La Sesión Trece 20
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Pasé toda la noche con el cuaderno.

Lo leí entero, de la primera página a la última, y luego volví atrás y releí las entradas sobre Edurne y sobre Sara hasta casi aprendérmelas de memoria. Y mientras leía, con el almizcle del abrigo flotando en la cocina a oscuras, dos historias empezaron a separarse en mi cabeza como se separan el aceite y el agua, sin mezclarse, cada una con su propia densidad.

La primera historia era la de mi hermana. Clara había estado obsesionada con el caso de Edurne en sus últimas semanas. Y preocupada por Sara, la hija. Las entradas finales del cuaderno son cada vez más oscuras, más furiosas, las de una mujer al límite de su resistencia. «Otra noche pensando en E. No puedo seguir así, viéndolas caer una detrás de otra y sin poder hacer nada hasta que es demasiado tarde. ¿Para esto estudié? ¿Para acompañar a las mujeres hasta el cementerio con todos los papeles en regla?» Clara estaba quemada, agotada hasta el tuétano, llena de una rabia que en el cuaderno ya no disimulaba. Y en una de las últimas entradas, una frase que me heló la sangre, escrita con una letra más apretada que el resto, como si la mano le hubiera temblado:

«A veces pienso que la única forma de salvar de verdad a algunas de estas mujeres sería que el problema, sencillamente, desapareciera. Que dejara de existir. Y que Dios y la ley me perdonen por pensarlo a las tres de la mañana.»

La segunda historia era la mía. Y de la mía, el cuaderno no decía nada, porque el cuaderno terminaba con la vida de Clara. La última entrada estaba fechada tres días antes de su muerte. Después, páginas en blanco. Hojas y hojas vacías hasta el final, un silencio de papel tan absoluto como el silencio de mis tres semanas borradas. Dos vacíos gemelos: el de su vida interrumpida y el de mi memoria sellada.

Pero había algo que no encajaba, y era una cuestión de fechas, de orden, que me mantuvo despierta el resto de la noche dándole vueltas.

Tomás Herrán desapareció el nueve de marzo. Eso me lo había dicho Sara en la consulta, y lo confirmaba la cronología de la noticia: desaparecido en marzo, encontrado en mayo. Y Clara murió a mediados de mayo; la enterré el 23. Así que Tomás llevaba ya dos meses muerto, sumergido en Añarbe, cuando mi hermana escribió aquella frase terrible sobre «que el problema desapareciera». El problema ya había desaparecido cuando ella deseó que desapareciera. ¿O no? ¿Escribía Clara aquello como un deseo, ignorando que el hombre ya estaba muerto? ¿O lo escribía sabiéndolo, como quien da vueltas a una culpa, disfrazando de deseo futuro algo que ya era un hecho consumado, algo en lo que ella misma había tenido parte?

Y la pregunta peor, la que llevaba mordiéndome desde el sueño del agua, desde la cocina, desde la estación: ¿quién era la otra figura de mi sueño? La silueta sin cara que arrastraba el cuerpo conmigo hacia el agua negra. ¿Era Sara, la niña que prometió pararlo? ¿Era yo sola, desdoblada? ¿O era mi hermana, viva todavía aquella noche de marzo, cumpliendo por fin la justicia que nadie hacía, con su hermana mayor borracha y deshecha a su lado, ayudándola a cargar el peso de un hombre hacia el fondo de un embalse?

Amaneció sobre San Sebastián sin que yo hubiera dormido ni un minuto, con el cuaderno abierto sobre la mesa y el abrigo manchado a su lado, los dos testigos mudos de una historia que empezaba, por fin, a tener forma.

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Entre las últimas páginas del cuaderno, dobladas y guardadas como se guarda lo que no se quiere perder, encontré tres cartas. No eran de Clara. Eran para Clara. Y la letra, redonda, aplicada, de mujer que aprendió a escribir bonito en otra época, no la había visto nunca, pero supe de quién era antes de leer la firma.

Edurne.

Las leí sentada en el suelo de la cocina, con el primer sol entrando por la ventana, y fue como si por fin, después de tantos días persiguiendo su sombra por Martutene, aquella mujer se sentara a mi lado y me hablara.

La primera era de hacía dos años. «Querida Clara: no sé escribir estas cosas, perdona las faltas. Solo quería darte las gracias por el jueves. Llevaba doce años sin que nadie me preguntara cómo estaba yo. No cómo estaba la casa, ni cómo estaba él, ni cómo estaba la niña. Yo. Cuando me lo preguntaste se me olvidó contestar, porque no me acordaba de la respuesta. Pero he estado pensándola toda la semana. Y la respuesta es que estoy cansada. Muy cansada. Gracias por preguntar.»

La segunda era más corta, y más dura, y no la voy a copiar entera porque hay cosas que una mujer le cuenta a otra mujer en una cocina y que no deberían salir de ahí ni muerta. Solo decía, al final: «Tú dices que puedo salir. Yo te creo cuando estás delante. Pero por las noches no te creo. Por las noches solo le creo a él.»

La tercera no tenía fecha. Era de la última semana, tenía que serlo, porque la letra era la misma pero el pulso ya no, como si la hubiera escrito muy deprisa, o muy emocionada, o las dos cosas. «Clara: ha pasado algo y no te lo puedo contar por escrito. Solo te digo una cosa, y quémala después de leerla. Por fin duermo. Por primera vez en doce años, duermo del tirón, toda la noche, sin oír la llave. No me preguntes por qué. No quiero que sepas nada que te pueda hacer daño. Tú me enseñaste que una puede volver a dormir. No sabes lo grande que es eso. No hay regalo más grande que ese en el mundo entero, Clara. Devolverle el sueño a alguien. Acuérdate de mí cuando duermas tranquila.»

Clara no la quemó. La guardó, contra lo que Edurne le pedía, porque mi hermana guardaba las pruebas del amor igual que guardaba las del crimen, sin distinguirlas, porque para ella a lo mejor eran lo mismo.

Dejé las tres cartas sobre el suelo de la cocina, en fila, y lloré por una mujer a la que no conocí, una mujer que salía a por pan con gafas de sol en enero y que, al final de su vida, contó como el mayor regalo del mundo el simple hecho de poder dormir una noche entera. Lloré por ella y, sin saberlo todavía del todo, lloré por todas: por Clara, por Sara, por mí. Por las mujeres que cargan pesos hacia el agua para que otra mujer pueda, por fin, cerrar los ojos.

Y entendí, con las cartas delante, que esta historia nunca había ido de un hombre muerto en un pantano. Había ido siempre de esto: de devolverle el sueño a alguien. De lo que estamos dispuestas a hacer las unas por las otras para que una sola de nosotras pueda, una noche, dormir sin oír la llave en la cerradura.

SESIÓN SIETE

Para el otoño siguiente, nuestras sesiones se habían vuelto costumbre, parte del paisaje de mi semana, tan naturales que ya no las pensaba. Los jueves, café. A veces cena. Lucía aparecía, preguntaba, escuchaba, se iba. Yo le contaba mi vida entera sin reservas: los pacientes, el insomnio, los días buenos y los malos, lo que soñaba, lo que temía.

Nunca me pregunté por qué una psiquiatra con la agenda de Lucía, con su unidad de agudos, con sus guardias interminables, tenía tiempo cada semana para una amiga. Nunca me pregunté por qué era siempre ella la que proponía vernos, la que no dejaba pasar más de siete u ocho días. Lo atribuía a su lealtad. A que era, sencillamente, mejor persona que yo.

La gente que te vigila de cerca durante mucho tiempo acaba pareciendo la que más te quiere. Es difícil distinguirlas. A veces es imposible. A veces, creo, ni ellas mismas lo saben.