La Sesión Trece 9
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Se llamaba Begoña, tenía sesenta y tantos años y unas manos de amasar pan que llevaban décadas haciendo el mismo gesto, anchas, fuertes, con los nudillos marcados y harina seca en los pliegues. Cuando le expliqué que era psicóloga —y no mentí, solo me guardé la mitad de la verdad, que es la forma más limpia de mentir— y que estaba ayudando a una persona relacionada con aquella vieja historia, algo cambió en su cara. La desconfianza no se fue del todo, pero se hizo a un lado para dejar sitio a otra cosa, a unas ganas viejas de hablar de algo que llevaba mucho tiempo guardado.

Bajó la voz, miró hacia la puerta como si temiera que entrara alguien, y salió de detrás del mostrador colgando del clavo el cartelito de cartón que ponía «vuelvo enseguida», escrito a mano y descolorido por los años.

Nos sentamos a una mesa al fondo del local, de esas mesas de formica con el borde de aluminio que sobreviven a todo, a las modas y a las reformas y a las generaciones. Olía a pan y a café de puchero. Begoña se limpió las manos en el delantal antes de apoyarlas sobre la mesa, un gesto pudoroso, como si fuera a contarme algo que requería las manos limpias.

—A Tomás lo conocía todo el barrio —empezó—. Y todo el barrio sabía lo que pasaba en aquella casa. Esa es la parte que a una le quita el sueño todavía, ¿sabe? Que se sabía. No es que se sospechara, no. Se sabía. Se oía. Las paredes de esos bloques de los sesenta son de papel, los gritos pasan de un piso a otro, sin tabique que valga. Las noches malas las oíamos hasta los de la acera de enfrente. —Negó con la cabeza, despacio—. Y nadie hizo nada. Yo la primera. Una se dice que no es asunto suyo, que en las cosas de un matrimonio no se mete nadie, que ya son mayorcitos, todas esas cosas que nos decimos para poder seguir durmiendo por las noches. Mentiras que se gasta una para no tener que hacer nada.

—¿Y ella? —pregunté con cuidado, sin querer empujar demasiado—. La mujer.

—Edurne. —Begoña suspiró, y al pronunciar el nombre la voz se le ablandó—. Edurne Lasa. Una santa, esa mujer. Una santa de verdad, de las que ya no quedan. Entró en esa casa con veintipocos años, recién casada, guapísima, con una melena que le llegaba a la cintura, y de allí salió convertida en una sombra. Doce años, o trece, perdí la cuenta. Él bebía. Empezó a beber pronto y ya no paró. Perdía los trabajos uno detrás de otro, y lo que no perdía en el bar lo perdía con ella, a base de mala leche. —Hizo una pausa, y bajó aún más la voz—. Hubo inviernos en que venía aquí a por el pan con gafas de sol. En enero, ¿me entiende? Con gafas de sol en enero, en Martutene, donde no ve usted el sol de octubre a abril. Y yo le cobraba el pan, le daba el cambio, le decía buenos días Edurne, y miraba para otro lado. Que Dios me perdone, porque yo no me lo perdono.

Yo escuchaba con el corazón a mil por hora, y por una razón que no tenía nada que ver con la compasión, aunque también la sentía. Edurne Lasa. Un nombre. Un nombre nuevo, un nombre que Sara no me había dado en ningún momento de su confesión, ni en la consulta ni en la sala de espera. Sara me había hablado de la mujer maltratada, sí, pero nunca le había puesto nombre. Y ahora una panadera de Martutene me lo entregaba en bandeja: Edurne Lasa. Si yo me estaba inventando toda esta historia, si Sara era una construcción de mi cerebro enfermo, ¿de dónde demonios salía Edurne Lasa? Yo no puedo inventar lo que no sé. Una alucinación no te da información que tú no posees. Es la regla de oro, la que se lo había explicado a Lucía, la que hacía que toda la teoría de la enfermedad se tambaleara. Aquel nombre que yo no conocía era una prueba. La primera prueba de que había algo ahí fuera, en el mundo, y no solo dentro de mi cabeza.

—¿Y cuándo él desapareció? —pregunté—. ¿Qué pasó en el barrio?

Begoña me miró largamente, calibrando, midiendo otra vez cuánto le convenía contar a aquella desconocida que preguntaba demasiado.

—Cuando él desapareció —dijo al fin—, el barrio respiró. Así de claro se lo digo, y mire que suena fatal decirlo, pero es la verdad y a mis años ya no voy a andar maquillándola. Respiramos todos. Como cuando se va una tormenta que llevaba días encima. Y cuando lo encontraron meses después en el pantano de Añarbe, hubo quien lo dijo en voz alta, aquí mismo, esperando el pan: que el monte hace a veces la justicia que no hacen los hombres ni los jueces. La Ertzaintza vino, claro. Preguntó, miró, tomó nota. Pero no apretaron mucho, no se crea. Un hombre con su historial, con sus antecedentes, borracho, que aparece ahogado. Accidente, dijeron. O a lo mejor se tiró él, vaya usted a saber. Se cayó al agua una noche que iba cargado, se ahogó, y aquí paz y después gloria. Caso cerrado en dos patadas. —Se inclinó sobre la formica, y la madera crujió—. Pero yo le voy a contar una cosa que a la Ertzaintza no le conté, porque no me lo preguntaron y porque una, a estas alturas de la vida, ya ha aprendido a quién se le cuentan las cosas y a quién no.

Acercó su cara a la mía. Olía a levadura y a colonia barata.

—Tomás Herrán le tenía pánico al agua. Pánico. De toda la vida. No se metía ni en la playa en agosto, se quedaba en la arena con los zapatos puestos mientras los demás se bañaban. Le daba un terror de niño chico, de esos que no se curan. —Se echó hacia atrás, satisfecha del efecto—. Así que dígame usted: ¿qué hacía un hombre que le tiene pánico al agua, de noche cerrada, subido en el monte, a kilómetros de su casa, en la orilla de un embalse al que no se llega andando si no es porque alguien te lleva o porque vas tú queriendo? ¿Eh? ¿Qué hacía allí?

No supe qué contestar. Pero la pregunta de Begoña se me quedó clavada, porque era exactamente la pregunta correcta, la que la Ertzaintza no se había molestado en hacer, la que cambiaba un accidente por otra cosa.