La Sesión Trece 24
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—Necesito enseñarte una cosa —le dije a Sara, allí en el café de la Parte Vieja, cuando las dos llevábamos ya un rato en silencio con las tazas vacías—. Pero no aquí. Y te advierto que va a ser difícil de ver. Para las dos.

La llevé a mi casa. No sé si fue prudente; a esas alturas había dejado de saber qué significaba esa palabra. Solo sabía que aquella chica era la única persona en el mundo que estaba dentro de esto tanto como yo, la única que había querido a Clara y a Edurne, la única que entendería, y que estaba harta, agotada de mirar el abrigo a solas en la cocina por las noches como quien vela un cadáver.

Subimos los treinta y dos escalones en silencio. Abrí la puerta. La hice pasar a la cocina, donde el abrigo seguía sobre la mesa, dentro de su funda de plástico transparente.

Sara se quedó clavada en el umbral al verlo. Toda ella se detuvo, frenada en seco por un cristal invisible.

—¿De dónde has sacado eso? —susurró. Apenas le salía la voz.

—Estaba en una taquilla de la estación de autobuses. La taquilla de Clara, una que tenía alquilada y que nadie conocía. La encontré ayer. —La miré con cuidado, buscando su reacción—. ¿Lo reconoces?

Sara se acercó a la mesa muy despacio, paso a paso, como quien se acerca a algo que podría hacerle daño. Alargó una mano temblorosa y la posó sobre el plástico, sobre la tela color arena que se transparentaba debajo. Y empezó a temblar de verdad, un temblor que le subía desde la mano por todo el brazo.

—Es de mi madre —dijo, y la voz se le rompió en la última sílaba—. Este abrigo era de mi madre. Se lo regaló Clara las navidades de antes de que todo pasara. Mi madre nunca había tenido un abrigo bueno, siempre con lo justo, y Clara se lo regaló, y mi madre lloró cuando lo abrió, lloró como una niña. —Levantó la cara hacia mí, blanca como el papel, con los ojos desbordados—. Lo llevaba puesto siempre, ese invierno. Lo llevaba puesto la última semana que la vi tranquila. La semana en que mi padre desapareció.

El suelo se movió bajo mis pies.

El abrigo color arena no era de Sara. Nunca había sido de Sara.

Era de Edurne. De la madre. De la mujer maltratada, la que salía a por pan con gafas de sol en enero, la sombra de Martutene.

Y mi cabeza, durante aquellas tres semanas en blanco, había visto este abrigo en alguna parte —manchado, guardado, escondido en una bolsa— y lo había usado para vestir a la mensajera que vendría a visitarme un año y medio después. No había puesto a mi Sara la cara de la hija y el abrigo de la madre por azar, por capricho de un cerebro enfermo barajando piezas al tuntún. Las había fundido a propósito, con una lógica secreta, porque en el centro mismo de toda esta historia madre e hija eran, en realidad, una sola cosa: las dos mujeres a las que mi hermana había intentado salvar y por las que, quizá, había muerto. Mi inconsciente había cosido a las dos en una sola figura y le había puesto un nombre, Sara Vidal, y la había mandado a mi consulta a confesar, porque era la única forma que tenía de obligarme a mirar.

Y porque alguien, una noche de marzo, para salvar a esas dos mujeres, había metido a un hombre en el agua negra de Añarbe. Y ese alguien, decía una nota escrita con mi propia letra, éramos Clara y yo.

Miré a Sara, que lloraba en silencio con la mano abierta sobre el abrigo de su madre muerta, acariciando la tela a través del plástico como quien acaricia una mejilla, y me oí pronunciar en voz alta, por fin, la pregunta que llevaba clavada dentro desde el primer día, desde la primera sesión, desde la primera vez que aquella mujer imposible se sentó en mi butaca:

—Sara… ¿dónde estabas tú la noche del ocho de marzo del año pasado?