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Volví a la consulta con la conversación dándome vueltas en la cabeza, y pasé la tarde a medio gas, escuchando a mis pacientes con una parte del cerebro mientras la otra seguía en Añarbe, en el agua negra de aquella foto.
Atendí a Ignacio Sáez y su divorcio, que después de año y medio había entrado en la fase en que el dolor se transforma en una rabia más manejable. Atendí a una chica joven con ataques de pánico que mejoraba despacio.
Y atendí, entre los dos, a una paciente nueva, una mujer de mi edad que venía derivada por su médico de cabecera y que se sentó en la butaca con la desconfianza de quien ha aprendido a no fiarse de nadie. Tardó media sesión en soltar lo que la traía: que su pareja, decía, la estaba volviendo loca. No con gritos. Con algo peor. Le cambiaba los recuerdos. Le decía que las cosas no habían pasado como ella creía, que se confundía, que estaba mal, que necesitaba ayuda. Le escondía las llaves y luego le decía que las había perdido ella. La corregía con dulzura delante de los demás. «Cariño, eso no fue así, ya sabes cómo eres.» Y ella había empezado a creerle. Había empezado a dudar de su propia cabeza, a apuntar las cosas para comprobar después si habían pasado de verdad, a sentir que se estaba volviendo, en efecto, loca.
—Tiene un nombre, lo que me describe —le dije, con mi voz más serena, esa que tardé años en construir—. Se llama luz de gas. No está usted perdiendo la cabeza. Hay alguien haciéndole creer que la pierde. Y son cosas muy distintas, aunque por dentro se sientan igual. La primera es una enfermedad. La segunda es un crimen.
La mujer se echó a llorar de alivio, ese llanto de quien por fin oye que no está loco. Y yo le tendí la caja de pañuelos y le expliqué, con paciencia, con seguridad profesional, cómo reconocer a alguien que te reescribe la realidad: que empieza siempre por aislarte, que se disfraza de quien más te cuida, que te enseña a desconfiar de ti misma para que solo confíes en él, que convierte tu memoria en el enemigo del que dice protegerte.
Se lo expliqué todo. Punto por punto. Con una lucidez de la que me sentí, lo confieso, un poco orgullosa.
Y me fui a casa, y le conté a Lucía por teléfono que había tenido una sesión difícil pero bonita, y ella me escuchó con su calma de siempre y me dijo que descansara, que no le diera más vueltas, que mi cabeza necesitaba parar.
Tardé año y medio en releer aquella sesión en mi memoria y entenderla. En comprender que había pasado una hora entera describiéndole a una desconocida, con todo detalle, con todos sus síntomas y todas sus señales, exactamente lo que me estaban haciendo a mí. Que había diagnosticado a la perfección un crimen del que yo era, en aquel mismo momento, la víctima. Que tenía el saber, tenía las palabras, tenía hasta el nombre.
Y que aun así no me vi. Porque eso es lo más perfecto del mecanismo: funciona mejor cuanto más lista eres. Te deja diagnosticar a todo el mundo menos a ti misma. Te convierte en una experta capaz de salvar a cualquiera excepto a la única persona que de verdad está en peligro.
Hice mi trabajo, o fingí hacerlo, que cuando llevas tantos años a veces es indistinguible. Y a las siete y media, cuando despedí al último paciente y Marta ya se había marchado a su casa, salí a la sala de espera a apagar las luces antes de cerrar.
Y allí estaba.
Sentada en la butaca de siempre, junto a la mesa de las revistas, con su abrigo color arena, las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos puestos en mí como quien lleva un rato largo esperando a que dejes de fingir que no lo has visto. Sara Vidal. En mi sala de espera vacía, a una hora a la que la consulta estaba cerrada, a la que Marta se había ido, a la que era materialmente imposible que nadie hubiera entrado, porque yo misma había echado el cerrojo de la puerta de la calle al salir el último paciente.
Me quedé clavada en el umbral del pasillo, con la mano todavía en el interruptor.
—Sé lo que estás pensando —dijo. Esta vez me tuteaba, como si entre la primera visita y esta hubiéramos cruzado alguna frontera de intimidad—. Estás pensando que no soy real. Que la puerta estaba cerrada. Que es imposible que esté aquí.
El corazón me latía tan fuerte que lo oía en los oídos. Pero hice lo único que sé hacer cuando el suelo se mueve: recurrí al oficio. Me comporté como me comportaría ante un paciente en crisis. No huir. No gritar. Mantener la voz baja, el cuerpo quieto, la cabeza fría. Observar.
—Si no eres real —dije, y me sorprendió lo serena que sonó mi voz, una serenidad que no sentía en absoluto—, dime una cosa. ¿Cómo es que sabes lo que estoy pensando?
Sara sonrió. Esa sonrisa que ya empezaba a conocer, la lenta, la que sabía algo de antemano.
—Por la misma razón por la que sé lo del embalse, Elena —dijo—. Por la misma razón por la que sé lo de tu hermana. —Ladeó la cabeza, despacio—. Porque tú y yo sabemos exactamente lo mismo. Ni una cosa más, ni una cosa menos. Lo que tú sabes, lo sé yo. Lo que tú no sabes, yo tampoco. Somos, en ese sentido, la misma persona.
Se levantó de la butaca con un movimiento fluido y vino hacia mí. Y aunque cada célula de mi formación me gritaba que aquello era una construcción, una proyección, un síntoma con nombre clínico y abrigo de entretiempo, no pude evitar dar un paso atrás cuando se acercó. Porque me llegó su olor. Olía a lluvia, sí, a la humedad de la calle, pero por debajo había otra cosa, un perfume, almizcle barato, dulzón y un poco rancio, el aroma exacto de un frasco comprado en una droguería de barrio.
Y las alucinaciones, me dije con un escalofrío, no huelen. La vista se puede engañar. El oído se puede engañar. Pero el olfato es el más antiguo y el más físico de los sentidos, el que va directo al fondo del cerebro sin pasar por la razón, y yo estaba oliendo a almizcle en una sala de espera vacía.
—Mañana —dijo Sara al pasar por mi lado, camino de la puerta cerrada con cerrojo por la que de algún modo iba a salir— te voy a contar cómo lo hice. Paso a paso. Y vas a entenderlo. Y cuando lo entiendas, Elena, vas a tener que decidir qué clase de persona eres tú.
Oí la puerta. No el cerrojo, que yo había echado y que seguía echado cuando lo comprobé un minuto después con dedos temblorosos. La puerta, sin más, abriéndose y cerrándose.
Me quedé sola en la sala de espera, bajo el zumbido del fluorescente, junto al potus moribundo, con el corazón desbocado y un rastro de almizcle barato suspendido en el aire que tardó mucho rato en desaparecer, mucho más del que tarda en irse el recuerdo de un olor que nunca ha existido.