La Sesión Trece 5
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El primer resultado era de un periódico local, de la edición digital del Diario Vasco, fechado en mayo del año pasado.

«Hallan el cuerpo de un hombre desaparecido en el embalse de Añarbe.» El titular ocupaba media pantalla, sobrio, sin sensacionalismo, de esos que la prensa reserva para los sucesos que no dan para más de tres párrafos.

La foto que lo acompañaba mostraba una lámina de agua oscura, casi negra bajo un cielo encapotado, cercada por laderas de monte cerrado, y en mitad del encuadre una embarcación pequeña de la Ertzaintza con dos figuras de uniforme inclinadas sobre la borda.

Reconocí el lugar sin haber estado nunca: esa clase de paisaje del interior de Guipúzcoa que no sale en las postales, verde y húmedo y solitario, hermoso de una manera que pone la piel de gallina.

El texto era breve, administrativo, y decía casi con las mismas palabras lo que Sara me había contado tres horas antes en mi consulta.

Varón de cuarenta y seis años, vecino de Martutene, desaparecido desde el mes de marzo.

Cuerpo localizado por los técnicos de la presa durante unas labores de mantenimiento.

Identificado por la familia.

Sin signos aparentes de violencia.

Investigación abierta a la espera del resultado de la autopsia. Nada más. Cuatro líneas para resumir el final de una vida, la clase de obituario involuntario que recibe la gente que el mundo prefiere olvidar deprisa.

No mencionaba malos tratos.

No mencionaba a la mujer, a Edurne, a los doce años de miedo.

No mencionaba nada de la historia que Sara me había narrado con tanto detalle, con tanta carne, con tanta rabia contenida.

La noticia era el esqueleto pelado de los hechos; lo que Sara me había contado era el cuerpo entero, con sus vísceras y su sangre.

Pero la noticia existía.

El hombre existía.

El embalse existía.

Tomás Herrán había sido una persona real que había vivido en Martutene y había aparecido muerto en el agua de Añarbe, y eso lo confirmaba un periódico, no mi cabeza.

Sentí un alivio absurdo, casi infantil, el alivio del niño que enciende la luz y comprueba que el monstruo del armario era el albornoz colgado.

Si la noticia existía, razoné con una lógica desesperada, entonces Sara también existía en algún sentido, porque ¿de dónde, si no, iba yo a haber sacado esos datos tan precisos? Yo no leo la sección de sucesos.

No sigo las desapariciones de la provincia.

No tenía ningún motivo, ninguna razón concebible, para conocer la historia de un mecánico maltratador ahogado en un pantano.

Si lo sabía, era porque alguien me lo había contado.

Y si alguien me lo había contado, ese alguien era real.

Hasta que vi la fecha de la noticia, arriba, junto al titular, y se me cerró la garganta como si una mano me apretara por dentro.

23 de mayo del año pasado.

Me quedé mirando esos números en la pantalla hasta que se volvieron borrosos.

El 23 de mayo del año pasado fue el peor día de mi vida. No uno de los peores: el peor.

Fue el día en que enterré a mi hermana Clara en el cementerio de Polloe, bajo una lluvia igual que la de hoy, rodeada de gente cuyas caras no consigo recordar.

Y fue el día a partir del cual empieza el agujero.

Porque de ese día, y de las casi tres semanas que lo siguieron, no recuerdo nada.

Nada en absoluto.

Es la zona muerta de mi biografía, un territorio que mi memoria, por la razón que sea, decidió no cartografiar.

Lo que sé de esas tres semanas no lo sé porque lo recuerde, sino porque me lo han contado, a regañadientes y a trozos, las pocas personas que se quedaron cerca: que dejé de comer, que no contestaba al teléfono durante días, que desconecté el telefonillo, que una noche aparecí en el portal de Lucía a las cuatro de la madrugada empapada y descalza sin saber explicar cómo había llegado hasta allí.

Que volví a beber después de dos años seca, de golpe, con una violencia de la que solo es capaz quien lleva mucho tiempo conteniéndose.

Que bebí sin parar, sola, hasta que el cuerpo dijo basta, y que acabé tres días ingresada en el Hospital Universitario Donostia con el hígado pidiendo clemencia y un cuadro de intoxicación que estuvo más cerca de matarme de lo que nadie me ha dicho nunca a la cara.

No recuerdo el entierro.

No recuerdo el ingreso.

No recuerdo haber bebido, ni dónde, ni con quién.

Tres semanas borradas, como una cinta encima de la cual se ha grabado silencio.

Pero aquí está la cuestión, la que me mantuvo despierta el resto de la noche con el portátil iluminándome la cara en la cocina a oscuras: mis ojos sí veían durante esas tres semanas.

Mi memoria consciente no guardaba nada, pero yo seguía teniendo ojos, y oídos, y un cerebro que, por muy anegado en alcohol que estuviera, seguía registrando el mundo.

Vi cosas en esas semanas aunque no las recuerde.

Pasé por delante de quioscos.

Estuve ingresada en un hospital con televisores encendidos en las salas de espera.

Crucé la ciudad de noche, descalza, sin rumbo.

Y el 23 de mayo, el mismo día del entierro, esa noticia sobre Tomás Herrán se publicó y circuló por San Sebastián, en papel y en pantallas, al alcance de unos ojos que veían aunque la dueña de esos ojos estuviera ausente de sí misma.

Tomás Herrán pudo entrar en mí ese día.

Por una rendija.

Sin que yo lo supiera.

Porque la memoria no es una caja fuerte, aunque nos guste creerlo.

Es una casa con las ventanas mal cerradas, y de noche, cuando duermes, entra y sale por ellas gente que ni sabías que conocías.

Y esperar dentro, en la oscuridad de lo que no recordaba, durante un año y medio.

Hasta encontrar la forma de salir.