21
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Por la mañana, con los ojos ardiendo de no haber dormido y la cabeza espesa de tanto releer el cuaderno, llamé a la tienda de móviles de la calle Loiola y pregunté por Sara Vidal.
El chico de los auriculares me reconoció por la voz, creo, o por lo rara que debí de sonar. Me dijo que Sara no trabajaba allí, que solo había bajado aquel día a recoger unos papeles del traspaso que habían quedado de su madre. No tenía su teléfono, dijo, o no quiso dármelo, que es lo sensato cuando una desconocida llama preguntando por alguien con la voz temblorosa. Le insistí. Le expliqué, atropelladamente, que era importante, que tenía que ver con Clara, la trabajadora social que había acompañado a su madre durante años. Le dejé mi número, mi nombre, mi profesión, todo lo que se me ocurrió para parecer fiable, y le rogué que se lo hiciera llegar a Sara aunque fuera por un mensaje. Colgué convencida de que había quemado el último hilo, de que aquella chica no querría saber nada de una desconocida que aparecía a remover la peor parte de su vida.
Pero Sara me llamó dos horas después.
—¿De qué conoce usted a Clara? —Su voz, al teléfono, sonaba tensa, afilada, a la defensiva, lista para colgar a la primera respuesta equivocada—. Clara murió hace año y medio. ¿Qué quiere usted de mí?
—Lo sé —dije, y me costó—. Sé que murió. Era mi hermana.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Tan largo que llegué a oír, de fondo, el rumor de una calle, coches pasando, el tráfico de una ciudad ajena al peso de aquella llamada. La oí respirar. La oí cambiarse el teléfono de oreja.
—¿Usted es la hermana de Clara? —Y algo se le quebró en la voz, la dureza se le cayó de golpe, como una careta que se descuelga—. La psicóloga. Clara me hablaba de usted. —Tragó—. Decía que tenía una hermana mayor que era psicóloga, que era la persona más lista que conocía. Y la más triste. Decía que se pasaba la vida cuidando a desconocidos y que no se dejaba cuidar por nadie. —Una pausa—. Perdone. No debería haberle dicho eso último. No la conozco de nada.
—No pasa nada —dije, aunque sí pasaba, aunque oír las palabras exactas de mi hermana en boca de una desconocida, año y medio después de que enmudeciera, me había golpeado en un sitio donde no tenía defensas, un sitio que creía clausurado—. Es verdad, además. Lo de que no me dejo cuidar. Tu... Clara siempre tuvo buen ojo para la gente. —Respiré—. ¿Podríamos vernos, Sara? En persona. Necesito hablar contigo de tu madre y de mi hermana, y de unas cosas que están pasando y que no consigo entender sola. Es muy difícil de explicar por teléfono, y no quiero que pienses que estoy loca antes de tiempo.
Dudó. La oí dudar en el silencio, en el modo en que su respiración se hizo más lenta mientras decidía.
—¿Qué cosas?
—Cosas que he encontrado de Clara. Un cuaderno suyo, papeles que escondió. Y otras cosas más difíciles. —No quise decir más por teléfono; lo del abrigo, lo del embalse, no eran para una línea telefónica—. Te prometo que no vengo a hacerte daño, ni a removerte la herida por gusto. Solo quiero entender qué les pasó de verdad a las dos. A tu madre y a mi hermana. Porque creo, Sara, que sus dos historias son en realidad la misma historia. Y creo que tú y yo somos las dos únicas personas que quedan en el mundo con motivos para atarla.
Otro silencio, más corto. Y luego, con una voz distinta, una voz de la que había desaparecido toda la hostilidad y solo quedaba el cansancio antiguo de quien lleva demasiado tiempo cargando algo sola:
—Hay un café en la Parte Vieja, en la calle Fermín Calbetón, al fondo, a la izquierda. Uno pequeño y oscuro donde por las mañanas no entra ni el aire. —Me dio el nombre—. A las seis de la tarde. Pero le aviso de una cosa, y se lo digo en serio: si esto es un truco, si viene a hurgar en lo de mi familia por morbo, por dinero o por lo que sea, me levanto y me voy y no me vuelve a ver el pelo. He tenido que defender a mi madre de demasiada gente. Muerta y todo, la sigo defendiendo.
—No es ningún truco —dije—. Te lo juro por lo único que me queda, que es la memoria de mi hermana. A las seis. Allí estaré.