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Conduje de vuelta a casa sin recordar después ni una sola calle del trayecto, con el piloto automático que se nos enciende en los momentos en que la mente está demasiado ocupada para conducir y aun así, milagrosamente, llegamos. Crucé el Urumea por algún puente sin saber cuál. El río bajaba a mi izquierda, marrón y crecido, acompañándome hacia el mar como me había acompañado de ida hacia el monte, y tuve la sensación, absurda y nítida, de que aquel río llevaba semanas siguiéndome, de que estuviera donde estuviera en esta ciudad el agua siempre encontraba la manera de quedar a la vista, paciente, esperando a que yo entendiera por fin qué quería decirme.
San Sebastián es una ciudad construida sobre el agua y contra el agua, abrazada por la bahía, partida por el río, batida por el Cantábrico, y hay días en que parece que el agua va ganando, que se filtra por las junturas de todo. Aquel era uno de esos días. Llovía otra vez cuando aparqué, una lluvia fina que no terminaba de caer y que más que mojar empapaba el aire entero, como si la ciudad respirara dentro de una nube.
Aparqué de cualquier manera cerca de casa, medio subida al bordillo, una infracción que cualquier otro día me habría quitado el sueño y que aquella tarde me dio exactamente igual. Subí los cuatro tramos de escaleras agarrándome a la barandilla, contando los escalones como me enseñaron a contar la respiración cuando el pánico aprieta y el mundo empieza a girar demasiado rápido. Treinta y dos escalones. Los mismos de siempre, los mismos de hace cuatro años, los mismos de mañana. La única aritmética del universo en la que todavía confiaba. Los conté dos veces, ida y vuelta dentro de mi cabeza, porque una sola pasada no me bastó para frenar lo que se me había desbocado dentro.
Entré, cerré, y me dejé caer en el suelo de la cocina, con la espalda contra los armarios bajos y las rodillas pegadas al pecho, y traté de ordenarlo. De ponerlo en fila. De pensar.
Existía una Sara Vidal real. Hija de Edurne Lasa, la mujer maltratada de Martutene. Una chica de veinticinco años que se había cambiado el apellido para no cargar con el del hombre, que había heredado una mercería ya muerta convertida en tienda de móviles, y que había visto consumirse a su madre por un cáncer fulminante apenas ocho meses atrás, libre por fin del marido, libre por fin de todo, justo en el momento en que ya no servía de nada ser libre. Esa Sara existía, respiraba, tenía una coartada de incredulidad perfecta: no me conocía.
Y existía mi Sara Vidal. La que se sentaba en mi consulta. La que conocía el código deontológico. La que olía a almizcle barato. La que sabía cosas que yo ignoraba. La que me había mandado, con una precisión de relojero, exactamente a la tienda donde iba a encontrar a la otra.
Y ahí estaba el nudo, el imposible. Si mi Sara era una alucinación, un producto de mi cerebro enfermo, ¿cómo había podido conducirme hasta una persona real que yo no conocía, con un nombre exacto que yo no podía saber? Las alucinaciones no tienen información que el sujeto no posea. Me lo repetía como un mantra, porque era la base de todo, la regla de oro que yo misma había invocado ante Lucía. Una alucinación solo sabe lo que tú sabes. No puede mandarte a una dirección que ignoras para presentarte a una persona de cuya existencia no tenías noticia.
Pero yo no sabía que Edurne Lasa tenía una hija. No sabía que se llamaba Sara. No sabía que se había cambiado el apellido a Vidal.
A menos.
A menos que sí lo supiera.
Me quedé muy quieta en el suelo de la cocina, con el fluorescente parpadeando encima de mí, conteniendo la respiración. Porque por primera vez, en el centro mismo de todo aquel miedo, había aparecido una idea distinta. No la idea de «me estoy volviendo loca», que era casi reconfortante por lo conocida. Ni la idea de «hay un fantasma», que era absurda. Una idea tercera, mucho peor, mucho más fría, que encajaba con una precisión escalofriante en todos los huecos: con la laguna del 23 de mayo, con las tres semanas borradas, con la facilidad sobrenatural con que mi Sara conocía el camino hasta aquella tienda, con el almizcle, con la sensación de haber reconocido la cara de la hija.
¿Y si yo ya había estado en Martutene antes?
¿Y si yo ya conocía esta historia, no por un titular leído de pasada, sino porque la había vivido por dentro, durante esas tres semanas que mi memoria había sellado a cal y canto?
¿Y si la mujer que se sentaba en mis butacas no venía a confesarme un crimen ajeno, sino a recordarme, despacio, a un ritmo que yo pudiera soportar, uno mío?
Fuera, sobre los tejados mojados de San Sebastián, había empezado otra vez a llover, y el ruido del agua en el patio interior llenó la cocina como si el mundo entero, por fin, se decidiera a hablar.
SEGUNDA PARTE
LAS TRES SEMANAS
SESIÓN UNO
Lo primero que recuerdo de después es la cara de Lucía.
No el entierro, que no recuerdo. No el hospital, que tampoco. La cara de Lucía, inclinada sobre mí en una habitación blanca, diciéndome con mucha calma que ya había pasado lo peor, que estaba a salvo, que ella se ocupaba de todo. Y yo le creí, porque cuando uno despierta del fondo de un pozo y hay una cara conocida esperándole, le cree a esa cara lo que le diga. Le entrega el relato. Le dice: cuéntame qué ha pasado, porque yo no lo sé, y lo que tú me cuentes será lo que pasó.
—No te esfuerces en recordar —me dijo, y me apartó el pelo de la frente con una ternura que entonces fue lo único cálido en todo aquel frío—. Tu cabeza ha apagado esas semanas porque no podías con ellas. Es un mecanismo de defensa, Elena. Sano, incluso. No fuerces la puerta. Cuando estés lista, ya iremos abriéndola juntas. Despacio. A mi ritmo.
A su ritmo. Lo dijo así, y yo lo oí como un consuelo.
Tardaría año y medio en entender que era una instrucción.
SESIÓN DOS
Me dio el alta ella misma, y me llevó a casa en su coche, y subió conmigo los treinta y dos escalones cargando la bolsa del hospital como si yo no pudiera con ella, que era verdad que no podía.
Una vez dentro, mientras yo me sentaba en el sofá temblando, Lucía recorrió mi piso. La vi hacerlo. La oí abrir armarios en la cocina, mover cosas, y pensé que buscaba un vaso, una infusión, algo para mí. Cuando volvió al salón traía en la mano una botella, la única que quedaba, y me la enseñó sin reproche, con pena.
—Esto fuera —dijo—. ¿Vale? Nada de alcohol en casa. Esa es la primera regla. —Y siguió—: No volver sin poder subir las escaleras. No quedar en sitios donde solo se beba. Y llamarme a mí, a cualquier hora, antes de hacer nada. Cualquier cosa, me llamas. Yo voy.
Me dictó mis reglas como quien dicta una receta, y yo las anoté en mi cabeza agradecida, aferrada a ellas como a un salvavidas. Eran buenas reglas. Me han mantenido sobria estos años. No me arrepiento de ninguna.
Solo que ahora sé que, mientras me las dictaba, sus ojos seguían recorriendo mi casa. Y que no buscaban botellas. Buscaban qué sabía yo. Qué había escrito. Qué había guardado. Si quedaba, en algún cajón de mi vida, algo de aquellas tres semanas que pudiera, un día, hablar por mí.
SESIÓN TRES
Las primeras semanas vino cada día. Luego, cada dos. Luego, cuando ya me sostenía de pie, una vez por semana, siempre con su café, su escucha, su calma.
Y siempre, en algún momento de la conversación, como de pasada, la misma pregunta con distintas palabras: ¿has recordado algo más? ¿Te ha venido alguna imagen? ¿Sueñas? Yo creía que me lo preguntaba porque le importaba mi recuperación. Le contestaba que no, que seguía todo en blanco, y veía cómo algo en sus hombros se relajaba, y pensaba: qué suerte tengo de tenerla, qué pendiente está de mí.
Una de aquellas tardes le conté que había soñado con agua. Solo eso: agua oscura, frío. Lucía dejó la taza muy despacio.
—El agua en los sueños es el inconsciente, Elena —dijo, con su voz más suave—. El duelo. No le des más vueltas. No significa nada literal. —Me miró—. ¿Has soñado algo más? ¿Algún sitio concreto? ¿Alguna persona?
—No —dije—. Solo agua.
Y otra vez aquel relajarse mínimo de sus hombros, aquel alivio que yo tomaba por cariño.
Doce veces me senté delante de ella así. Doce. Y en las doce le entregué, dócil, el parte de lo que mi cabeza iba devolviéndome, sin saber que no se lo contaba a una amiga, sino a la única persona del mundo que necesitaba, por encima de todo, que yo no recordara jamás.