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Esa noche, sola otra vez, después de que Sara se marchara con la promesa de que hablaríamos al día siguiente, saqué el abrigo de su funda de plástico.
Lo había evitado durante dos días enteros, manteniéndolo encerrado en su envoltorio con el plástico convertido en cuarentena, por miedo a que lo que contenía pudiera contagiarse. Pero después de Sara, después de Burdeos, después de empezar a entender que aquel abrigo había sido de Edurne y que mi propia cabeza lo había usado para vestir a la mensajera de mis recuerdos, supe que tenía que tocarlo. Que no podía seguir investigando la historia desde lejos mientras la prueba central dormía envuelta en plástico sobre mi mesa. Necesitaba enfrentarme a las manchas marrones del bajo y de los puños sin una lámina de por medio.
Deshice el nudo del plástico y extendí el abrigo sobre la mesa de la cocina, bajo el fluorescente que parpadeaba. Olía intensamente a almizcle, aquel perfume barato y dulzón que Edurne debía de comprar en la droguería del barrio, el mismo que llevaba año y medio impregnando mis pesadillas y mi sala de espera, mezclado ahora con un olor a humedad de tela guardada y con ese otro olor, tenue, metálico y viejo, que mi cabeza se negaba a nombrar aunque lo reconociera. Pasé los dedos por las manchas del bajo. Estaban tiesas, acartonadas, oscurecidas por los meses hasta un marrón de óxido. No hace falta ser forense ni haber estudiado nada para reconocer qué sustancia mancha así una tela clara y se vuelve de ese color con el tiempo. El cuerpo lo sabe antes que la cabeza.
Metí la mano en el bolsillo derecho. No lo decidí; la mano fue sola, como van las manos en los sueños y en los gestos antiguos, buscando algo que no sabía que buscaba.
Dentro había un papel doblado en cuatro, endurecido y amarilleado por el tiempo y la humedad. Lo saqué con dos dedos, con un cuidado infinito de no romperlo, y lo desdoblé sobre la mesa, alisando los pliegues quebradizos.
Era una nota. Escrita a mano, a bolígrafo, con una letra apresurada y temblorosa. Pero no era la letra picuda e inclinada de Clara, que yo habría reconocido al instante.
Era mi letra.
Era mi propia letra, deformada, vacilante, la letra que me sale en los días malos, la que me salía cuando bebía, cuando el pulso no respondía y las líneas se torcían hacia abajo. Reconocí mi forma de hacer las eles, mi manera de no cerrar las oes. La había escrito yo. No había duda posible.
Decía: «Si lees esto y no te acuerdas, fuiste tú. Las dos. Por Edurne. No se lo digas a nadie. Sobre todo, no se lo digas a L.»
L.
Me quedé mirando esa inicial sola al final de la nota hasta que la letra se deshizo y se rehízo ante mis ojos, hasta que el fluorescente pareció apagarse y todo el peso del piso, del edificio, de la noche, se concentró en aquel trazo único.
L.
Solo conozco a una persona cuyo nombre empieza por L y que ha estado dentro de esto desde el primer día. Una persona que me ha sostenido la mano en este mismo suelo de cocina. Una persona que consiguió los informes de mi propio ingreso hospitalario sin que saltara ninguna alarma, usando un acceso que solo ella tenía. Una persona que, desde la primera conversación en la cafetería de San Marcial, ha insistido con una paciencia infinita, inagotable, casi sospechosa, en que Sara no era real, en que todo ocurría dentro de mi cabeza, en que no había ningún crimen, en que solo había una mujer rota por el duelo y la culpa fabricándose una mensajera para no enfrentarse a su propio fracaso.
Una persona que, según el informe de urgencias, «no facilita filiación, abandona el centro antes del triaje». La conocida sin nombre que me llevó al hospital la noche del 23 de mayo y se esfumó antes de que quedara constancia de su identidad.
¿A quién, en mis días más lúcidos dentro de aquella locura de alcohol, había tenido yo el reflejo de advertirme a mí misma que no se lo contara?
¿De quién, en el fondo del pozo, ya tenía miedo sin saber del todo por qué?