La Sesión Trece 18
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La estación de autobuses de San Sebastián está enterrada bajo tierra, en la zona de Atotxa, junto a la del tren, en ese complejo moderno de cristal y hormigón que reemplazó hace años a la vieja estación a cielo abierto que yo recordaba de niña, aquella de los autobuses verdes aparcados en batería bajo la lluvia. Ahora todo es subterráneo, limpio, frío, con escaleras mecánicas y pantallas que anuncian destinos y una iluminación blanca que no deja sombras. Bajé por las escaleras con la llave apretada en el puño dentro del bolsillo, notando sus dientes contra la palma.

Las consignas están al fondo, apartadas del trasiego de los andenes, en un pasillo lateral peor iluminado que el resto, que huele a cerrado, a polvo y a colillas viejas pese a los carteles de prohibido fumar. Una hilera larga de taquillas metálicas grises de distintos tamaños, unas pequeñas a ras de suelo, otras grandes a la altura del pecho, cada una con su cerradura y su número estampado en una placa. La mayoría abiertas, vacías, con las llaves puestas esperando cliente. Algunas cerradas.

La anilla roja tenía un número grabado, medio borrado por el roce, que yo había estado descifrando toda la mañana a la luz de la ventana, girándola, frotándola con el pulgar hasta estar segura: 113.

Recorrí la hilera leyendo las placas. 108, 109, 110. El corazón me iba subiendo a la garganta a medida que avanzaba. 111, 112. Y allí, en la fila de abajo, casi a ras del suelo sucio, una taquilla cerrada con la placa que decía 113.

Me arrodillé delante de ella, en el suelo frío del pasillo, sin importarme la gente que pasaba a mi espalda hacia los andenes. Saqué la llave. Me temblaban tanto las manos que tardé tres intentos en acertar a meterla en la cerradura, arañando el metal alrededor del ojo. Al tercero entró.

La giré.

Y giró. Con un chasquido seco, metálico, el cerrojo cedió, y la puertecita se abrió hacia mí unos centímetros con un quejido de bisagra sin engrasar.

Dentro había una sola cosa.

Una bolsa de deporte azul marino, de lona, con las asas gastadas y una cremallera lateral, de esas bolsas grandes y blandas que mi hermana usaba para todo, para el trabajo, para llevar carpetas, para una escapada de fin de semana. La reconocí antes de tocarla. Era de Clara. La saqué de la taquilla con cuidado, como se saca algo dormido, y pesaba, pesaba más de lo que pesa una bolsa vacía. La dejé en el suelo, a mi lado, y bajé la cremallera con los dedos torpes.

Encima de todo, lo primero que vi, había un cuaderno. Uno de los de Clara, de tapa dura negra, de los que ella llenaba con su letra picuda. Igual que los de la caja del armario, pero este no estaba en la caja. Este lo había escondido aquí, en una taquilla secreta que nadie conocía, lo cual quería decir que en este cuaderno había algo que Clara no quería que nadie encontrara fácilmente.

Pero no fue el cuaderno lo que me cortó la respiración y me dejó arrodillada, inmóvil, en el suelo de aquel pasillo subterráneo.

Debajo del cuaderno, ocupando casi toda la bolsa, envuelto con cuidado en una bolsa de plástico transparente cerrada con un nudo, había un abrigo. Un abrigo de mujer. Lo saqué con manos temblorosas, deshice el nudo del plástico, y lo desplegué a medias.

Era color arena. Demasiado fino para según qué fríos. Doblado con un cuidado casi reverente. Y manchado, en el bajo y en los puños, de algo oscuro que el tiempo había secado y oscurecido hasta volverlo de un marrón herrumbroso, ese color que adopta una sola sustancia cuando lleva mucho tiempo seca sobre la tela.

El abrigo de Sara.

El abrigo color arena que yo había visto tres días seguidos en las butacas de mi consulta. El abrigo cuyo olor a almizcle barato me perseguía por toda la casa, por la sala de espera, por el aire de mis noches sin sueño.

Estaba allí. Real. Físico. Pesando en mis manos. Doblado dentro de una bolsa de plástico, en el fondo de la bolsa de deporte de mi hermana muerta, dentro de una taquilla cerrada con llave en la estación de autobuses de San Sebastián, donde llevaba guardado, esperando, un año y medio.

Y yo tenía la única llave.

Me quedé arrodillada en el suelo de aquel pasillo subterráneo, con el abrigo en el regazo y el almizcle subiéndome a la cara desde la tela, mientras la gente pasaba a mi lado arrastrando maletas hacia sus autobuses, ajena por completo a que una mujer acababa de encontrar, en una taquilla, la prueba de que las alucinaciones no llevan abrigo. De que aquel abrigo lo había llevado alguien. De que lo había llevado yo, o mi hermana, o las dos, una noche de la que solo el agua negra de mis sueños guardaba memoria.

Las alucinaciones no dejan llaves, había pensado la noche anterior.

Y las alucinaciones, pensé ahora, tampoco dejan abrigos manchados de sangre seca.

SESIÓN SEIS

La medicación la dejé en verano, y fue idea mía. Eso es lo que me dije durante mucho tiempo: que fue idea mía.

Pero cuando reconstruyo aquella conversación, la de la sesión en que se lo planteé, ya no estoy tan segura. Le dije que me encontraba bien, que llevaba meses estable, que quizá podía empezar a bajar la dosis. Y esperé que Lucía, que era la médica, que era la prudente, me frenara. Que me dijera lo que yo le habría dicho a un paciente: que esas cosas no se tocan sin tiempo, sin red.

No me frenó.

—Yo creo que estás preparada —dijo—. Tienes una fortaleza enorme, Elena. Más de la que te crees. —Y me sonrió con orgullo, con fe en mí—. Hazlo despacio y cuenta conmigo para cualquier cosa.

Despacio. Lo hice en una semana. Y ella, que sabía perfectamente lo que era retirar de golpe ese suelo químico, que me había visto frágil mil veces, no me llamó ni una sola vez para preguntar cómo iba la bajada.

Ahora sé por qué. Una Elena sin medicación era una Elena que dormía peor, que empezaba a soñar con agua, que perdía pie. Una Elena a la que, cuando empezara a recordar, le resultaría facilísimo creer que esos recuerdos eran síntomas. Que estaba recayendo. Que se lo inventaba todo.

No me quería curada. Me quería justo en el filo: lúcida para poder vigilarme, rota para no poder creerme.

Fue la sesión más cruel de las trece, y es la única en la que ella no dijo una sola mentira. Solo me dejó caer. Con una sonrisa. Dándome las gracias por mi fortaleza.