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No abrí el cuaderno en la estación.
No habría podido, arrodillada en aquel suelo frío con la gente pasando a mi espalda. Volví a meterlo todo en la bolsa azul, el cuaderno encima, el abrigo en su funda de plástico debajo, cerré la cremallera, cerré la taquilla 113 con la llave y me guardé la llave en el bolsillo interior del abrigo, contra el pecho. Subí a la calle por las escaleras mecánicas como quien asciende desde el fondo del mar, con los pulmones ardiendo y el ruido del mundo llegándome con un segundo de retraso, amortiguado, irreal.
No cogí mi coche. Lo había dejado cerca, pero no me fiaba de mí misma al volante, no en aquel estado. En el sueño de la noche anterior yo había arrastrado algo pesado hasta el agua negra, y ahora llevaba en el regazo una bolsa que olía a almizcle y a algo más viejo y más oscuro, y la sola idea de conducir con eso encima del cuerpo, de incorporarme al tráfico de la ciudad con aquella prueba en el asiento del copiloto, me parecía una temeridad. Paré un taxi en la parada de Atotxa y le di mi dirección. El taxista intentó hablar del tiempo, de la lluvia que no paraba, y yo respondí con monosílabos, abrazada a la bolsa, mirando por la ventanilla cómo desfilaba San Sebastián bajo el agua, los puentes sobre el Urumea, la gente con paraguas, una ciudad entera que seguía funcionando ajena a que en aquel taxi viajaba una mujer con un abrigo manchado de sangre seca en el regazo.
En casa subí los treinta y dos escalones con la bolsa al hombro, entré, eché la llave, y puse el abrigo sobre la mesa de la cocina, todavía dentro de su plástico transparente. No me atreví a sacarlo aún. Las manchas marrones del bajo y de los puños las miré durante un buen rato, hipnotizada, y luego aparté la vista, porque mi cabeza había empezado a ofrecerme explicaciones de cómo llega la sangre a un abrigo y de quién podía ser, y ninguna de esas explicaciones me servía, todas me dejaban peor.
Me serví un vaso de agua, me senté, respiré. Y abrí el cuaderno de Clara.
La letra picuda e inclinada de mi hermana llenaba las primeras páginas con las cosas de su trabajo, anotadas en una taquigrafía propia que ella había desarrollado a lo largo de los años para proteger la identidad de sus mujeres: nombres reducidos a una inicial, fechas, claves que solo ella entendía del todo. «M. vuelve con él. No insistir. Solo acompañar.» «J. consigue la orden de alejamiento. Primera vez en meses que la veo dormir.» «R. no está lista. Forzarla sería perderla.» Página tras página del trabajo invisible de una mujer que se pasó la vida sosteniendo a otras mujeres en el peor momento de sus vidas, cargando con miedos que no eran suyos, y que casi nunca me contaba nada de todo aquello. Yo le preguntaba, claro, cómo iba el trabajo, y ella me daba respuestas vagas, generales. Decía que no podía contarme casos, que era confidencial. Pero ahora, leyendo el cuaderno, entendía que había otra razón además de la confidencialidad: no quería traerme a casa el peso que cargaba fuera. Me protegía. Mi hermana pequeña, a la que yo había cuidado de niña, había pasado los últimos años de su vida protegiéndome a mí del horror que veía cada día, racionándome la realidad para que yo no tuviera que mirarla.
Leer su letra, su forma de abreviar, las pequeñas anotaciones al margen, fue como oír su voz. Tuve que parar varias veces, dejar el cuaderno sobre la mesa, respirar, seguir.
Hacia la mitad del cuaderno, aparecía Edurne.
Las primeras menciones eran como las demás, escuetas, profesionales. «E. — Martutene — el marido bebe, antecedentes de malos tratos no denunciados. Ella no quiere denunciar. Miedo. Mucho miedo.» Pero a medida que avanzaban las páginas, algo cambiaba en el tono. Clara escribía más sobre Edurne que sobre las otras. Escribía más largo, con frases enteras en lugar de claves, y empezaba a aparecer algo que en las demás entradas no estaba: rabia. Una rabia contenida, fría al principio, que iba creciendo página a página. «E. otra vez con marcas. Dice que se cayó. Las dos sabemos que no.» «Hablado con la coordinadora. Sin denuncia no podemos hacer nada. El sistema necesita que la víctima se rompa del todo antes de movilizarse. Es perverso.»
Y entonces, en una entrada fechada apenas tres semanas antes de su muerte, Clara había escrito algo que leí tres veces seguidas, con el corazón subiéndoseme a la garganta:
«Hoy E. ha venido al grupo con la niña. Con su hija, Sara. Veinticuatro años y los ojos de quien ha crecido oyéndolo todo a través de un tabique de papel, noche tras noche, durante toda su infancia. Mientras yo hablaba con la madre, la hija se ha acercado y me ha dicho una cosa al oído, muy bajo, que no voy a poder olvidar. Me ha dicho: 'Algún día lo voy a parar yo, ya que nadie lo para.' Y por cómo lo ha dicho, sin levantar la voz, sin dramatismo, mirándome a los ojos, no era una niña fantaseando ni desahogándose. Era una promesa. Una promesa hecha en serio. Tengo que hablar con E. sobre la niña. La hija me preocupa ahora más que la madre.»
Sara. La niña que prometió pararlo.
La Sara real. La de la tienda de móviles de la calle Loiola. La que me había jurado, con el desconcierto limpio de la verdad, no conocerme de nada.
Me quedé mirando esa entrada largo rato, con el dedo sobre las palabras de mi hermana, mientras fuera anochecía y la cocina se iba quedando a oscuras sin que yo encendiera la luz.