27
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No dormí. Tampoco esa noche. Pero el insomnio era de una calidad distinta a todos los anteriores: no era el del que teme estar perdiendo la cabeza, sino el del que empieza, con un horror creciente, a recuperarla. Y recuperar la cabeza, descubrí esa noche, puede ser mucho peor que perderla.
Porque la nota lo cambiaba todo. La nota no la había escrito una alucinación, no había salido de una mente enferma proyectando fantasmas. La había escrito mi mano, con un bolígrafo, sobre un papel real, en algún momento de aquellas tres semanas borradas. Y la había escrito con un destinatario concreto en la cabeza: la persona en la que yo me iba a convertir cuando lo olvidara todo. Esta Elena de ahora, la que no se acordaba, la que necesitaría que alguien del pasado le dejara migas para encontrar el camino de vuelta. Me había escrito un mensaje a mí misma a través del tiempo, lanzado a la corriente como una carta dentro de una botella, sabiendo —porque en el fondo lo sabía— que el barco se iba a hundir y que la única superviviente sería una mujer sin memoria que un día encontraría la botella en la arena.
«Fuiste tú. Las dos. Por Edurne.»
Las dos. Clara y yo. La figura sin rostro de mi sueño recurrente, la silueta que arrastraba el peso conmigo hacia el agua negra, tenía por fin un nombre, y el nombre era el de mi hermana. La noche del ocho de marzo, Clara y yo metimos a Tomás Herrán en el embalse de Añarbe. No recordaba aún cómo habíamos llegado hasta allí, ni de quién había partido la idea, ni cómo lo habíamos hecho exactamente, ni qué papel jugó cada una. Pero lo hicimos. Mis manos magulladas en el dorso lo sabían antes que mi memoria. El olor del abrigo lo sabía. El sueño del agua lo sabía. Mi cuerpo entero llevaba año y medio sabiéndolo y guardándomelo, esperando a que yo estuviera preparada para que me lo contara.
Y luego Clara murió. Tres meses después. En el agua, igual que él. Y la policía dijo suicidio y cerró la carpeta.
«Sobre todo, no se lo digas a L.»
Esa era la frase que no me dejaba respirar. Porque si Clara y yo habíamos matado a Tomás juntas, las dos solas, por Edurne, ¿qué pintaba L. en todo aquello? ¿Por qué mi yo de entonces, borracho y aterrado, había tenido el reflejo último, el instinto de supervivencia, de protegerse precisamente de L., de subrayar su inicial, de advertir a mi yo futuro contra ella por encima de todo lo demás?
Solo se me ocurría una respuesta. Y era tan fría que tuve que levantarme de la silla, ir hasta la ventana y abrirla de par en par para que el aire húmedo de la noche me entrara en los pulmones, porque dentro de la cocina, de repente, no había bastante.
Porque L. sabía lo de Añarbe. Porque L. estaba metida en todo esto desde mucho antes de lo que yo imaginaba. Y porque entre aquella noche de marzo y la muerte de Clara en mayo, algo había ocurrido con L., algo que hizo que una parte de mí, incluso anegada en alcohol, incluso destrozada por el duelo, entendiera con claridad meridiana que L. era peligrosa. Que L. era una amenaza. Que de L. había que protegerse y proteger el secreto.
Que a Clara no la había matado el remordimiento ni el agotamiento ni la pena.
Que a Clara la había matado alguien que no podía permitirse, bajo ningún concepto, que mi hermana siguiera viva y hablando.
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No sé en qué momento dejé de estar sola en la cocina.
Lo supe por el olor antes que por nada. Almizcle. El perfume barato, dulzón, subiéndome por la espalda como una mano fría. Me volví despacio, sabiendo lo que iba a ver, y allí estaba, sentada a mi mesa, en la silla de siempre, con el abrigo color arena puesto pese al calor de la cocina. Mi Sara. La que no existía.
—No deberías estar sola esta noche —dijo—. La gente como nosotras no debería estar sola las noches en que empieza a recordar.
—Vete —dije, y me oí la voz pastosa, y entonces lo entendí: había bebido. No sé cuándo. La botella de la compra que me había jurado no abrir estaba abierta sobre la encimera, mediada. La regla de las escaleras, la regla de no tener alcohol en casa, todas mis barandillas, caídas en una sola noche sin que yo recordara haberlas tirado. Tres semanas sin memoria empezaban otra vez por aquí, por un vaso que no me veía sostener—. Tú no eres real. Lo sé. Lo he comprobado. Hay una Sara de verdad y no eres tú.
—¿Y eso te tranquiliza? —Sonrió—. ¿Saber cuál de las dos soy?
Llamaron a la puerta.
Dos golpes. Reales, secos, en la madera. No los imaginé, porque mi Sara giró la cabeza hacia el pasillo a la vez que yo, y eso —que las dos oyéramos lo mismo— fue lo primero que me rompió por dentro algo que ya no se recompuso del todo.
Fui a abrir agarrándome a la pared. Era la otra. La Sara real. Empapada, sin paraguas, con los ojos enrojecidos.
—No podía dormir —dijo—. He estado dando vueltas a lo de Clara y… ¿puedo pasar? No quería estar sola.
La dejé pasar. La llevé a la cocina. Y cuando entramos, mi Sara, la del abrigo, seguía sentada a la mesa.
Las dos estaban allí. Al mismo tiempo. En la misma habitación. La viva, de pie a mi lado, mojada, temblando. Y la otra, sentada, seca, sonriendo, mirando a su doble con una curiosidad serena, como quien se mira en un espejo que va con retraso.
—¿Quiere un té? —dijo la Sara real, ajena, yendo hacia el hervidor, pasando a un palmo de la silla ocupada sin verla.
Pasando a través de ella no. Por delante. Sin verla.
Y yo, de pie entre las dos, con el alcohol latiéndome en las sienes, dejé de saber. Dejé de saber cuál de las dos era la de verdad. Dejé de saber si la que se servía agua era la real y la sentada la inventada, o si lo había tenido todo al revés desde el principio, si la chica de la tienda de móviles era el delirio cuidadosamente construido y la del abrigo la única que de verdad había estado siempre conmigo. Dejé de saber si yo había bebido sola o acompañada, esta noche y todas las de hace año y medio. Dejé de saber, por un instante interminable, quién era yo.
—Elena. —La Sara real me miraba con miedo, con el hervidor en la mano—. Elena, ¿con quién hablabas cuando he entrado? Te he oído desde la escalera. Estabas hablando con alguien.
Miré la silla.
Estaba vacía.
No había abrigo, no había nadie, no había almizcle ya, solo el olor del agua de lluvia que la chica viva había traído de la calle. Pero en la mesa, delante de la silla vacía, había un vaso. Un segundo vaso. Servido. Que yo no recordaba haber llenado, y que ninguna de las dos íbamos a beber, y que demostraba —o eso quise creer, o eso temí— que alguien había estado sentado ahí.
—Con nadie —dije—. No hablaba con nadie.
Y por primera vez no supe si mentía.
SESIÓN DIEZ
La décima vez fue la del sueño que conté mal.
Le dije que había soñado con un coche parado de noche, con los faros encendidos apuntando a algo oscuro. No le dije que en el sueño había agua. No sé por qué me lo callé; fue un impulso, una cautela que vino de un sitio de mí más antiguo que la confianza que le tenía. Por primera vez en año y medio, le escondí un pedazo de lo que mi cabeza me devolvía.
Y vi algo en su cara. Un destello. Lo que ve un jugador de póker enfrente cuando el otro, por fin, ha dejado de mostrar las cartas.
—¿Solo eso? —preguntó—. ¿Un coche, unos faros? ¿Nada más? ¿Adónde apuntaban los faros, Elena?
—No me acuerdo —mentí.
Fue la primera mentira que le dije a Lucía en toda nuestra historia. Y la solté sin pensarla, por instinto, como el cuerpo aparta la mano del fuego antes de que el cerebro registre el calor. Algo dentro de mí, algo que llevaba año y medio durmiendo bajo el alcohol y el miedo, había empezado a despertar. Y lo primero que hizo al despertar fue desconfiar de ella.
No sabía aún por qué. Pero mi cuerpo ya lo sabía. El cuerpo siempre lo sabe antes.