La Sesión Trece 3
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Cuando se fue, me quedé sentada un rato largo con la libreta en blanco sobre las rodillas, escuchando cómo la lluvia seguía cayendo sobre Gros y el reloj barato marcaba los minutos.

No había escrito nada. Ni una palabra. Y eso, por insignificante que parezca, me inquietó casi tanto como la confesión, porque en once años de profesión jamás había terminado una primera visita sin tomar notas. Las notas son mi oficio, mi memoria, mi mapa. Escribo durante toda la sesión, casi sin mirar el papel, frases sueltas, palabras clave, el gesto que hizo el paciente al nombrar a su padre, el silencio que se hizo demasiado largo. Y aquella mañana la página seguía vacía, como si una parte de mí hubiera decidido que de aquello no convenía dejar rastro.

Lo achaqué a la impresión. Me dije que era normal, que cualquiera se queda en blanco ante una confesión de asesinato. Y era cierto que había escuchado cosas duras antes. La mujer que dejó morir a su madre, retrasando a propósito la llamada a urgencias mientras la veía apagarse, y que vino a verme veinte años después con esa losa encima. El hombre que atropelló a alguien una noche de niebla en la N-1 y siguió conduciendo, y que llevaba media vida frenando en seco cada vez que un bulto aparecía en el arcén. Había recibido confesiones terribles. Pero ninguna formulada con aquella frialdad de informe policial, con fechas, lugares, una autopsia, una cronología. Las confesiones de verdad salen a trompicones, entre lágrimas y rodeos. Aquella había salido limpia, ensayada, perfecta.

Y lo que más me inquietaba no era ni siquiera el crimen. Era la última frase, que se me había quedado dentro como un anzuelo. Porque usted es la que mejor va a entenderme.

¿Qué sabía Sara Vidal de mí? ¿Qué creía saber?

Lo que cualquiera podía saber, me obligué a razonar.

Una búsqueda en internet bastaba para reunir un retrato decente: doctora Elena Sanz, psicóloga clínica, número de colegiada tal, consulta privada en el barrio de Gros, a dos calles de la playa de Zurriola.

Una foto profesional de hace años, con el pelo más largo.

Un par de artículos divulgativos que publiqué en su día, cuando todavía creía que escribir sobre duelo o sobre ansiedad en un suplemento dominical servía para algo más que para alimentar mi vanidad.

Cualquiera podía componer con eso la impresión de conocerme.

Y «usted es la que mejor va a entenderme» era, probablemente, una de esas frases que la gente perturbada le dice a su terapeuta para crear una intimidad instantánea, un vínculo falso, una sensación de destino compartido.

Lo veía a menudo.

Pacientes que en la primera sesión te dicen que tú eres distinta, que tú sí los entiendes, que han probado con muchos pero que contigo es diferente. Suele ser una señal de alarma, no de cumplido.

Quizá era solo eso.

Quizá.

Salí del despacho con la excusa de estirar las piernas antes de la siguiente visita. Marta estaba recogiendo su mesa, guardando la libreta de tapas negras en el cajón, poniéndose la rebeca para bajar a comer algo.

—Oye —dije, con toda la naturalidad que pude reunir—. La de las diez. Sara Vidal. ¿Te dejó algún teléfono de contacto, una dirección, algo? Necesito abrirle ficha para la próxima.

Marta levantó la vista hacia mí, y en su cara apareció una expresión que no supe leer del todo, algo entre el desconcierto y la cautela.

—Elena —dijo despacio—. No ha venido nadie a las diez.

Me reí, una risa breve y desconcertada.

—¿Cómo que no? La has anunciado tú misma. Has asomado la cabeza por la puerta de mi despacho y has dicho «tu primera visita». Hace una hora.

—He dicho «tu primera visita» —contestó, y hablaba con el cuidado de quien camina sobre hielo fino— porque tu primera visita de hoy era Carmen Olalla, que tenía cita a las diez y media y llegó pronto, como siempre. La pobre llega media hora antes a todo. Está ahí fuera desde entonces. —Señaló con la barbilla hacia la sala de espera—. No ha entrado ninguna otra mujer. Ni a las diez ni a ninguna hora. He estado aquí sentada toda la mañana, sin moverme más que para ir un momento al baño a las nueve y media. Por aquí no ha pasado nadie que yo no haya visto.

Me volví hacia la sala de espera. Y allí, en efecto, en la butaca de siempre, junto a la mesa de las revistas, estaba Carmen Olalla, una mujer de sesenta años que llevaba dos viniendo a verme por el lento naufragio de su madre en la demencia. Al verme asomar, levantó una mano y me dedicó una sonrisa cansada de saludo.

—Marta —dije, y oí cómo mi propia voz salía rara, más aguda, con una grieta dentro—. Acabo de pasar cincuenta minutos hablando con una mujer en mi despacho. Una mujer real. Con un abrigo color arena. Se ha sentado en la butaca de enfrente. Me ha contado cosas.

Marta dejó la rebeca a medio poner. Toda la rutina de la hora de comer, todos los gestos automáticos de recoger y marcharse, se le detuvieron de golpe. Y me miró de una manera nueva, una manera que no le había visto en seis años y que tardaría tiempo en olvidar: con miedo. Con un miedo que intentaba disimular por delicadeza, por cariño, por no asustarme, y que precisamente por eso resultaba más terrible.

—Elena —dijo, muy suave, como se le habla a alguien que está de pie en una cornisa—. La puerta de tu despacho no se ha abierto en toda la mañana hasta ahora. Carmen lleva ahí fuera desde las diez menos veinte, esperando. Pregúntale a ella si quieres. No ha entrado nadie. No ha salido nadie. Te lo juro por mis hijos.

Y por la forma en que lo dijo, por la firmeza serena y asustada con que lo dijo, supe dos cosas al mismo tiempo, dos certezas que se clavaron en mí una contra otra como dos trenes.

La primera, que Marta estaba diciendo la verdad. Marta no mentía. Marta nunca me había mentido.

La segunda, que yo también decía la verdad. Yo había estado con alguien. Lo había visto, lo había oído, había sentido el frío de su sonrisa.

Y las dos cosas no podían ser ciertas a la vez. Salvo que sí pudieran. Esa noche dormí con la luz del pasillo encendida, una costumbre que no tenía desde niña.