La Sesión Trece 14
35%

14

· · ·

Llamé a Lucía y le pedí que viniera. No a una cafetería, no a un territorio neutral. A mi casa. Y por el silencio que se hizo al otro lado del teléfono antes de que contestara, supe que ella había entendido que la cosa había cambiado de categoría, que ya no era una consulta entre cafés sino algo más serio.

Llegó en cuarenta minutos, con una bolsa de comida del chino de la esquina que las dos sabíamos perfectamente que no íbamos a tocar, pero que ella traía igual, porque es lo que se trae cuando vas a casa de alguien que se está hundiendo: comida que no se comerá, como un gesto, como una manera de decir sigo aquí, sigo cuidándote.

Le enseñé la agenda. Le puse el dedo sobre las tres palabras. Le conté todo lo que había averiguado: el viaje a Martutene, la panadera Begoña, las gafas de sol en enero, el pánico de Tomás al agua, la mercería, la Sara real de la tienda de móviles que no me conocía de nada. Se lo conté entero, las dos sentadas en el suelo de la cocina, con la espalda contra los armarios, que sin que yo lo decidiera se había convertido en el escenario de todas las conversaciones importantes de mi vida, como si el suelo fuera el único sitio bastante bajo para sostener según qué cosas.

Lucía escuchó sin interrumpir. Y cuando terminé, no me hizo preguntas de médica. Hizo algo que me asustó más que cualquier diagnóstico: alargó la mano y cogió la mía.

—Elena —dijo—. Te voy a decir lo que veo. Y te lo digo porque te quiero, no para hacerte daño. ¿Vale?

—Dilo.

—Lo que me cuentas encaja con dos cosas a la vez, y lo importante es que las dos pueden ser verdad al mismo tiempo, no se excluyen. La primera. —Me apretó los dedos—. Estás reconstruyendo, sin darte cuenta, una historia real que tu hermana conocía bien y que tú absorbiste durante esas semanas en que no estabas, digámoslo suave, operativa. Recogiste sus cosas. Viste su agenda. A lo mejor hablaste con gente del trabajo de Clara, con sus compañeras, en el funeral, en el tanatorio, en esos días que no recuerdas. Tu cerebro tiene los datos, Elena. Los tiene guardados de entonces, y ahora los está sacando. Eso no es ningún misterio sobrenatural. Es memoria implícita, memoria sin recuerdo consciente, y es de manual. Lo sabes igual que yo.

—¿Y la segunda? —pregunté, porque había dicho dos cosas.

Lucía tardó en contestar. Me miró, y por un instante hubo algo en su cara que no supe leer, algo que entonces interpreté como el esfuerzo de decir una verdad difícil con cariño.

—La segunda es que toda esa información real que llevas dentro ha tomado la forma de una persona. De una mujer que se sienta contigo y te habla y te huele a perfume. Y eso, Elena, eso ya no es solo memoria. Eso es tu mente partiéndose en dos para poder contarte algo que la parte de ti que está despierta y cuerda no se atreve a mirar de frente. Le has puesto cara a ese algo. Le has puesto voz, olor, nombre. Y sobre todo le has puesto una confesión: la has hecho confesar un asesinato. —Bajó la voz—. La pregunta que llevo días sin atreverme a hacerte, y que ahora te tengo que hacer, es muy sencilla. ¿De quién es esa confesión de verdad? ¿De Sara? ¿O tuya?

Aparté la mano. No por enfado. La aparté porque había empezado a temblarme y no quería que lo notara, no quería darle ese dato más a su diagnóstico.

—Yo no he matado a nadie —dije.

—No he dicho que mataras a nadie. —Su voz era de una suavidad insoportable—. He dicho que hay algo en esas tres semanas que tu cabeza ha decidido que todavía no puedes saber. Y que ha buscado una manera de írtelo contando poco a poco, a dosis que puedas tragar, a través de una mensajera que se sienta en tus butacas. Las personas no nos rompemos porque sí, Elena. Cuando nos rompemos, nos rompemos de una forma exquisitamente lógica, con un sentido oculto detrás de cada síntoma. Tú lo sabes mejor que yo. Se lo has explicado a cien pacientes. El síntoma siempre dice algo. Siempre. La pregunta es qué está diciendo el tuyo.

Fuera seguía lloviendo. Dentro, el arroz del chino se enfriaba en su cartón sobre la encimera, intacto, soltando un hilo de vapor que se fue apagando mientras ninguna de las dos lo miraba.

—Hay una manera de saberlo —dije al fin, y me sorprendió oírme decirlo, porque significaba decidirme a hacer algo que llevaba año y medio evitando con todas mis fuerzas—. Una manera de saber qué hice durante esas tres semanas. Adónde fui. Con quién estuve.

Lucía me miró con cautela.

—¿Cuál?

—El hospital. Estuve ingresada tres días al final, cuando me derrumbé del todo. Tienen que tener un informe de ingreso, un historial. Y antes de eso, alguien tuvo que llevarme hasta urgencias. Alguien me vio en esas semanas, alguien sabe por dónde anduve. Hay un rastro, Lucía. Siempre hay un rastro. —Tragué saliva—. Lo que pasa es que llevo año y medio teniendo demasiado miedo de seguirlo. Demasiado miedo de lo que pueda encontrar al final.

Y noté, al decirlo, que algo en la expresión de Lucía se tensaba, apenas, durante una fracción de segundo. Lo atribuí entonces a su preocupación por mí. Tardaría en entender que era otra cosa.

· · ·

La subinspectora Aguirre apareció en mi consulta tres días después, sin avisar, a la hora de comer, cuando Marta ya se había ido.

Era una mujer de mi edad, quizá algo mayor, con el pelo gris cortado muy corto y unos ojos que se posaban en las cosas y se quedaban en ellas un segundo de más, como hace la gente entrenada para que no se le escape nada. Enseñó una placa, dijo su nombre y su rango, y pidió cinco minutos. No le ofrecí la butaca de los pacientes. Nos quedamos las dos de pie en la sala de espera, junto al potus.

—Yo llevé el caso de su hermana —dijo, sin preámbulos—. Hace año y medio. Quería darle el pésame en persona. Nunca llegué a hacerlo, con el papeleo.

—Lo cerraron como suicidio —dije. Me salió más seco de lo que pretendía.

—Lo cerramos como suicidio, sí. —No apartó los ojos de los míos—. Con lo que teníamos. —Hizo una pausa, una de esas pausas que yo conozco bien porque las uso—. ¿Sabe una cosa, doctora? Llevo treinta años en esto. Y hay casos que se cierran y se olvidan, y hay casos que se cierran y se quedan. El de su hermana es de los que se quedan. No por nada que pudiera escribir en un informe. Por una sensación. Una mujer que dedica su vida a evitar que otras se rindan, y que un día, según nosotros, se rinde ella. Sin una nota. Sin un mal día que nadie recordara. —Ladeó la cabeza—. Me incomodó entonces y me incomoda ahora.

No dije nada. Tenía la garganta cerrada.

—¿Por qué me cuenta esto? —conseguí preguntar.

—Porque alguien ha pedido el historial hospitalario de usted hace unos días. De aquellas fechas. —Lo dejó caer despacio, observándome—. Y cuando alguien remueve los papeles de un caso que se me quedó dentro, a mí me llega el aire. No la estoy acusando de nada, doctora. Solo le digo que si en algún momento hay algo que quiera contarme sobre aquellas semanas, sobre su hermana, sobre lo que sea, mi puerta está abierta. —Dejó una tarjeta sobre la mesa de Marta—. Y que tenga cuidado. La gente que remueve el fondo de un río a veces saca cosas que preferiría no haber visto.

Se quedó un momento mirando el potus moribundo de la sala de espera, con esa atención suya que no descansaba nunca, y por primera vez bajó la voz a algo casi humano.

—Mi hermana también era de las que cuidan, ¿sabe? —dijo, sin mirarme—. Enfermera. Treinta años en oncología. Aguantó lo que no está escrito, muertes a diario, y nunca se vino abajo. Y un día se jubiló, y a los seis meses se quitó de en medio, sin avisar a nadie, sin una palabra. —Tragó—. Yo era policía y no lo vi venir. Estuve un año diciéndome que se me había escapado algo, alguna señal. Hasta que entendí que a veces no hay señal. Que la gente que se pasa la vida sosteniendo a los demás aprende a no pesar, a no hacer ruido, a irse sin molestar. —Por fin me miró—. Por eso lo de su hermana no me lo creo, doctora. Porque las que cuidan, cuando de verdad se rinden, dejan las cosas atadas. Avisan, a su manera. Y Clara Sanz no ató nada. Clara Sanz se fue a mitad de frase. Y la gente no se va a mitad de frase por su propia voluntad.

Se ajustó el abrigo y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió.

—Riéguelo menos, ese potus —dijo, señalándolo con la barbilla—. Se está ahogando. Lo veo desde aquí.

Y se fue, dejándome con la tarjeta en la mano y la sensación exacta de que aquella mujer veía, en cinco minutos, mucho más de lo que veían otros en años.

Se fue.

Me quedé mirando la tarjeta sobre la mesa sin atreverme a cogerla. Aguirre. Un número. Y la certeza, nueva y helada, de que yo no era la única que nunca se había creído del todo aquel suicidio. De que había alguien más, con placa, a quien tampoco le cuadraban las cuentas. Podía ser mi salvación. O podía ser, si llegaba a saber lo de Añarbe, quien me hundiera a mí.

Por primera vez entendí que recordar la verdad no iba a liberarme sin más. Que la verdad, en este caso, tenía dos filos, y los dos cortaban hacia mí.

SESIÓN CUATRO

Hubo un periodo en que mejoré, y Lucía lo celebró más que nadie.

Volví a la consulta, a media jornada primero. Volví a dormir cinco horas seguidas. Volví a reírme de algo una tarde, en la cafetería de San Marcial, y recuerdo que Lucía se quedó mirándome con una emoción rara, casi húmeda, y me dijo: «Ya estás aquí otra vez. Te había perdido y has vuelto.» Y me cogió la mano por encima de la mesa.

Yo lo viví como el amor de la amiga que me había salvado. Lo era, quiero creer que en parte lo era de verdad, que ni siquiera ella sabía ya dónde terminaba el cariño y dónde empezaba la vigilancia. Las dos cosas habían crecido juntas, enredadas, durante tantos meses que a lo mejor ni ella las distinguía. A veces pienso que ese es el verdadero horror de Lucía: que no fingía del todo. Que me quería y me vigilaba con el mismo gesto, y que para ella eran lo mismo.