La Sesión Trece 10
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Salí de la panadería con el cruasán intacto en su bolsa de papel y las piernas un poco flojas, y caminé sin rumbo hasta encontrar un banco junto al río.

Necesitaba sentarme. Necesitaba pensar, o más bien dejar de pensar un momento, dejar que las cosas se posaran. Me senté en un banco de hierro mojado, frente al Urumea, que a la altura de Martutene baja todavía con fuerza de monte, verde y rápido, con el bosque trepando por la otra orilla. La llovizna había parado y el aire olía a tierra removida y a agua.

No me había inventado a Tomás Herrán. Eso ya estaba claro, confirmado por un periódico y por una panadera. No me había inventado los malos tratos, ni los doce años de miedo, ni las gafas de sol en enero. Y ahora tenía un nombre nuevo, Edurne Lasa, un nombre que mi cabeza no podía haber fabricado de la nada porque no figuraba en ningún titular, porque no estaba en la noticia que había leído la víspera, porque era información que yo objetivamente no poseía. La mujer. La viuda. La sombra que salía a comprar pan tapándose los moratones.

Intenté pensar como la profesional que se supone que soy, ordenar el caos con las herramientas que sé usar.

Una parte de mí, la parte entrenada, la fría, insistía con una lógica impecable: nada de esto demuestra que Sara Vidal sea real. Demuestra que la historia que Sara te contó tiene una base real, que es algo completamente distinto. Una alucinación compleja, una construcción psicótica elaborada, no fabrica sus materiales de la nada; los toma de lo que el sujeto ha visto, leído, oído, aunque no lo recuerde. Pudiste conocer el nombre de Edurne Lasa en algún momento. En una conversación olvidada. En un comentario al pie de la noticia. En cualquier rincón de esas tres semanas en blanco. Tu cerebro lo guardó sin que tú lo supieras, y ahora te lo devuelve disfrazado de revelación, vestido con un abrigo color arena, para hacerte creer que Sara existe, porque tú necesitas desesperadamente que exista, porque la alternativa es aceptar que estás enferma.

Pero había otra parte de mí, más callada y más nueva, que había empezado a hacerse una pregunta distinta. No si Sara era real o no. Sino algo más incómodo: por qué, de toda la gente que poblaba aquella historia, mi cabeza, si es que se lo había inventado, había elegido construir precisamente a la asesina. Por qué no me visitaba el fantasma de la víctima pidiendo justicia, como en las historias de toda la vida. Por qué no se me aparecía Tomás Herrán reclamando que alguien pagara por su muerte. Me visitaba la mujer que lo había metido en el agua. Y me sonreía. Y me decía que yo era la que mejor la iba a entender.

¿Qué había dentro de mí que respondía a esa llamada? ¿Qué clase de persona inventa a una asesina y siente, en lugar de horror, una especie de reconocimiento?

Saqué el móvil. Busqué «Edurne Lasa San Sebastián». No salió gran cosa: homónimas, perfiles de redes que no eran ella, ruido. Busqué en las páginas blancas, en los viejos directorios. Había tres Edurne Lasa registradas en Guipúzcoa a lo largo de los años. Una de ellas, según una ficha de empresa archivada que encontré en una de esas webs que cachean registros mercantiles antiguos, había figurado tiempo atrás como titular de una mercería en la calle Loiola, en pleno centro de Donostia, a un paso de la Parte Vieja.

Una mercería. Botones, lanas, cremalleras. Me costó encajar esa imagen apacible con la sombra de moratones que me había descrito Begoña. Pero la gente es muchas cosas a la vez. Una mujer maltratada en casa puede vender botones por las mañanas con una sonrisa. La vida no tiene la decencia de ser coherente.

Apunté la dirección en el móvil.

Y entonces, mientras me lo guardaba en el bolsillo del abrigo, una sombra se sentó a mi lado en el banco. No la había oído llegar. Nunca la oía llegar; aparecía, sin más, como aparecen las cosas en los sueños, ya instaladas, con la naturalidad de lo que ha estado siempre ahí.

—Te dije que lo entenderías —dijo Sara, mirando el río en lugar de mirarme a mí—. Pero todavía no has entendido lo importante.

No me volví hacia ella. Tenía miedo de que, si me volvía, no hubiera nadie. Y tenía más miedo todavía de que sí lo hubiera.

—¿Y qué es lo importante? —pregunté al agua que pasaba.

—Que vas a ir a buscar a Edurne. —Su voz era tranquila, casi amable—. Y que cuando la tengas delante, vas a descubrir cuál de las dos miente. Si yo, que te digo que lo maté. O ella, que le juró a la Ertzaintza que aquella noche estaba durmiendo en su cama.

Por fin me volví.

El banco estaba vacío a mi lado. Solo el hierro mojado, y un poco más allá una bolsa de plástico arrastrada por el viento, y el rumor constante del Urumea bajando hacia la ciudad. Pero en el aire, justo donde había estado sentada, quedaba suspendido un rastro de almizcle barato que ya empezaba a conocer demasiado bien, y que tardó en disolverse lo que tarda un perfume real, no un perfume soñado.

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Aquella noche, en casa, hice algo de lo que todavía me avergüenzo: sospeché de Marta.

Fue la desesperación, supongo, la misma que me había empujado hacia el fantasma de Andoni Herrán. Si necesitaba un culpable de carne y hueso, alguien que estuviera montándome aquella función, ¿quién tenía mejor acceso a mi consulta que la mujer que la gobernaba? Marta tenía llaves. Marta controlaba la agenda, las citas, quién entraba y quién no. Marta había sido la única testigo de que Sara no existía, y ¿no es siempre el testigo único el primer sospechoso en cualquier novela? Si Marta mentía, si por alguna razón que se me escapaba Marta estaba metiendo a alguien en la consulta y luego jurando que no había entrado nadie, entonces yo no estaba loca. Volvía a tener un enemigo con cara.

Le di vueltas durante una noche entera. Reconstruí seis años de pequeños gestos buscándoles un doble fondo. Aquella vez que llegó tarde sin explicación. Aquella llamada que colgó deprisa cuando entré. La forma en que a veces me miraba, que yo siempre había tomado por cariño y que ahora, torturada, reinterpretaba como lástima, o algo peor.

A la mañana siguiente, avergonzada de mí misma pero incapaz de parar, hice una prueba miserable. Le pregunté a Marta, como quien no quiere la cosa, si le importaría darme una copia de todas las llaves de la consulta, que quería tener un juego completo en casa. Y Marta, sin un segundo de duda, sin una sombra en la cara, se sacó su llavero del bolsillo, lo dejó entero sobre mi mesa y me dijo: «Quédatelas todas si quieres, hija, que yo entro cuando tú me abras. Faltaría más.» Y siguió a lo suyo.

No era la respuesta de quien esconde algo. Era la respuesta de quien no tiene nada que esconder y ni siquiera concibe que puedas pensarlo. Me sentí sucia. Recogí su llavero, se lo devolví, le dije que era una tontería, que no hacía falta. Ella se encogió de hombros y me trajo un café sin que se lo pidiera.

Marta no mentía. Marta nunca me había mentido. Esa era justamente la pieza más terrible del rompecabezas, la que yo me negaba a aceptar porque me dejaba sin enemigos de fuera: si Marta decía la verdad, y Sara existía, y yo no estaba loca, entonces solo quedaba una explicación, y esa explicación vivía dentro de mi propia cabeza. O en la mano de alguien a quien yo todavía no había aprendido a temer.