La Sesión Trece 4
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Esa noche no dormí, y el no dormir tuvo, por primera vez en mucho tiempo, una cualidad distinta: no era el insomnio de costumbre, el de dar vueltas a facturas y a recuerdos, sino el insomnio afilado de quien tiene un problema concreto y urgente que la razón no consigue resolver.

Vivo sola en un piso de la calle San Bartolomé, en la falda del monte que sube hacia Aiete, un cuarto sin ascensor que elegí hace cuatro años por un motivo que a la gente le parece excéntrico cuando lo cuento, así que no lo cuento: lo elegí precisamente porque no tiene ascensor.

Porque las escaleras, cuatro tramos, treinta y dos escalones, me obligan a llegar a casa por mi propio pie y en condiciones de subirlos.

Es una de mis reglas.

Una de las muchas reglas con que sostengo el edificio frágil de mi sobriedad.

La gente que no ha tenido un problema con la bebida no entiende hasta qué punto la vida de quien sí lo ha tenido se convierte en una arquitectura de reglas pequeñas, de barandillas invisibles, de normas que parecen manías y que en realidad son los cables que sujetan el puente.

No bebas en casa.

No tengas alcohol en casa.

No vuelvas a casa sin poder subir las escaleras.

No quedes en sitios donde solo se va a beber.

Llama a Lucía si la cosa aprieta.

Reglas.

Vivimos de reglas, los que vivimos de milagro.

En mi ficha, si alguien la escribiera con sinceridad, pondría: «paciente con excelente comprensión teórica de su trastorno y nula capacidad de aplicarla a sí misma». Es el chiste más viejo de mi profesión. Somos los que mejor sabemos por qué nos hundimos, mientras nos hundimos. Conocer el nombre de lo que te mata no es lo mismo que saber esquivarlo; si lo fuera, ningún médico se moriría nunca.

Me preparé una infusión que no me apetecía, una de esas de poleo y regaliz que sabe a botica, y me senté con ella en la mesa de la cocina, bajo el fluorescente que parpadea desde que me mudé y que nunca he arreglado, a hacer lo que sé hacer: analizar.

Coger el problema, abrirlo, mirarle las tripas.

Es lo que hago con los pacientes y lo que rara vez consigo hacer conmigo misma, pero esa noche no tenía elección.

Ordené las posibilidades como quien ordena cartas sobre la mesa.

Opción uno: Sara Vidal existía y Marta no la había visto entrar. Improbable hasta lo imposible. La consulta es pequeña, un pasillo recto que va de la puerta de la calle a mi despacho, pasando obligatoriamente por delante de la mesa de Marta y de la sala de espera. No hay otra entrada. No hay forma de llegar a mi butaca sin cruzar el campo de visión de mi recepcionista. Para que esa opción fuera cierta, Marta tendría que haberse ausentado en el momento exacto, no haber oído nada en cincuenta minutos, y luego mentirme a la cara jurando por sus hijos. Conozco a Marta. Esa cadena de improbabilidades no se sostenía.

Opción dos: Sara existía, había entrado por algún otro sitio, y había una explicación racional que se me escapaba. Pero no hay otro sitio. Esa misma tarde, entre paciente y paciente, recorrí mi propia consulta como una intrusa, buscando lo que sabía que no iba a encontrar. La ventana del despacho da a un patio interior con reja, sellada. La supuesta puerta de servicio que figura en el plano del local está clausurada y tapiada desde antes de que yo alquilara, con la pintura corrida por encima de las junturas. No había manera. Nadie entró por una vía secreta porque no hay vía secreta.

Opción tres.

La opción tres era la que llevaba todo el día rondándome y la que había dejado para el final, como se deja para el final la factura que sabes que no puedes pagar, la llamada que no quieres hacer, el bulto que no quieres tocarte.

La opción tres era que Sara Vidal no había estado nunca en mi despacho. Que yo había pasado cincuenta minutos hablando sola, gesticulando hacia una butaca vacía, escuchando una voz que no salía de ninguna garganta. Que mi cabeza, después de cuatro años de mantenerse en pie a fuerza de reglas y barandillas, había empezado por fin a hacer aquello que yo más temía en el mundo, más que beber, más que morirme: a fabricar. A inventar. A poblar la realidad de cosas que no están.

Conozco la palabra clínica, claro. La he escrito en informes, la he explicado a familiares asustados con voz tranquilizadora. Alucinación. Y sé que no es la palabra de los locos de las películas, los que hablan con personas invisibles en la esquina de una calle. La alucinación es un fenómeno mucho más educado, mucho más frecuente y cotidiano de lo que la gente cree. Aparece en el duelo, cuando la viuda oye la llave del marido en la cerradura a la hora de siempre. Aparece en el agotamiento extremo, en la fiebre, en la privación de sueño, en la abstinencia, en mil pliegues de la mente perfectamente sana. El insomne que ve una figura a los pies de la cama. El montañero exhausto que siente a un compañero caminando a su lado. No estás loco. Tu cerebro, sencillamente, rellena un hueco con algo que para él es tan real como la pared, porque la realidad no es lo que hay ahí fuera, sino lo que tu cerebro decide construir con las señales que recibe, y a veces construye de más.

Pero las alucinaciones no se sientan en una butaca durante cincuenta minutos. No mantienen una conversación coherente. No te dan una fecha exacta, un nombre y dos apellidos, un barrio, un oficio, un embalse en el alto Urumea con su nombre propio. No conocen los límites legales del secreto profesional. No se documentan.

A menos que el material ya estuviera dentro de ti.

Me levanté a por un vaso de agua y, al abrir el armario de la cocina, noté algo que no supe nombrar: las tazas estaban cambiadas de sitio. No mucho. La verde, que yo siempre dejo a la izquierda, estaba a la derecha. Una tontería. Vivo sola, nadie toca mi cocina, y esas cosas las hace una sin darse cuenta, en automático, mil veces. Me lo dije así, «lo habré hecho yo», que es lo que nos decimos siempre de los pequeños desórdenes que no recordamos haber causado. Cerré el armario sin pensarlo más.

No volví a acordarme de aquellas tazas hasta mucho después, cuando ya era tarde, cuando ya había aprendido que una mujer que vive sola y que pierde semanas enteras de su memoria no debería dar por sentado, nunca, que es ella la única que ha estado en su casa.

Apagué la infusión sin habérmela bebido, viendo cómo se enfriaba con una nata fina en la superficie. Saqué el portátil. Lo abrí sobre la mesa de la cocina, con el fluorescente parpadeando encima, y en el buscador, con dedos que no me temblaban del todo, escribí cuatro palabras: «Tomás Herrán Añarbe Urumea».

Y le di a buscar, sabiendo de algún modo, ya entonces, que lo que apareciera en la pantalla iba a partir mi vida en un antes y un después.