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A la mañana siguiente, antes incluso de abrir la consulta, llamé a Lucía.
Lucía Arregui es psiquiatra en el Donostia, en la unidad de agudos, que es como decir que se pasa la vida en la primera línea del fuego, con los casos que a los demás nos vienen grandes.
Nos conocimos hace doce años en un curso de formación, dos mujeres jóvenes en una sala llena de hombres mayores, y nos hicimos amigas con esa rapidez con que se hacen amigas las personas que se reconocen.
Pero Lucía es, además de mi amiga, algo más difícil de nombrar: es la única que se quedó.
Cuando Clara murió y yo me deshice, cuando volví a beber y me convertí durante unos meses en alguien insoportable, alguien a quien se evita, todos los demás se fueron retirando con discreción, con buenas excusas, con ese alejamiento educado de la gente que te quiere pero no puede más.
Lucía no.
Lucía aguantó.
Me recogió, me ingresó, me visitó cada día, me sostuvo cuando salí.
Y eso la convierte en algo más complejo que una amiga: la convierte en testigo.
Hay personas que solo conocen tu mejor versión, y hay personas que conocieron tu peor versión y se quedaron de todas formas.
A las primeras les enseñas quién quieres ser.
A las segundas no les puedes mentir, porque te vieron el fondo. Y nunca sabes, con estas últimas, si lo que sienten por ti es amor o es la tranquilidad de tenerte siempre por debajo.
Después de que muriera Clara, Lucía había instaurado entre nosotras una costumbre que ella llamaba, medio en broma, «nuestras sesiones».
Nos veíamos cada pocas semanas, siempre ella pendiente de mí, siempre con la excusa del café o la cena, siempre con esa atención suya de médica disfrazada de amiga.
Yo las contaba sin querer, porque cuento las cosas, es mi manía: llevábamos doce de aquellas sesiones desde el entierro.
Doce encuentros en los que yo le abría mi cabeza y ella, paciente, me ayudaba a ordenarla, a decidir qué recordaba bien y qué no.
Doce veces que me había sentado delante de ella a contarle lo que pasaba dentro de mí.
Tardaría mucho en entender que ninguna de esas sesiones había sido lo que yo creía.
Que no eran café entre amigas.
Que eran consulta.
Y que la paciente, siempre, había sido yo.
Quedamos a media mañana en una cafetería de la calle San Marcial, en pleno centro, lejos a propósito de mi consulta y de su hospital, en ese territorio neutral donde dos profesionales de la salud mental pueden permitirse, por un rato, no serlo.
Era uno de esos locales antiguos de Donostia, con la barra de mármol y los camareros de chaleco, donde el café se sirve en taza de loza y nadie te mete prisa.
La sesión número trece, aunque yo entonces no lo sabía, sería la última.
Y no se parecería en nada a las doce anteriores.
Le conté todo.
La sesión con Sara, palabra por palabra, en la medida en que la recordaba.
La confesión.
La frialdad.
El detalle del secreto profesional.
Y luego lo de Marta, la agenda en blanco, la certeza de mi recepcionista de que nadie había entrado.
Y por fin la noticia, el embalse, la fecha del 23 de mayo, la rendija por la que Tomás Herrán había podido colarse en mi cabeza.
Lucía me escuchó sin interrumpir ni una vez, removiendo despacio un café que no llegaba a beberse, con esa cara de póker que las dos hemos perfeccionado a lo largo de los años y que, precisamente porque las dos la usamos, las dos sabemos desmontar.
Yo veía trabajar su mente de psiquiatra detrás de la quietud de su cara.
La veía tomar notas invisibles, igual que las tomo yo.
—Vale —dijo cuando terminé, dejando por fin la cucharilla en el platillo—.
Voy a hacerte unas preguntas. Pero te las voy a hacer de médica, no de amiga. Si te las hago de amiga, te voy a mentir para no asustarte, y no nos sirve. ¿Te parece?
—Para eso he venido —dije.
—¿Estás durmiendo?
—Mal. Cuatro horas, cinco con suerte.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace semanas. Un mes, puede.
—¿Pesadillas?
—No. Solo no duermo. Me despierto a las tres o las cuatro y ya no vuelvo.
Asintió, archivando el dato.
—¿Estás bebiendo?
Le sostuve la mirada, porque sé que esa pregunta no se contesta mirando la taza.
—No. No, Lucía. De verdad que no. Tres años hago en junio. Ni una gota.
Me observó un par de segundos largos, y luego asintió otra vez. Me creía. O al menos quería creerme, que en nuestra relación, tan marcada por lo que pasó, es a veces lo más parecido al cariño que nos podemos permitir.
—¿Y la medicación? —preguntó.
Y ahí dudé. Fue solo un instante, una fracción de segundo en que aparté los ojos hacia la ventana, hacia la gente que pasaba por San Marcial con sus paraguas. Pero Lucía lo vio, porque Lucía lo ve todo, porque leer micropausas es su oficio tanto como el mío.
—La dejé —admití.
—¿Cuándo?
—En verano. Me encontraba bien. Llevaba meses estable, durmiendo, trabajando, sin antojos. Pensé que ya no la necesitaba. Pensé que era un buen momento para soltar esa muleta también.
—La dejaste de golpe.
—La fui bajando.
—¿Cuánto tiempo tardaste en bajarla?
Tragué saliva.
—Una semana.
Lucía cerró los ojos un segundo. Es un gesto suyo, contar hasta tres por dentro para no soltar lo primero que le sube, una forma de elegancia profesional que aplica conmigo igual que con sus pacientes. Cuando los abrió, su voz era muy suave, y precisamente por eso, más grave.
—Elena. Eres psicóloga. Llevas once años trabajando codo con codo con psiquiatras. Sabes, mejor que la inmensa mayoría de la gente, que esa medicación concreta, la tuya, no se retira en una semana. Sabes lo que es un síndrome de discontinuación. Se lo has explicado tú a pacientes. Y sabes también que el cerebro, cuando le quitas de golpe ese suelo químico que llevaba años sosteniéndolo, después de un duelo que tú y yo sabemos que nunca cerraste bien, con privación de sueño acumulada, y con tu historial, con tu vulnerabilidad concreta, puede empezar a hacer cosas raras. No te estoy diciendo que te hayas vuelto loca. No es eso. Te estoy diciendo que tu cerebro está en condiciones de fabricar fenómenos perceptivos. Y un fenómeno perceptivo es exactamente lo que me estás describiendo.
—Una mujer entera, Lucía. —Me incliné sobre la mesa—. No una sombra, no una voz, no una sensación. Una mujer completa, sentada en mi butaca durante cincuenta minutos, con un abrigo color arena, con las uñas mordidas, con un nombre y dos apellidos, contándome una historia con fechas y con una autopsia. ¿Eso te cabe en un síndrome de discontinuación?
—Te voy a decir una cosa, y quiero que la pienses bien antes de rechazarla. —Apoyó los dos codos en la mesa de mármol—. Tu cabeza es una de las mejores que conozco. Lo digo en serio, sin halago. Eres brillante, observadora, tienes una memoria para los detalles humanos que a mí me da envidia. Y por eso mismo, si tu cabeza decide construir a alguien, no te va a construir una sombra borrosa que se deshaga al mirarla. Te va a construir a una persona completa, coherente, verosímil hasta el último detalle. Te va a poner argumentos jurídicos sobre el secreto profesional, porque tú sabes de secreto profesional. Te va a dar uñas mordidas, porque tú reconoces esas uñas. Te va a construir, Elena, exactamente a la paciente que tú, precisamente tú, con tu formación y tu historia, serías incapaz de ignorar o de echar de la consulta. Una mensajera diseñada a tu medida. Tu propio cerebro es el guionista más astuto que vas a encontrar nunca, porque te conoce desde dentro.
Me quedé mirando mi café, que también se había quedado frío sin que me lo bebiera. Era una explicación impecable. Era, de hecho, la explicación que yo misma le habría dado a un paciente en mi lugar. Y sin embargo había algo en ella que no terminaba de encajar, una astilla.
—Hay una cosa más que dijo —murmuré—. Al final. Antes de irse.
—¿Qué dijo?
—Que yo era la persona que mejor la iba a entender. De toda la ciudad. Que por eso había venido a mí.
Lucía no respondió enseguida. Cogió la cucharilla otra vez, le dio una vuelta al café, la volvió a dejar. Y cuando habló, lo hizo despacio, eligiendo cada palabra, y yo entonces creí que esa cautela era ternura.
—¿Y no se te ha ocurrido pensar —dijo— por qué una parte de ti necesitaría inventar precisamente a esa mujer? A una mujer que mató, con sus propias manos, al hombre que la maltrató durante doce años. A una mujer que hizo lo que la justicia no hizo. Y por qué esa mujer vendría a contártelo a ti, justo a ti, que llevas año y medio sin poder perdonarte algo relacionado con tu hermana que ni siquiera eres capaz de nombrar en voz alta. —Me miró con una suavidad que entonces me pareció el colmo del cuidado—. Yo no creo que hayas visto a una asesina, Elena. Creo que tu cabeza te ha enviado un mensaje. Y creo que deberías preguntarte de quién es de verdad esa confesión que dices haber escuchado.
No supe qué contestar. Porque tocaba, sin saberlo del todo, el centro exacto de lo que yo más temía. Y porque no le había contado nunca a Lucía la verdad sobre cómo murió Clara. No del todo. No la parte que importaba de verdad.