La Sesión Trece 8
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No fui a la consulta al día siguiente.

Llamé a Marta a primera hora y le pedí que anulara mis citas, que me había surgido un imprevisto, que ya la avisaría. No me preguntó nada. Marta lleva seis años aprendiendo a no preguntarme según qué cosas, y aquella mañana mi voz debía de traer escrita la advertencia, porque solo dijo «yo me encargo, tú cuídate» y colgó con esa delicadeza suya que nunca le agradeceré bastante.

Lo que hice en lugar de trabajar fue coger el coche y conducir hasta Martutene.

Sé perfectamente cómo suena. Una psicóloga que sospecha estar perdiendo el contacto con la realidad y que, en vez de encerrarse en casa, llamar a su psiquiatra y pedir ayuda, decide irse a investigar si el hombre que su paciente imaginaria dice haber asesinado existió de verdad. Es exactamente el tipo de comportamiento que yo le señalaría a un paciente como una bandera roja. Pero es que esa era justamente la cuestión, el clavo ardiendo al que me agarraba. Si Tomás Herrán había existido como persona de carne y hueso, si había vivido en una calle concreta de un barrio concreto con una mujer concreta, entonces yo no me lo había inventado del todo. Y si no me lo había inventado del todo, quedaba una rendija, una grieta minúscula en el muro liso de mi locura, por la que Sara Vidal podía volver a colarse en el mundo de las cosas reales. Por la que yo podía volver a colarme en el mundo de la gente cuerda.

Necesitaba esa rendija más de lo que estaba dispuesta a admitirme a mí misma.

Martutene es la última cosa que es San Sebastián antes de dejar de serlo. Si coges el coche y remontas el valle del Urumea hacia el sur, dejando atrás el centro turístico, la playa, los edificios bonitos, llegas a un barrio largo y estrecho encajonado entre el río y la falda del monte, con la cárcel a un lado y los talleres y polígonos al otro, y bloques de viviendas de los años sesenta que en su día fueron la esperanza de toda la gente que bajó de los pueblos a trabajar en la industria. No tiene playa. No tiene postal. No sale en las guías ni en los reportajes sobre la mejor ciudad del mundo para comer pintxos. Es el San Sebastián que se queda fuera del encuadre, el de la gente que limpia los hoteles donde duermen los que vienen a fotografiar la Concha. Y precisamente por eso, mientras aparcaba cerca del frontón y bajaba del coche bajo una llovizna fina, me pareció el lugar más real de toda la ciudad. El único sitio donde una historia como la de Tomás Herrán podía haber ocurrido de verdad.

No tenía una dirección. Tenía un nombre, un oficio y un barrio, que es bastante más de lo que parece cuando uno se decide en serio a tirar del hilo. La gente cree que para encontrar a alguien hace falta una dirección, y no. En los barrios de verdad, en los que todavía son barrios, basta con preguntar.

Entré en la primera panadería que encontré, una de esas de toda la vida, con el escaparate empañado por el vaho del horno y un olor a pan caliente que me recordó que no había desayunado. Compré un cruasán que no pensaba comerme, por tener una excusa, y mientras la mujer del mostrador me daba el cambio, solté con el tono más casual que pude fabricar:

—Oiga, perdone una cosa. ¿Usted de casualidad conocía a un hombre que vivía por aquí, Tomás Herrán? Trabajaba en un taller, creo.

La mujer se quedó muy quieta, con las monedas del cambio en la palma de la mano, a medio camino de la mía.

Me miró. Una mirada larga, evaluadora, recelosa, la mirada con que en los barrios pequeños se examina al forastero que pregunta lo que no debe.

—¿Quién pregunta? —dijo.

Y en esa pregunta, en el recelo con que la hizo, en cómo el nombre de Tomás Herrán había bastado para borrarle de la cara la amabilidad rutinaria del comercio, supe dos cosas a la vez, igual que el primer día en la consulta.

Supe que Tomás Herrán había existido, sin ninguna duda.

Y supe que en Martutene, año y medio después de que apareciera flotando en el embalse de Añarbe, todavía daba miedo pronunciar su nombre en voz alta.