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Sara llegó al café con quince minutos de retraso y con la misma cara de alerta que le había visto en la tienda, los ojos haciendo un barrido rápido del local nada más entrar, localizando las salidas, calculando, antes de fijarse en mí y venir hacia la mesa del fondo donde yo esperaba. Caminaba como camina la gente que aprendió de niña a no ocupar demasiado espacio, a no hacer ruido, a pasar desapercibida: con los hombros un poco encogidos, los pasos cortos. Reconocí esa manera de andar. La he visto en muchas consultas. Es el cuerpo el que cuenta la infancia, mucho antes que las palabras.
El café era exactamente lo que había prometido: estrecho, en penumbra, con cuatro mesas de madera vieja y marcada, una máquina que siseaba en la barra y un camarero mayor que no levantó la vista del periódico. Uno de esos sitios que sobreviven escondidos entre los bares de pintxos para turistas, donde todavía se puede hablar sin que nadie te oiga. Pedimos dos cafés. Ella no se quitó el abrigo, ni siquiera se lo desabrochó, lista para marcharse corriendo en cualquier momento.
Y al tenerla cerca, sentada enfrente, a la luz escasa y amarilla de la lámpara de la mesa, volví a sentir aquel vértigo que me había asaltado en la tienda: su cara se me parecía a algo, a alguien. Y esta vez, mirándola con calma, despacio, mientras ella removía el azúcar sin levantar la vista, supe a quién.
Se parecía a mi Sara. A la del abrigo color arena. A la que se sentaba en mis butacas y me sonreía y olía a almizcle.
Eran la misma cara. Casi exacta: el mismo óvalo, los mismos pómulos, el mismo pelo castaño, los mismos ojos rápidos y oscuros. Solo que mi Sara, la imposible, era unos años mayor que esta que tenía delante, y tenía en la mirada algo que esta no tenía: una calma fría, una determinación ya cumplida, el aplomo de quien ha hecho aquello que esta otra, la viva, la real, solo había prometido hacer de niña al oído de mi hermana.
Y entonces, en aquel café en penumbra, con el café enfriándose entre las manos, lo entendí del todo, y el entenderlo me dio un escalofrío. Mi cabeza no se había inventado a una mujer de la nada. Había tomado la cara de esta chica —que yo debía de haber visto en algún momento de aquellas semanas perdidas, en una foto en el móvil de Clara, en el tanatorio, vaya a saber dónde— y la había envejecido un poco, la había endurecido, le había puesto encima la calma terrible de quien ya ha matado, y la había vestido con un abrigo color arena. Mi Sara era esta Sara. Pero la había construido convertida en lo que esta niña juró ser. En la vengadora que nunca llegó a existir.
—Me está mirando muy raro —dijo Sara de pronto, incómoda, dejando la cucharilla en el platillo con un tintineo—. Llevo un rato notándolo. ¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara?
—Perdona —dije, apartando la vista—. Es que... te pareces a alguien. A alguien que he visto hace poco. —No era del todo mentira, y era lo más cerca de la verdad que podía estar sin que me tomara por loca y se marchara—. Háblame de Clara. ¿Cómo la conociste?
Sara bajó la guardia un dedo al cambiar de tema, aunque no del todo; creo que aquella chica no bajaba la guardia del todo desde hacía muchos años.
—Mi madre y tu hermana no eran solo trabajadora social y caso —dijo, y al hablar de Clara algo se le suavizó en la cara, por primera vez—. Eran amigas. Amigas de verdad. Clara venía a casa cuando mi padre no estaba, le traía a mi madre revistas, bombones, le hacía reír. ¿Usted sabe lo que es oír reír a su madre cuando lleva años sin oírla reír? La primera vez que oí a mi madre soltar una carcajada de verdad fue por algo que dijo Clara en nuestra cocina. Tenía yo diecisiete años. Diecisiete años para oír reír a mi madre por primera vez. —Le temblaba la voz, pero no lloraba; lo decía con una especie de furia contenida—. Clara era la única persona buena que entró en aquella casa en doce años. La única.
Yo apenas podía respirar, oyendo describir a mi hermana muerta por alguien que la había querido y a quien yo no conocía. Era como recibir un pedazo de Clara que no sabía que existía.
—La última vez que la vi viva —siguió Sara— fue una semana antes de que mi padre desapareciera. En marzo. Lo recuerdo con exactitud porque fue también la última vez que vi feliz a mi madre. —Levantó los ojos, y se le habían llenado de lágrimas que se negaba a soltar, sostenidas por pura voluntad—. Mi padre llevaba unos días sin aparecer por casa, lo cual no era raro en él, se iba de farra y volvía a los tres o cuatro días, siempre peor. Pero aquellos días mi madre estaba rara. Tranquila. Demasiado tranquila, como si supiera algo que yo no sabía. Y Clara vino a casa, y las dos se encerraron en la cocina a hablar en voz baja durante un buen rato. Cuando Clara se fue, mi madre me abrazó muy fuerte, sin venir a cuento, y me dijo al oído una cosa que no he olvidado nunca: «Se acabó, cariño. Se acabó de verdad.» —Una lágrima le cayó por fin, y se la limpió con rabia, con el dorso de la mano—. Tres días después fuimos a denunciar la desaparición, porque tocaba, porque había que guardar las formas. Pero mi madre ya sabía que mi padre no iba a volver. Lo supe por cómo durmió esa noche. Llevaba doce años durmiendo con un ojo abierto, sobresaltándose con cada llave en la cerradura. Y esa noche durmió del tirón. Como una niña. Yo la oí respirar tranquila por primera vez en mi vida.
El gesto de limpiarse la lágrima con el dorso de la mano me atravesó, porque era mi gesto, el mismo con el que yo me limpio las lágrimas que no quiero reconocer que tengo. Dos desconocidas con el mismo gesto. Dos hijas de la misma tormenta.
—Sara —dije con muchísimo cuidado, casi en un susurro, midiendo cada palabra como quien camina sobre hielo—. ¿Tú qué crees que pasó? Con tu padre.
Se quedó un momento mirando el café, removiendo lo que ya no necesitaba removerse. Y cuando habló, lo hizo muy bajo, inclinándose sobre la mesa para que solo yo la oyera.
—Yo creo que alguien quiso a mi madre lo suficiente como para hacer lo que la policía, los jueces, los servicios sociales y los médicos no hicieron en doce años —dijo—. Alguien la quiso de verdad. Y creo que esa persona se llevó el secreto a la tumba muy poco después, porque tu hermana murió tres meses más tarde. —Levantó la cara, y en sus ojos había una pregunta vieja, gastada de tanto hacérsela a solas—. Y yo nunca, ni un solo día, me he creído que Clara se quitara la vida. Nunca. Clara no era de las que se van, Elena. Clara era de las que se quedan. Era la única que siempre, siempre se quedaba, pasara lo que pasara. La gente que se queda no se va así, de repente, una noche, al río.
Y allí, en aquel café estrecho y en penumbra de la Parte Vieja, con dos cafés enfriándose entre nosotras, dos mujeres que el mismo nudo de muertes y secretos había arrastrado hasta la misma mesa nos miramos a los ojos, y supimos, sin necesidad de decirlo en voz alta, que llevábamos las dos año y medio haciéndonos en la oscuridad exactamente la misma pregunta, esa que ninguna se había atrevido nunca a formular delante de otra persona.
¿Cómo murió Clara en realidad?
Y por primera vez, ninguna de las dos estaba sola para preguntárselo.
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Antes de salir del café, Sara hizo una cosa que me dejó helada.
Yo había pagado, nos habíamos levantado, y en la puerta, con la mano ya en el tirador, se volvió hacia mí y me miró con una fijeza nueva, sin rastro de la chica dolida de hacía un momento.
—¿Sabe qué es lo que más rabia me da de todo esto? —dijo—. Que voy a tener que decidir si la creo a usted. Una mujer que admite que no recuerda tres semanas de su vida. Que ve a una paciente que no existe. Que ha quemado, seguramente, más pruebas de las que me va a enseñar. —Ladeó la cabeza, y por un instante su cara fue exactamente la de mi Sara, la del abrigo, la de la consulta—. Llevo toda la vida aprendiendo a saber cuándo me mienten. Es lo único que mi padre me enseñó bien, sin querer. A leer a la gente antes de que abra la boca, porque de eso dependía que aquella noche fuera tranquila o no. —Una pausa—. Y usted, Elena, miente sobre algo. No sé sobre qué. Pero hay una parte de esta historia que no me está contando.
No supe qué decir. Tenía razón, claro. No le había hablado de la nota. No le había dicho que la noche del ocho de marzo, según mi propia letra, estuvimos Clara y yo en aquel embalse.
—Lo que pasa —continuó, y abrió la puerta, y entró el ruido de la calle, la lluvia, la Parte Vieja— es que a mí ya me da igual quién mató a mi padre. Eso lo tengo perdonado. Lo que no voy a perdonar es que alguien tocara a Clara. —Me sostuvo la mirada un segundo más de lo cómodo—. Así que vamos a hacer un trato. Yo la ayudo. Pero el día que descubra qué es eso que me está ocultando, voy a necesitar una explicación muy buena. Y si no me gusta… —sonrió, y la sonrisa no le llegó a los ojos— tendremos un problema usted y yo.
Salió a la lluvia sin esperar respuesta.
Me quedé un momento dentro, viéndola alejarse calle abajo con los hombros encogidos y los pasos cortos, esa forma de andar de quien aprendió a no ocupar espacio, y pensé que aquella chica era a la vez lo más parecido a una aliada que tenía en el mundo y la persona más peligrosa que había conocido. Que las dos cosas eran ciertas. Que iba a tener que vigilarla tanto como confiaba en ella.
Y pensé, con un escalofrío que no era de frío, que mi cabeza no la había elegido por azar para ponerle la cara a mi mensajera. La había elegido porque, en el fondo, las dos sabíamos lo mismo: que hay amores que no se distinguen de las amenazas hasta que es demasiado tarde.