11
· · ·
La mercería de la calle Loiola ya no era una mercería.
Lo comprobé al día siguiente, cuando por fin reuní el valor para ir. Tardé en decidirme porque algo dentro de mí ya intuía, supongo, que cruzar aquella puerta iba a cambiar las cosas de un modo irreversible, y una parte de mí prefería seguir en la ignorancia, en esa zona templada de la duda donde todavía cabía la posibilidad de estar simplemente enferma, de que todo fuera un malentendido de mi cabeza cansada. Pero fui. Siempre voy. Es mi defecto y es mi salvación: necesito saber, aunque saber me destruya.
Donde Begoña me había hecho imaginar madejas de lana ordenadas por colores, cajones de botones, carretes de hilo y ese olor a tela nueva de las mercerías de antes, había ahora una de esas tiendas de móviles y reparaciones que han heredado los bajos de media ciudad, todas iguales, todas con el mismo escaparate atiborrado de fundas de silicona de colores chillones y cargadores colgados de ganchos como peces secándose. El rótulo viejo había desaparecido sin dejar rastro; en su lugar, un cartel de plástico retroiluminado con un nombre comercial inventado, de esos que no significan nada en ningún idioma. Nada quedaba de Edurne allí. El tiempo había pasado por encima de su vida como una ola por encima de un castillo de arena, y no se notaba ni que hubiera existido.
Empujé la puerta y sonó una campanilla electrónica, un pitido agudo y feo. Dentro olía a plástico nuevo y a soldadura. Un chico joven, de unos veinte años, con unos auriculares colgándole del cuello de los que escapaba el siseo metálico de la música, manipulaba las tripas de un teléfono con un destornillador minúsculo bajo una lámpara de aumento. Levantó la vista hacia mí con desgana.
—Buenas —dije, y noté mi propia voz extrañamente formal—. Perdona que te moleste. Estoy buscando información sobre una persona que tuvo un negocio aquí hace años. Una mercería. Una mujer que se llamaba Edurne Lasa.
El chico me miró con esa cara amable y completamente vacía de quien no tiene la menor idea de lo que le están hablando ni el menor interés en averiguarlo.
—Uf, ni idea. Yo llevo aquí dos años nada más —dijo, y ya bajaba otra vez la vista hacia el teléfono—. El local lo cogimos a través de una inmobiliaria, ni llegué a conocer al anterior. No sé de ninguna Edurne, lo siento.
Asentí, tragándome la decepción, que era una decepción rara, mezclada con alivio, porque una parte de mí quería que aquella pista no llevara a ninguna parte, que el hilo se cortara allí y yo pudiera volver a casa sin saber. Me di la vuelta hacia la puerta, ya pensando en el siguiente paso, en si quedaría alguien en el barrio que recordara, en si Begoña podría darme más nombres.
Y entonces una voz salió de la trastienda, del otro lado de una cortina de tiras de plástico multicolor que separaba la tienda del almacén.
—¿Quién pregunta por mi madre?
Me quedé inmóvil, con la mano ya en el pomo de la puerta y el corazón parándoseme un instante para luego echar a correr.
La cortina de tiras se apartó con un susurro de plástico y salió una chica. Tendría unos veinticinco años. Delgada, de huesos finos, con el pelo castaño recogido a medias, y unos ojos rápidos, oscuros, vigilantes, que me recorrieron de arriba abajo en menos de un segundo, midiéndome, evaluándome, calculando si yo era una amenaza, con la destreza inconsciente de quien aprendió de muy niña a leer el peligro en las personas que entran por una puerta. Y al verla, al cruzarse su mirada con la mía, el suelo se movió bajo mis pies. Porque su cara me resultó familiar de una manera que no supe explicar, que no pude ubicar, como una palabra que tienes en la punta de la lengua y se te escapa justo cuando ibas a pronunciarla, como una melodía que reconoces sin poder nombrar de dónde, como un rostro entrevisto en sueños que al despertar se deshace.
No supe entonces por qué me resultaba conocida. Lo sabría después, y el saberlo sería una de las peores cosas de toda esta historia.
—Me llamo Elena Sanz —conseguí articular, soltando el pomo—. Soy psicóloga. Estoy intentando ayudar a una persona relacionada con… con lo que le ocurrió a Tomás Herrán. —Tragué saliva—. ¿Tú eres hija de Edurne Lasa?
La chica no respondió enseguida. Salió del todo de la trastienda, dejando caer la cortina a su espalda, y la sostuvo un instante con la mano para que no se moviera, un gesto cuidadoso, casi protector, como quien no quiere que algo de dentro se escape o que algo de fuera entre. Luego se cruzó de brazos y se plantó frente a mí, a dos metros, con la barbilla un poco alzada.
—Mi madre murió hace ocho meses —dijo, y no suavizó ni una sílaba—. Cáncer. Se la comió en medio año, de diagnóstico a entierro. Medio año. —Hizo una pausa dura, sosteniéndome la mirada sin pestañear—. Así que si viene usted buscando a la mujer del maltratador para volver a hurgar en la herida, para escribir un reportaje, para un documental, para lo que sea, llega tarde. Ya no queda nadie a quien hacerle daño. Todo el daño que había que hacer se lo hicieron en vida.
Había tanta rabia vieja en esas palabras, tanto cansancio de defender a una madre que ya no estaba, que me dolió físicamente oírla.
—No vengo a hacer daño —dije, y era verdad, aunque ni yo misma sabía del todo a qué venía exactamente, qué buscaba en aquella tienda—. Te lo prometo. No soy periodista, no quiero remover nada para nadie. Solo intento entender una cosa que me está pasando a mí. —Hice una pausa—. ¿Cómo te llamas?
Y entonces lo dijo.
Y el suelo, las paredes, los estantes de fundas de colores, la campanilla, la ciudad entera al otro lado del escaparate, el mundo completo, todo se quedó de golpe en un silencio absoluto, el volumen de la realidad bajado de golpe.
—Sara —dijo—. Sara Vidal. Vidal era el apellido de mi padre biológico, el de antes de Tomás, no el de él. Me lo cambié en cuanto cumplí los dieciocho, para no llevar encima nada que viniera de ese hombre.
El nombre me cayó encima como un cubo de agua helada, y por un momento creí que no me sostendrían las piernas.
Sara Vidal.
—No puede ser —murmuré. Las palabras se me escaparon solas, sin permiso.
—¿El qué no puede ser? —Frunció el ceño, y por primera vez la dureza de su cara se resquebrajó para dejar paso a algo parecido a la preocupación, a la alarma de ver a una desconocida descomponerse delante de ella—. Oiga, ¿se encuentra usted bien? Se ha puesto blanca, blanca del todo. Siéntese, ande, que tengo una silla aquí detrás. ¿Quiere un vaso de agua?
Agua. Hasta la palabra agua me sonó, en aquel momento, como una amenaza.