25
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—Fuera —dijo Sara—. La noche del ocho de marzo del año pasado yo estaba en Burdeos.
Lo dijo sin un instante de duda, sin apartar los ojos de los míos, y supe que era verdad antes incluso de que sacara el móvil del bolsillo y empezara a buscar con dedos rápidos. Burdeos. Un fin de semana largo de su programa Erasmus, cuando estudiaba en la universidad. Me fue enseñando las pruebas una detrás de otra, con una especie de urgencia, necesitando convencerme tanto como convencerse a sí misma de que su inocencia era demostrable: fotos fechadas con geolocalización, un grupo de estudiantes riéndose en una plaza, mensajes a su madre esa misma noche preguntándole si estaba bien, un billete de Flixbus de ida el viernes y de vuelta el lunes a primera hora. La noche en que alguien metía a su padre en el agua negra de Añarbe, Sara Vidal estaba a más de trescientos kilómetros, en una residencia de estudiantes de la otra punta de la frontera, rodeada de testigos que podrían jurarlo bajo juramento.
Miré las fotos en la pantalla pequeña con una mezcla extraña de alivio y de algo mucho más oscuro royéndome por debajo. Alivio porque aquella chica que tenía delante, que había querido a Clara, que lloraba por su madre, no cargaba con una muerte. Y la cosa oscura porque cada coartada que confirmaba, cada nombre que tachaba de la lista de posibles, me empujaba un paso más cerca del único nombre que llevaba días sin querer escribir, el nombre que la nota del bolsillo señalaba con una sola inicial.
—No fuiste tú —dije, y devolví el móvil sobre la mesa.
—Claro que no fui yo. —Sara me miró con los ojos enrojecidos, casi indignada—. ¿De verdad cree que, si yo hubiera matado a mi padre, estaría aquí, en su cocina, llorando por no saber quién lo hizo? Llevo año y medio dándole las gracias en silencio a quien fuera que lo hizo. Cada noche. Y al mismo tiempo odiándome por dárselas, porque ¿qué clase de persona le da las gracias a un asesino? —Se le quebró la voz—. ¿Sabe usted lo que es eso? ¿Alegrarse de que su propio padre esté muerto y que esa alegría le parezca lo más monstruoso que ha sentido nunca, y vivir con las dos cosas a la vez dentro del pecho?
Sí lo sabía. No por un padre. Por otra cosa, por algo que tenía que ver con un alivio igual de inconfesable. Pero lo sabía exactamente.
—La promesa que le hiciste a Clara de niña —dije con mucho cuidado, dejando la pregunta caer despacio—. Lo de «algún día lo voy a parar yo».
—Era una cría. —Se le rompió del todo—. Era una niña de catorce años que se dormía cada noche oyendo a su padre romperle cosas a su madre contra las paredes. Lo dije como se dicen esas cosas a esa edad, con la rabia impotente de quien no puede hacer nada. Una bravata. Una forma de no sentirme tan inútil. Nunca hice nada. Nunca habría sabido ni por dónde empezar. —Levantó la cara, y había algo nuevo en ella, una sospecha que la asustaba—. Pero tu hermana sí lo apuntó, ¿verdad? Lo escribió en su cuaderno, lo de mi promesa, como si fuera importante. Como si me estuviera... vigilando. Como si yo fuera sospechosa de algo.
Y por primera vez vi otra manera posible de leer aquella entrada del cuaderno de Clara. La había leído como la preocupación de una trabajadora social por una adolescente en riesgo. Pero había otra lectura, más fría, que me revolvió el estómago.
¿Y si Clara no apuntó la promesa de Sara porque temiera que la niña hiciera algo?
¿Y si la apuntó para tener a alguien a quien señalar, una pista falsa preparada de antemano, el día que alguien preguntara quién podía haber querido muerto a Tomás Herrán? ¿Y si mi hermana, que planeaba lo que planeaba, dejó por escrito el nombre de otra persona con motivos, por si acaso?
No quise seguir ese pensamiento. Pero ya estaba ahí, y no se iba.
SESIÓN NUEVE
Después de lo de Edurne, las sesiones cambiaron de temperatura, aunque yo no lo noté entonces.
Lucía empezó a verme más. De una vez por semana pasamos a dos. Lo justificó con cariño: que me notaba más frágil, que el otoño es mala época, que prefería estar cerca. Y empezó a insistir, con una suavidad nueva, en una idea: que si volvían las «invenciones», los nombres, las imágenes, lo más sano era no dárles cuerda. No investigarlas. No tirar del hilo. Dejarlas pasar como se deja pasar un mal sueño.
—Prométeme que no vas a ponerte a buscar de dónde salen esas cosas —me dijo—. Solo conseguirías hacerte daño. Confía en mí. Yo sé lo que es esto. Tú trátalas como lo que son: ruido. Y me llamas.
Yo asentía. Confiaba en ella más que en mí misma, que era justo lo que ella había construido, sesión a sesión, durante más de un año: que yo desconfiara de mi propia cabeza y confiara solo en la suya.
Lo había hecho tan bien que, cuando por fin apareció Sara en mi consulta con su abrigo color arena, mi primer impulso no fue creerme. Fue llamar a Lucía. Correr a contarle que estaba viendo cosas. A entregarle, dócil como siempre, la primera pieza de mi propia memoria que volvía a casa.
Esa fue su obra maestra. No vigilarme desde fuera. Convertirme a mí en mi propia carcelera.
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Aquella noche Sara no se fue.
Se había hecho tarde reconstruyendo juntas el rompecabezas, las dos en mi cocina con el cuaderno de Clara abierto entre nosotras, y en algún momento le ofrecí el sofá en lugar de dejarla volver sola a la otra punta de la ciudad. Aceptó con una facilidad que me sorprendió en alguien tan amurallado, y solo después entendí que para ella, que había crecido sin un solo lugar seguro, que te ofrezcan un sitio donde dormir sin pedir nada a cambio no es un gesto pequeño. Es casi todo.
Le saqué una manta, la del armario, la que había sido de Clara. No se lo dije. Pero al desdoblarla las dos olimos a la vez ese rastro tenue que conservan las cosas de los muertos, y Sara me miró, y supo de quién era sin que yo dijera nada, y se la llevó al pecho con un cuidado que me deshizo.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo, ya tumbada, con la lámpara baja, cuando yo me iba a mi cuarto—. Y si no quieres, no contestas.
—Pregunta.
—¿Cómo era? De pequeñas. Clara. —Tragó—. Yo la conocí ya de mayor, ya cansada, ya con todo el peso encima. Me gustaría saber cómo era antes. Antes de que el mundo la gastara.
Y me senté en el borde del sofá, y se lo conté. Le conté la Clara de ocho años que se metía en mi cama cuando tronaba. La que aprendió a montar en bici en la cuesta de Aiete y se negó a que yo la soltara hasta que la solté sin decírselo y voló ella sola. La que de adolescente recogía gatos y los escondía en el trastero. La que lloraba con los telediarios. Le conté media hora de mi hermana viva, y mientras lo hacía me di cuenta de que era la primera vez en año y medio que hablaba de Clara sin que doliera solo, que también daba un poco de luz, y que eso se lo debía a aquella chica envuelta en la manta de mi hermana muerta, que me escuchaba con los ojos llenos como quien recibe algo que llevaba toda la vida esperando.
—Gracias —dijo al final, muy bajo—. No tenía a nadie con quien recordarla. Tú tampoco, ¿verdad? Por eso no la nombrabas.
—Por eso no la nombraba.
Nos quedamos un momento calladas, en esa intimidad rara de dos desconocidas que de pronto no lo son.
—Oye, Elena. —Su voz salió pequeña desde la manta—. Pase lo que pase. Aunque al final resulte que tú y yo descubrimos cosas que no nos gusten. Cosas la una de la otra. —Dudó—. Me alegro de no estar sola en esto. Llevaba mucho tiempo sola.
—Yo también —dije.
Y lo dije de verdad. Esa es la parte que más me cuesta contar, ahora que sé lo que sé, ahora que la duda lo ha teñido todo. Que aquella noche la quise. Que me fui a dormir agradecida de que hubiera alguien en mi salón, respirando, envuelto en la manta de Clara. Que durante unas horas tuve algo parecido a una familia otra vez.
Y que jamás sabré, ni sabré nunca, si la persona a la que abrí mi casa aquella noche era una superviviente rota que buscaba lo mismo que yo, o la única testigo viva de lo que pasó en Añarbe, midiéndome en la oscuridad para saber si yo era su refugio o su perdición.
Las dos cosas caben en la chica que dormía en mi sofá. Las dos cabrán siempre. Y aquella noche, antes de que la duda existiera, simplemente la quise. Me quedo con eso. Es lo único de toda esta historia que nadie puede quitarme ni envenenarme: que hubo una noche en que las dos dejamos de estar solas, y fue verdad mientras duró.
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El domingo siguiente fuimos juntas a Polloe.
No lo planeamos como un acontecimiento; surgió. Sara dijo que hacía semanas que no le llevaba flores a su madre, y yo dije que tampoco a Clara, y de pronto las dos estábamos en el coche subiendo la cuesta hacia el cementerio viejo de la ciudad, ese que se derrama por la ladera con sus cipreses y sus panteones de piedra ennegrecida, mirando San Sebastián desde arriba como si lo velara.
Compramos las flores en el puesto de la entrada. Las mismas para las dos: nada de crisantemos de muerto, sino flores de colores, vivas, casi impertinentes en aquel lugar. Sara eligió girasoles pequeños. «A mi madre le gustaba el amarillo», dijo. «Decía que en aquella casa nunca entraba el sol, así que se lo ponía ella, en las flores, en los manteles, en lo que podía.» No añadió nada más. No hacía falta.
La tumba de Clara estaba como la había dejado en mi última visita, que había sido hacía demasiado. Limpié la lápida con la manga, quité las hojas secas, puse las flores. Y por primera vez en año y medio, no me derrumbé delante de ella. Me quedé de pie, con Sara a un par de metros dándome el espacio, y le hablé a mi hermana en voz baja. Le dije que ya sabía. Que ya lo sabía todo, o casi todo. Que la entendía. Que no estaba enfadada. Que ojalá me hubiera dejado ayudarla a cargar aquello en vida, en lugar de dejármelo encima sin memoria, pero que la entendía, porque ella siempre cargó sola con todo para no hacérnoslo pesar a los demás, y que eso, hermana, eso también era una forma de soledad, la peor, la de los que cuidan.
Cuando me volví, Sara estaba llorando en silencio frente a una tumba que no era la de su madre. La de Clara. Lloraba por mi hermana, no por la suya. Y aquello me rompió por dentro de una manera limpia, buena, porque comprendí que estábamos las dos llorando intercambiadas, ella a mi muerta y yo a la suya, como hacen las familias de verdad, esas en las que el dolor de una es de todas.
—¿Crees que se conocen? —dijo Sara, sin apartar los ojos de la lápida—. Donde estén. Tu hermana y mi madre. ¿Crees que están juntas?
—No lo sé —dije, porque no sabía mentirle—. Pero sé que se quisieron mucho aquí. Y que tu madre, gracias a Clara, durmió tranquila al final. Eso no se lo quita nadie. Ni la muerte.
Sara asintió, se limpió la cara con el dorso de la mano —mi gesto, siempre mi gesto— y dejó los girasoles repartidos entre las dos tumbas, unos para su madre, otros para mi hermana, sin preguntarme si me parecía bien. Me pareció bien. Me pareció lo más bonito que había visto en mucho tiempo.
Bajamos del cementerio sin hablar, las dos calladas, y la ciudad se extendía abajo bajo un sol raro de invierno, y por un momento, solo por un momento, antes de que volviera la duda, antes de que todo se complicara, fuimos simplemente dos mujeres que habían perdido a las personas que más querían y que se habían encontrado la una a la otra entre los escombros. No es poco. Visto lo que vino después, no es poco en absoluto.