me erizó la piel de la nuca, porque ahora oía debajo de la calidez otra cosa, una atención de otra naturaleza, la del cazador que oye moverse algo en la maleza.

—Un cuaderno de trabajo suyo, sobre todo. Y unas notas. Es largo de explicar por teléfono. ¿Puedes venir esta tarde a casa?

Hubo una pausa. Milimétrica, brevísima, de menos de un segundo. Un año atrás no la habría percibido siquiera. Pero llevaba días entrenándome en escuchar las pausas, en leer los silencios, y aquella pausa la oí entera, con todo lo que contenía.

—Claro que voy —dijo Lucía—. ¿Estás bien, Elena? Te noto la voz rara.

—Estoy agotada. Llevo sin dormir bien desde que empezó todo esto, ya lo sabes.

—Eso me preocupa, y mucho. El insomnio sostenido en tu situación, con tu cuadro, es justo lo que enciende las luces de alarma. —Otra vez la médica. Otra vez el cuadro, el suelo químico, la paciente frágil a la que hay que vigilar de cerca—. ¿Has vuelto a verla? A esa mujer. A Sara.

Y ahí estaba. La pregunta de siempre, la que me hacía en cada conversación, en cada visita, con la regularidad y la aparente naturalidad de quien le toma la temperatura a un enfermo. ¿Sigues delirando, Elena? ¿Hasta dónde te llega hoy la locura? ¿Cuánto ves, cuánto oyes, cuánto recuerdas? Durante año y medio había recibido esa pregunta como una caricia, como la prueba del cuidado infinito de mi amiga. Ahora, de pie en mi cocina con la nota de mi propia letra sobre la mesa, la oía por lo que era de verdad.

No era la pregunta de una amiga preocupada por mi cordura.

Era la pregunta de alguien que necesitaba medir, una y otra vez, cuánto me acercaba a recordar la verdad. Una sonda. Un termómetro clavado en mi memoria para saber cuándo había llegado la hora de actuar.

—No —mentí, y me asustó la facilidad con que la mentira me salió, lisa y redonda—. No la he vuelto a ver. Creo que al final tenías razón en todo, Lucía. Creo que era mi cabeza, el duelo, la medicación que dejé. Estoy mucho mejor estos días, más tranquila. Por eso quiero enseñarte lo de Clara, ¿sabes? Para ordenarlo contigo, cerrarlo de una vez, y pasar página por fin.

—Me alegro muchísimo de oír eso, cielo. —Y lo juro: sonó aliviada. Profunda, sinceramente aliviada, con un alivio que le aflojó la voz—. No sabes cuánto me alegro. Voy sobre las siete, ¿te parece? Y llevo yo la cena, tú no te preocupes de nada.

Colgué. Me quedé un rato largo de pie en la cocina, con el teléfono todavía en la mano, mirando la pared.

Acababa de mentirle a la persona que había asesinado a mi hermana. Y le había mentido bien, con oficio, con una serenidad que ni yo sabía que tenía. Tan bien que se había quedado tranquila, aliviada, confiada.

Por primera vez en año y medio, no era yo la que corría peligro de perderse en la niebla, de no distinguir lo real de lo inventado.

Era ella la que no sabía. Era ella la que caminaba a ciegas. Porque Lucía Arregui ignoraba que yo, por fin, había empezado a recordar.

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Esa mañana, la última antes de que todo terminara, Marta me trajo un táper.

Lo dejó sobre mi mesa sin ceremonia, entre la agenda y el ordenador, como llevaba haciendo de tanto en tanto los últimos meses sin que ninguna de las dos lo comentáramos nunca.

—Marmitako —dijo—. De ayer. Sobró, y a ti se te olvida comer cuando andas así.

Así. Marta tenía un vocabulario propio para mis estados, y «así» abarcaba todo lo que no íbamos a nombrar: las ojeras, el café sin tocar, los días en que llegaba con la misma ropa del día anterior. Nunca preguntaba. Esa era su manera de cuidar, la única que yo toleraba: por el flanco, sin mirarme de frente, dejándome comida y dándome la espalda para que yo pudiera fingir que no me había visto temblar.

—No tendrías que hacer esto —dije.

—Ya lo sé. —Se ajustó las gafas de cerca—. Mi hija dice lo mismo. Que no es asunto mío. Que tú eres la doctora y yo la de recepción, y que cada una en su sitio. —Recogió la taza fría de mi café de la mañana sin pedir permiso—. Pero mi madre, que en paz descanse, decía una cosa: que a la gente que cura a los demás no hay quien la cure, porque no se dejan, y que por eso hay que cuidarlas a traición. Con un táper. Sin avisar. —Se detuvo en la puerta—. Llevo seis años cuidándote a traición, Elena. No lo voy a dejar ahora que andas peor que nunca.

Se me hizo un nudo en la garganta y tuve que mirar el marmitako para que no se me notara.

—Marta. —La detuve cuando ya se iba—. Si algún día pasara algo. Algo malo, conmigo. Quiero que sepas que tú eras lo que mantenía esto en pie. La consulta. Y a mí.

Marta me miró un segundo largo por encima de las gafas. No era tonta; sabía que aquella frase no era normal, que escondía algo. Pero, fiel a sí misma, no preguntó.

—No me gusta cómo suena eso —dijo solamente—. Cómete el marmitako. Y lo que sea que tengas en la cabeza, hazlo con el estómago lleno, que las tonterías se hacen mejor sin hambre.

Salió y cerró la puerta. Me comí el marmitako entero, hasta rebañar el táper, y fue lo único que comí en todo aquel día interminable, y mientras lo hacía pensé que había construido toda mi vida sobre la idea de que estaba sola, y que era mentira, que nunca lo había estado del todo, que mientras Marta apuntara mis citas a mano en su libreta de tapas negras y me dejara sobras sin avisar, había en el mundo un hilo que me sujetaba a lo real. Un hilo doméstico, de táper y café frío, más fuerte que todas mis reglas y todas mis barandillas.

Al salir, ya de noche, me detuve un momento delante del potus de la sala de espera. Llevaba meses muriéndose y yo llevaba meses ayudándolo a morir, regándolo de más, ahogándolo a fuerza de cuidados, como Marta me había advertido el primer día. Aquella noche, por primera vez, no lo regué. Lo dejé en paz. Le quité el plato lleno de agua que tenía debajo, ese agua estancada en la que se le estaban pudriendo las raíces sin que yo lo viera, y lo escurrí en el lavabo. A lo mejor lo que esa planta necesitaba no era más agua. A lo mejor llevaba meses ahogándose precisamente en lo que yo creía que la mantenía viva. Pensé, mientras vaciaba el plato, que ojalá fuera tan fácil saber, con las personas, cuándo el agua que les das es cuidado y cuándo es lo que las está matando.

No se lo dije. Pero esa mañana, sin saberlo, Marta me dio la única razón sólida que tuve para querer salir viva de lo que iba a pasar esa noche.

SESIÓN ONCE

La penúltima fue la peor de todas hasta entonces, porque fue la primera en que sentí miedo de ella sin tener todavía ningún motivo para sentirlo.

Estábamos en mi cocina. Yo le hablaba de cualquier cosa, y de pronto me di cuenta de que Lucía no me escuchaba a mí: me leía. Me recorría la cara, las manos, los gestos, con una atención clínica, fría, de inventario, como quien comprueba el estado de una cerradura. Y cuando se dio cuenta de que yo la había pillado mirándome así, cambió la cara en un instante, recuperó la sonrisa cálida, me cubrió la mano con la suya.

Pero yo ya lo había visto. Medio segundo de la otra Lucía, la de debajo. Y aunque me dije que eran cosas mías, que estaba paranoica, que era la falta de medicación, esa noche, cuando se fue, hice una cosa que no había hecho nunca: eché el cerrojo de la puerta después de cerrar con llave. Como si una parte de mí, todavía sin palabras, supiera que acababa de dejar entrar y salir de mi casa, durante año y medio, a algo de lo que había que protegerse.