La Sesión Trece 17
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Por la mañana, a la luz fea y gris de un día más de lluvia, la llave seguía sobre la mesa de la cocina, exactamente donde la había dejado la noche anterior antes de volver a la cama sin pegar ojo.

La miré durante casi una hora antes de atreverme a tocarla otra vez, sentada frente a ella con un café que se enfriaba, como quien vigila a un animal pequeño que podría moverse. A la luz del día parecía aún más anodina, más imposible: una llave plateada y gastada, corriente, de las que abren un candado barato o una taquilla metálica, ensartada en una anilla de plástico rojo que el tiempo y el manoseo habían vuelto rosa pálido en los bordes. No era mía. Lo sabía con certeza. No reconocía ninguna cerradura de mi vida que pudiera abrirse con ella: ni mi portal, ni mi buzón, ni el trastero, ni la consulta, ni el candado de la bici que no uso. Una llave huérfana, sin puerta conocida. Y sin embargo había aparecido sobre el cojín de mi sofá, en mitad de la noche, después de un sueño de agua negra y de una conversación con una mujer que no existe.

Solo se me ocurrían dos explicaciones, y las dos eran insoportables, cada una a su manera.

La primera: que alguien hubiera entrado físicamente en mi casa durante la noche y la hubiera dejado allí. Que mientras yo dormía, o caminaba sonámbula por el salón, una persona real hubiera abierto mi puerta con una copia de mis llaves, hubiera dejado el objeto sobre el cojín y se hubiera marchado sin dejar más rastro que un perfume de almizcle. Lo cual significaba que mi Sara no era ninguna alucinación, sino una mujer de carne y hueso que tenía acceso a mi piso y que jugaba conmigo a un juego cuyas reglas yo no alcanzaba a entender, un juego cruel y paciente cuyo objetivo se me escapaba.

La segunda: que la llave fuera mía. Que lo hubiera sido desde hacía año y medio. Que yo la hubiera tenido escondida todo este tiempo en algún rincón de la casa que mi mente consciente había sellado junto con los recuerdos de aquellas semanas, y que la noche anterior, sonámbula, liberada por fin del control de mi voluntad despierta, hubiera ido a buscarla a su escondite y la hubiera sacado a la luz. Porque alguna parte de mí, la parte que se sentaba en el sofá con cara de Sara, había decidido que ya era hora. Que ya estaba lista para recordar.

Lucía, cuando se lo conté por teléfono, se inclinó sin dudar por la segunda explicación. Le parecía la única racional. La idea de un intruso nocturno con copia de mis llaves la descartó con un argumento sólido: si alguien quisiera hacerme daño o manipularme, había mil formas más eficaces que dejar una llave enigmática sobre un cojín. La llave, dijo, era demasiado sutil, demasiado simbólica, para ser obra de otro. Tenía toda la pinta de ser un mensaje que yo me enviaba a mí misma. Yo, por mi parte, me debatía en una mezcla de ambas explicaciones que no me atrevía ni a formular en voz alta, porque formularla era aceptar que ya no distinguía dónde terminaba mi cabeza y empezaba el mundo.

Fue Lucía quien reconoció la anilla, una tarde que se pasó por casa a verme.

—Esto es de una taquilla —dijo, dándole vueltas entre los dedos, examinándola con esa atención que ponía en todo—. Mira el plástico, mira la forma de la anilla. Esto es de consigna. De gimnasio, de polideportivo, de estación. Las anillas rojas numeradas las usan en sitios con taquillas de alquiler. —Levantó la vista—. ¿Tú vas a algún sitio con taquillas de estas?

—Al gimnasio —dije—. Pero las del gimnasio son con código, una cerradura electrónica, no hay llaves.

—¿Y Clara? —preguntó Lucía.

Y la pregunta se quedó suspendida en el aire de la cocina, flotando, mientras a mí se me erizaba la piel de los brazos.

Clara. La estación. Mi hermana no conducía; nunca se sacó el carné, le daba pánico, decía que ya tenía bastante con conducir su vida. Se movía en autobús por toda Guipúzcoa para visitar a sus mujeres, a sus casos, repartidos por los pueblos y los valles de la provincia. Se pasaba media vida en la estación de autobuses de Donostia, en Atotxa, esperando las líneas a Hernani, a Tolosa, a Beasain, a los rincones donde el servicio la mandaba. Conocía esa estación como su casa. Y la estación de Donostia tiene consigna. Taquillas de alquiler, en un pasillo del fondo, con llave física y anilla roja numerada.

—No puede llevar año y medio pagada —dije, agarrándome a la lógica—. Una taquilla de consigna se paga por días. A los pocos días la habrían vaciado, habrían cortado el candado.

—Las normales sí —respondió Lucía—. Pero hay taquillas de larga estancia. De alquiler mensual o anual, para gente que necesita guardar algo de forma permanente y no tiene dónde. Se pagan por adelantado, por períodos largos. —Hizo una pausa, y la dejó caer despacio—. Si alguien contrató una por un año entero, y la pagó por adelantado, y luego… ya no estuvo para reclamarla ni vaciarla, esa taquilla puede haber seguido ahí, cerrada, intacta, esperando, durante todo este tiempo. Hasta que venza el plazo y la abran.

No terminó la frase del todo. No hacía falta. Las dos sabíamos lo que significaba.

Me levanté de la mesa. Cogí el abrigo del perchero. Y por la cara de Lucía, vi que ella habría preferido que no fuera.