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El informe del Hospital Universitario Donostia tardó cuatro días en llegar a mis manos, y los conseguí por la vía menos honrosa de todas: se los pedí a Lucía.
Como psiquiatra del sistema público, ella podía solicitar un historial sin que saltara ninguna alarma, sin dejar el rastro que dejaría yo si lo pidiera por mi cuenta como paciente, con sus formularios y sus plazos y sus preguntas. Discutimos sobre ello casi media hora. Lucía insistía en que no era buena idea, en que remover aquello podía hacerme más daño que bien, en que a veces la mente esconde las cosas por una razón y forzar la puerta tiene un precio. Yo insistí en que iba a conseguir esos papeles de un modo u otro, y que prefería hacerlo de la mano de alguien que me sostuviera mientras los leía. Al final cedió. Ahora, sabiendo lo que sé, entiendo por qué cedió, y no era la razón que yo creía. No cedió para sostenerme. Cedió para estar presente, para controlar qué leía yo y cómo lo interpretaba. Pero eso lo entendí mucho después.
Nos sentamos a leerlos juntas, otra vez en mi cocina, con los papeles extendidos sobre la mesa pequeña.
Ingreso: 23 de mayo. El mismo día del entierro de Clara. El mismo día de la noticia de Añarbe. Las tres fechas, la muerte, el entierro y el cuerpo en el agua, anudadas en una sola jornada con un sentido del orden particularmente cruel. Llegada a urgencias a las 23:40. Y aquí, leyendo el modo de llegada, el corazón me dio un vuelco: «Acude acompañada de conocida que no facilita filiación; abandona el centro antes del triaje.» Una conocida. Una mujer que me había llevado a urgencias casi a medianoche y se había marchado sin dar su nombre antes de que la atendieran. Alguien que sabía dónde estaba yo aquella noche, que me había recogido de algún sitio, que me había metido en un coche y conducido hasta el hospital, y que no había querido quedar registrada.
Seguí leyendo. Intoxicación etílica aguda. Deshidratación severa. Y luego, en el apartado de exploración física, una frase redactada con la frialdad administrativa de siempre, esa prosa médica que describe los desastres del cuerpo como quien rellena un albarán: «Contusiones en antebrazo izquierdo y en dorso de ambas manos, en distinta fase de evolución, cronología no coincidente con el episodio actual.»
Lo leí tres veces.
—¿Qué significa esto? —pregunté en voz alta, aunque no esperaba que nadie me respondiera—. Distinta fase de evolución. Cronología no coincidente.
Lucía leía por encima de mi hombro, y noté que se había quedado muy callada, con la cabeza de médica funcionando a toda máquina detrás de aquel silencio.
—Significa —dijo despacio— que esos golpes no te los hiciste todos la misma noche. Que tenían distinta antigüedad. Algunos eran recientes, de las horas previas al ingreso. Pero otros eran más viejos. De días antes. Cuando un forense ve contusiones en distinta fase de evolución, está diciendo que hubo más de un episodio. Que te golpeaste, o te golpearon, en momentos distintos a lo largo de varios días.
—¿Y el dorso de las manos? —Me miré las manos, como si pudieran decirme algo, como si todavía guardaran la memoria de aquello—. ¿Qué me pasó en las manos?
Lucía dejó el papel sobre la mesa. Cuando habló, eligió las palabras con un cuidado que entonces me pareció clínico y que ahora sé que era de otra naturaleza.
—Las contusiones en el dorso de las manos no son de caerse, Elena. Cuando una persona se cae, instintivamente se protege: abre las manos, se apoya, se hace daño en las palmas, en las muñecas, en las rodillas. En el dorso de las manos te haces daño de otra manera. Golpeando algo. O a alguien. O cuando alguien te sujeta las manos con fuerza y tú forcejeas para soltarte. —Levantó la vista del papel y nos miramos por encima de la mesa—. El dorso de las manos es una lesión de lucha. No de caída.
Y en ese silencio, por primera vez desde que todo había empezado, ninguna de las dos pronunció la palabra «alucinación». Porque las alucinaciones no dejan moratones en distinta fase de evolución en el dorso de las manos. Las alucinaciones no llevan a una mujer a urgencias a medianoche y se marchan sin dar su nombre. Lo que aquellos papeles describían no era una enfermedad de la mente. Era el rastro físico, escrito en mi propia carne, de algo que había ocurrido de verdad en el mundo, durante esas tres semanas que yo no recordaba.