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Hay una caja que no he abierto en año y medio.
Es una caja de cartón corriente, de las de mudanza, con las solapas cerradas una sobre otra sin precinto, que vive en lo alto del armario del cuarto que llamo despacho aunque no trabaje nunca en él. La puse ahí el día que vaciamos el piso de Clara, con la idea de abrirla más adelante, cuando estuviera preparada, cuando doliera menos. Pero el momento de estar preparada no llegó nunca, porque ese momento no existe, es una mentira que nos contamos para aplazar lo inaplazable, y la caja se quedó arriba, juntando polvo, convertida en una presencia muda que yo evitaba mirar cada vez que abría aquel armario a por las toallas de invierno.
Dentro está lo que quedó de Clara. No todo; lo voluminoso, la ropa, los muebles, los libros, lo repartimos o lo donamos en aquellas semanas atroces. Dentro está lo que mi madre y yo no fuimos capaces ni de tirar ni de mirar, esa categoría intermedia de objetos que el duelo vuelve radiactivos: su agenda de tapas de tela, su móvil con la batería muerta desde hace meses, un par de cuadernos de trabajo, el collar de plata con una piedra verde que llevaba siempre y que le regaló nuestro padre antes de morir, y la carpeta con la documentación que hubo que recoger, el DNI, la cartilla, los papeles que el Estado exige incluso a los muertos.
Clara era mi hermana pequeña. Me llevaba cuatro años, y durante toda la infancia fui yo quien la cuidó, quien le ataba los cordones y le revisaba los deberes y la esperaba a la salida del colegio. Tenía treinta y un años cuando murió. Y aquí es donde casi todo el mundo, cuando le cuento que perdí a mi hermana, asume algo que no es verdad, así que prefiero decirlo claro de una vez: Clara no murió de una enfermedad larga que nos diera tiempo a despedirnos. No murió en un accidente de coche que pudiéramos maldecir contra el azar. Clara murió de una manera que yo llevo año y medio sin ser capaz de pronunciar en voz alta, ni siquiera ante Lucía, ni siquiera ante la psicóloga a la que terminé yendo, porque cada vez que me acerco a las palabras exactas, la garganta se me cierra físicamente, como una mano que aprieta desde dentro, y no salen. Hay verdades que el cuerpo se niega a dejar pasar por la boca.
Bajé la caja del armario. Pesaba menos de lo que recordaba haberla subido. Las cosas de los muertos siempre pesan menos de lo que esperas, es uno de esos pequeños insultos del duelo: descubrir que toda una persona, toda una vida, cabe en una caja que levantas con un brazo. Nadie te avisa de eso. De que el duelo no es solo echar de menos: es la humillación de comprobar cuánto sigue funcionando el mundo, y tú dentro de él, sin la persona sin la que jurabas que no podrías seguir. La dejé sobre la cama del cuarto, me senté al lado, y estuve un rato largo sin abrirla, con las manos sobre las solapas, respirando.
Luego la abrí.
El olor me golpeó primero. Un olor a guardado, a cerrado, pero por debajo, tenue, el de Clara: su crema de manos, el suavizante que usaba, algo indefinible que era solo suyo y que ningún muerto debería conservar el derecho de seguir oliendo. Tuve que parar otra vez. Cerrar los ojos. Seguir.
Busqué su agenda. Clara lo apuntaba todo a mano, en esa agenda de tela y en los cuadernos, con su letra picuda e inclinada que yo reconocería entre mil. Era una manía suya, casi una ideología: desconfiaba de las pantallas, de la nube, de que las máquinas guardaran la memoria de su vida. «Si lo apunto a mano, es mío y de nadie más», decía. Hojeé la agenda con cuidado, como se hojea algo sagrado. Las primeras páginas eran de enero del año de su muerte. Citas, recordatorios, cumpleaños, la compra. La vida normal de una mujer de treinta y un años, esa vida normal que se interrumpiría unos meses después.
Pasé las páginas hacia delante. Febrero. Y allí, en una página de finales de mes, entre un «dentista 17:30» y un «llamar a mamá», con su letra inconfundible, había tres palabras y un número de teléfono que me detuvieron el corazón en seco:
«Edurne — grupo — jueves.»
Me quedé mirando esas letras hasta que se volvieron borrosas.
Mi hermana conocía a Edurne Lasa.
Mi hermana Clara, la trabajadora social que se pasó los últimos cuatro años de su vida en un servicio municipal de atención a mujeres víctimas de violencia de género, quemándose despacio en una de las trincheras más duras que existen, conocía a la mujer de Tomás Herrán. La tenía apuntada en su agenda. Un grupo, los jueves. Edurne había sido una de sus mujeres. Una de las que Clara intentaba salvar.
Y yo. Yo había recogido esta agenda con mis propias manos, año y medio atrás, durante aquellas semanas en blanco. La había metido en esta caja yo misma, o ayudado a meterla. Había tenido el nombre de Edurne Lasa entre los dedos, escrito por mi hermana, en algún momento de aquel tiempo borrado. Y en algún pliegue de mi cabeza anegada en alcohol y dolor, ese nombre se había quedado guardado, archivado en la oscuridad, sin que mi memoria consciente conservara el menor recuerdo de haberlo leído.
Edurne. La fuente. El nombre que yo creía «no poder conocer», el nombre que me había parecido una prueba de que Sara era real porque venía de fuera de mí.
No venía de fuera. Sí podía conocerlo. Lo tenía en mi propia casa, en lo alto de un armario, escrito de puño y letra por mi hermana muerta. Llevaba año y medio durmiendo a tres metros de la respuesta.