La Sesión Trece 16
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Esa noche soñé con el agua.

Y no es una manera de hablar, no es una metáfora. Soñé, con una nitidez que no había tenido ningún sueño en año y medio, con agua oscura y quieta extendiéndose en la noche, con el monte cerrándose negro alrededor de ella, con un frío húmedo que me calaba hasta los huesos, el frío de una orilla a la que no se llega si no es porque alguien te lleva. En el sueño yo no estaba sola. Había otra persona conmigo, una figura que no terminaba de tener cara, una silueta que se movía a mi lado en la oscuridad con una determinación que yo no sentía pero que la arrastraba a ella y me arrastraba a mí. Y entre las dos cargábamos algo. Algo pesado, algo que se resistía, algo que no quería ir hacia el agua y que en el último instante, antes de que la superficie negra se lo tragara con un sonido espeso, abría mucho los ojos. Dos ojos muy abiertos en la oscuridad, mirándome.

Me desperté de pie.

No en la cama. De pie, en mitad del salón, descalza, con las plantas de los pies heladas sobre el parqué frío y el corazón golpeándome las costillas, y la certeza inmediata y horrible de no saber cuánto tiempo llevaba allí ni cómo había llegado desde el dormitorio. La ventana estaba a un metro de mí. ¿Había ido hacia la ventana? ¿A hacer qué?

Sonambulismo. Otra palabra de las que conozco bien, de las que he usado con pacientes con voz tranquila. Otra palabra que se me había escapado de los manuales para instalarse en mi propia vida. El cuerpo que se levanta y camina mientras la mente duerme, que ejecuta acciones, que a veces busca cosas, guiado por una voluntad que no pasa por la consciencia.

Y entonces la vi.

Sentada en el sofá, en la oscuridad del salón, con la luz anaranjada de la farola de la calle entrando por la ventana y recortándole el perfil, estaba Sara. Mi Sara. La del abrigo color arena, que ahora no llevaba puesto. La que olía a almizcle.

—Empiezas a recordar —dijo en voz muy baja, casi un susurro, para no romper del todo el silencio de la casa dormida—. Lo veo. Ya no me preguntas si soy real. Has dejado de hacerte esa pregunta. Ahora te haces otra distinta.

—¿Quién eres? —dije, y mi voz salió pequeña, perdida en la oscuridad del salón—. Si la Sara de verdad no me conoce, si nunca ha pisado mi consulta, si tú no eres ella… entonces, ¿quién eres tú? ¿Qué parte de mí eres?

Sara ladeó la cabeza, con esa media sonrisa que ya no me daba miedo, que se había transformado en otra cosa, en una especie de pena tierna, la que se siente ante alguien que se parece demasiado a uno mismo.

—Soy la parte que sí estuvo allí —dijo—. La parte de ti que no se emborrachó solo para olvidar a tu hermana, Elena. Porque esa es la mentira que te llevas contando año y medio, la mentira con la que duermes: que bebiste de pena. Que el alcohol fue el duelo. —Se inclinó hacia delante en el sofá, y la farola le iluminó media cara—. No bebiste de pena. Bebiste de culpa. Y son cosas muy distintas, aunque por fuera se parezcan. La pena se llora. La culpa se ahoga.

—Yo no hice nada —dije, pero la voz me tembló.

—¿Estás segura? —Su tono era casi dulce, sin crueldad, como quien obliga a un niño a mirar algo por su bien—. Piénsalo. Tu hermana conocía a Edurne. Tu hermana trabajaba con esas mujeres, las veía romperse una detrás de otra. Tu hermana sabía exactamente lo que aquel hombre le hacía a Edurne, y sabía que el sistema no iba a pararlo, porque se había pasado cuatro años viendo cómo el sistema no paraba nada, cómo se archivaban las denuncias y se morían las mujeres en los huecos de la ley. Y tu hermana murió, Elena. Murió en el agua. —Hizo una pausa larga—. ¿Y si lo de Añarbe no pasó antes de que ella muriera? ¿Y si pasó… de otra manera? ¿Y si alguien decidió hacer, una noche de marzo, la justicia que nadie hacía? ¿Y si tú estabas allí?

Cerré los ojos con fuerza, como una niña que cree que cerrando los ojos desaparece lo que teme. Y cuando los abrí, el sofá estaba vacío. No había nadie. Solo el cojín, y la luz naranja de la farola, y el silencio.

Pero esta vez había algo más.

Sobre el cojín, exactamente donde Sara había estado sentada, había un objeto pequeño que no estaba allí cuando me acosté. Lo miré sin atreverme a tocarlo durante un minuto entero. Luego alargué la mano.

Era una llave. Una llave pequeña, plateada, gastada por el uso, de las de candado o de taquilla, ensartada en una anilla de plástico rojo descolorido por el tiempo.

La cogí. Era real. Pesaba en la palma de mi mano. Estaba fría, con el frío del metal que lleva horas, o años, sin que nadie lo toque.

Durante un rato larguísimo me quedé de pie en mitad del salón a oscuras, con la llave en el puño, sin atreverme a encender la luz. Una llave que yo no había comprado, en una mano que, según un informe médico, había golpeado algo el año pasado. Empezaba a entender que mi cuerpo guardaba pruebas que mi cabeza me había estado ocultando.

SESIÓN CINCO

—¿Sabes qué te haría bien? —me dijo una tarde—. Cerrar lo de Clara. De verdad, quiero decir. Tienes sus cosas todavía en cajas, ¿no? En el armario.

Levanté la vista, sorprendida. No recordaba haberle contado lo de las cajas.

—¿Cómo sabes lo de las cajas?

Lucía no se inmutó. Removió su café.

—Me lo dijiste tú, cielo. Hace meses. No te acuerdas de la mitad de lo que me cuentas, normal, con todo lo que llevas encima. —Sonrió—. Yo solo digo que a lo mejor deberías deshacerte de todo eso. Donarlo. Quemarlo, si hace falta. Lo que guardamos de los muertos a veces no es amor, es ancla. Te tiene atada al fondo.

Le dije que no estaba lista. Ella no insistió; Lucía nunca insistía, esa era su maestría, dejaba caer la semilla y esperaba.

Solo mucho después entendí qué semilla era. No quería ayudarme a soltar a mi hermana. Quería que destruyera, sin saberlo, la caja donde dormía la agenda de Clara con el nombre de Edurne escrito de su puño y letra. La prueba. Llevaba meses, con dulzura, intentando que yo misma quemara lo único que podía conducirme a la verdad.

No lo hice. Por pura desidia, por el dolor de tocar sus cosas, no lo hice. Y esa desidia, esa incapacidad mía para pasar página que tanto me reprochaba, resultó ser lo que al final lo salvó todo.

· · ·

Esa misma semana, removiendo en internet por las noches, encontré algo que me desvió durante días por un camino equivocado, y que cuento porque entonces me pareció la clave de todo.

Tomás Herrán había tenido un hermano. Andoni Herrán. Dos años menor, con un historial parecido al suyo: peleas, alcohol, una temporada en la cárcel de Martutene, la misma que se veía desde el barrio. En los foros locales, en los comentarios al pie de la vieja noticia del embalse, alguien con un alias había escrito, meses después del hallazgo, una sola frase que me heló: «Esto no va a quedar así. La familia sabe quién fue. Y no olvida.»

La familia sabe quién fue. Y no olvida.

Me agarré a esa frase con la desesperación del que prefiere cualquier monstruo de fuera antes que el monstruo de dentro. Si había un Herrán vivo, rencoroso, convencido de que alguien había matado a su hermano, entonces a lo mejor las apariciones de Sara no eran cosa de mi cabeza. A lo mejor alguien me estaba haciendo esto a propósito. A lo mejor Andoni Herrán, o alguien a su servicio, había montado todo aquello para hacerme enloquecer, para vengarse de mí, para empujarme a confesar algo. La idea era aterradora, pero tenía una ventaja enorme sobre la otra: si era verdad, yo no estaba loca. Había un enemigo con cara y nombre. Algo contra lo que defenderse.

Pasé cuatro días persiguiendo a Andoni Herrán. Cuatro días que ahora sé que fueron tiempo perdido, una pista falsa que yo misma me fabriqué porque la necesitaba. Lo encontré al fin, y la realidad, como casi siempre, era más triste y más pequeña que mi miedo: Andoni Herrán llevaba dos años viviendo en un piso tutelado en Hernani, con un deterioro cognitivo severo por el alcohol, incapaz de reconocer a sus propios sobrinos, mucho menos de orquestar una venganza. El comentario del foro lo había escrito, comprobé, un vecino cualquiera, en caliente, y no había vuelto a entrar en su vida.

No había ningún Herrán vengador. No había ningún enemigo de fuera montándome la función.

Lo cual me devolvía, intacto, al sitio del que había huido durante cuatro días: que lo que me estaba pasando venía de dentro. O de alguien mucho más cercano de lo que yo era capaz todavía de sospechar.