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Aquí tengo que parar y contar lo que llevo todo este tiempo sin contar. Lo que he ido rodeando en estas páginas como se rodea un agujero en el suelo, mirándolo de reojo, sabiendo que tarde o temprano voy a tener que asomarme.
Lo que le pasó a mi hermana. La verdad que no he sido capaz de decir en voz alta, ni a Lucía, ni a mi madre, ni a la psicóloga a la que terminé acudiendo, ni a mí misma en la oscuridad de mis noches. La razón real por la que bebí hasta caer reventada. La razón por la que mi cabeza selló tres semanas enteras como se sella un pozo en el que se ha ahogado alguien, con una losa encima y una advertencia.
A Clara la encontraron en el agua.
No en Añarbe. En el Urumea, pero río abajo, en la ciudad, a la altura del puente del Kursaal, allí donde el río ensancha y se entrega al mar, donde el agua dulce y la salada se mezclan con la marea. La encontraron unos remeros del club de traineras un amanecer de mayo, flotando boca abajo cerca de la orilla, enganchada en los pilares del puente. Una mujer joven, vestida, sin signos de violencia. La autopsia dictaminó muerte por ahogamiento, sin lesiones defensivas, con una cantidad de ansiolíticos en sangre compatible con una toma voluntaria. La Ertzaintza miró el caso el tiempo justo. Miró su profesión, la dureza de su trabajo con mujeres maltratadas, el desgaste. Miró las cosas que escribía en su cuaderno de trabajo, ese sí lo requisaron, ese sí lo leyeron, las frases de agotamiento, de rabia, de no poder más. Este otro cuaderno, el de la taquilla, el verdadero, no lo encontraron nunca, porque estaba escondido en una consigna que nadie conocía. Y con lo que tenían, cerraron el caso del modo en que se cierran tantos: una mujer triste, quemada por dentro, que una noche se llenó de pastillas y se metió en el río y ya no volvió a salir.
Suicidio.
Esa es la palabra. La que llevo año y medio sin poder pronunciar. Y no es por vergüenza, que conste, no es por el viejo estigma de que un suicidio en la familia es algo que se esconde. Es por otra cosa mucho más simple y más terrible: porque no me la creo. No me la creí desde el primer minuto, desde que un ertzaina jovencísimo me lo comunicó en un pasillo del Instituto Vasco de Medicina Legal con la voz que se usa para esas cosas. No me la he creído ni un solo día desde entonces. Y no creérmela me ha costado infinitamente más que aceptarla, porque aceptarla habría sido doloroso pero limpio: mi hermana sufría más de lo que yo supe ver, y se fue, y yo, psicóloga, no lo vi venir, y cargaría con esa culpa el resto de mi vida. Eso habría sido un duelo. Horrible, pero un duelo, de esos que con los años encuentran un sitio donde doler menos.
No creérmela es otra cosa. No creérmela significa que si Clara no se metió sola en el agua, entonces alguien la metió. Y si alguien la metió, entonces la muerte de mi hermana y la muerte de Tomás Herrán se parecen demasiado para ser casualidad. Las dos en el agua. Las dos disueltas en alcohol o en pastillas para que no hubiera lucha. Las dos investigadas con desgana y cerradas a toda prisa. Las dos terriblemente convenientes para alguien.
Solo que en un caso el muerto era un monstruo que pegaba a su mujer, y la ciudad entera respiró aliviada cuando apareció flotando.
Y en el otro, la muerta era la mejor persona que he conocido en mi vida. Mi hermana pequeña. La que se quedaba siempre. La que dedicó su vida a sostener a las que el mundo dejaba caer, y a la que el mundo, al final, dejó caer al río sin que nadie hiciera una sola pregunta de más.
Bebí para no pensar en esto. Bebí tres semanas seguidas, sola, con una determinación suicida, porque sobria no era capaz de sostener al mismo tiempo dos ideas que me partían en dos: la de que a mi hermana la habían asesinado, y la de que el mundo había decidido que no, que solo era una mujer cansada que se rindió, y que iba a archivarla y olvidarla con la misma facilidad con que había olvidado a tantas. Bebí contra esa injusticia tanto como contra el dolor. Y en algún momento de esas tres semanas de borrachera continua, fui a sitios, hice cosas, hablé con gente, vi un abrigo manchado, escribí una nota con mano temblorosa, escondí una bolsa en una taquilla. Y luego mi cabeza lo guardó todo en un cuarto cerrado a cal y canto y tiró la llave por una alcantarilla de la memoria.
La misma llave, quizá, que una noche de sonambulismo, año y medio después, alguna parte de mí dejó sobre el cojín del sofá. Porque ya estaba lista. Porque ya era hora de bajar al pozo.
SESIÓN OCHO
La primera grieta se abrió un jueves cualquiera, sin que yo supiera que era una grieta.
Estábamos hablando de un caso mío, una paciente con un marido que la trataba mal, y de pronto, sin venir a cuento, dije un nombre:
—Es como lo de Edurne.
Lucía levantó la vista de su taza muy despacio.
—¿Quién es Edurne? —preguntó, y su voz era tan suave, tan plana, que tendría que haberme puesto en guardia, porque las personas no preguntan las cosas importantes con esa calma.
Y lo raro, lo que me dejó helada a mí misma, fue que no lo sabía. No tenía ni idea de quién era Edurne. El nombre había salido de mi boca solo, como sale a veces una palabra en un idioma que creías olvidado, subido desde algún sótano de mí que yo no controlaba.
—No… no lo sé —dije, confundida—. Me ha venido sin más. Qué cosa más rara. Ni siquiera sé de qué me suena.
Lucía dejó la taza. Me cubrió la mano con la suya, cálida, y me miró con una preocupación que entonces me pareció el colmo de la amistad.
—Elena —dijo—. Eso es tu cabeza inventando otra vez. Mezclando. Te lo he dicho: cuando estás cansada, tu mente fabrica. Nombres, caras, historias. No te fíes de lo que sube solo. Prométeme que, cuando te pase algo así, me lo cuentas a mí antes que a nadie.
Se lo prometí.
Acababa de prometerle que le entregaría, en cuanto asomara, cada pedazo de verdad que mi memoria intentara devolverme. Y ella acababa de enseñarme a llamar «enfermedad» a lo único que podía salvarme.