La Sesión Trece 2
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La palabra confesar tiene un peso clínico que la mayoría de la gente desconoce.

En el lenguaje corriente, confesar es contar un secreto, admitir una travesura, reconocer que has sido tú quien se ha terminado la tarta. Pero en mi profesión, y en la de los curas, que en el fondo hacen una versión espiritual de lo mismo, confesar es otra cosa. Es entregar. Es poner en manos de otro algo que te pesa demasiado para seguir cargándolo solo, a sabiendas de que esa entrega te deja desnudo, a merced de quien recibe. La confesión es un acto de una intimidad brutal, y por eso da tanto miedo, y por eso la gente la rodea durante meses antes de atreverse, dando vueltas alrededor de lo que de verdad ha venido a decir como quien rodea un pozo del que sale frío.

Los pacientes confiesan cosas todo el rato.

Infidelidades de hace veinte años que todavía les queman.

Robos pequeños, mezquindades, el dinero que le quitaron a un hermano, la herencia que manipularon.

Deseos que les avergüenzan.

Fantasías que creen monstruosas y que casi siempre, cuando por fin las pronuncian, resultan ser de una banalidad conmovedora, las mismas tres o cuatro fantasías que tiene todo el mundo y que cada cual cree que solo se le han ocurrido a él.

Una de las primeras cosas que aprendes en esta profesión, antes que ninguna técnica, antes que ningún manual, es a recibir la confesión sin pestañear.

Porque el pestañeo del terapeuta es una condena.

Un gesto de horror, una ceja que sube, un cuerpo que se aparta medio centímetro, y el paciente lo registra aunque tú creas haberlo disimulado, y no vuelve.

Nadie vuelve al lugar donde lo han condenado.

La consulta es el único sitio del mundo donde se puede decir lo indecible sin que cambie la cara de quien te escucha, y esa neutralidad, esa quietud absoluta que se aprende a fuerza de años, es lo único que tengo de verdad que ofrecer.

Así que no pestañeé.

—Confesar —repetí, en ese tono plano y cálido a la vez que tardé años en construir, el tono que dice «sigue, aquí no pasa nada, aquí estás a salvo»—. ¿Confesar qué?

—Un asesinato.

Fuera, en la calle, un autobús frenó en la parada de la esquina con un chirrido largo de frenos mojados. Lo recuerdo con una precisión absurda, ese chirrido, porque me agarré a él, a su normalidad, a la prueba que ofrecía de que el mundo de fuera seguía funcionando con sus autobuses y su lluvia y su gente, mientras dentro de mi despacho una desconocida acababa de decir la palabra asesinato con la misma tranquilidad con que otro diría jaqueca. Mi cabeza, entrenada durante una década para no inmutarse, hizo lo que sabe hacer: se quedó muy quieta por fuera mientras por dentro trabajaba a toda velocidad, ordenando, clasificando, buscando la casilla donde meter aquello.

—Entiendo —dije.

No entendía nada. Pero «entiendo» es una palabra que no compromete y que compra tiempo, y yo necesitaba tiempo.

—No me cree —dijo ella. No sonaba ofendida. Sonaba, si acaso, levemente divertida, como quien ha anticipado tu reacción y se confirma en lo acertado de su previsión.

—No es cuestión de creer o no creer. No estoy aquí para juzgar si lo que me cuenta es verdad. Estoy aquí para escucharla. —Dejé el bolígrafo sobre la libreta, un gesto deliberado, una señal de que le daba toda mi atención—. ¿Quiere contarme a qué se refiere?

Sara Vidal se inclinó hacia delante en la butaca. Bajó la voz, aunque estábamos solas y la puerta estaba cerrada y el único testigo posible era el potus moribundo del otro lado del tabique. Ese gesto de bajar la voz para contar algo que nadie más puede oír es de los más viejos que existen, y siempre, siempre, anuncia que viene lo importante.

—El nueve de marzo del año pasado —dijo—, un hombre llamado Tomás Herrán salió de su casa en Martutene a las seis y cuarenta de la mañana para ir a trabajar. Trabajaba en un taller de la zona, en el turno de mañana, reparando furgonetas. Salió de casa, cogió su camino de siempre, y nunca llegó al taller. Su mujer denunció la desaparición tres días después. Tres días, ¿se da cuenta? No tres horas. Tres días tardó en ir a la Ertzaintza a decir que su marido no había vuelto. —Hizo una pausa, y sus ojos se clavaron en los míos—. ¿Sabe por qué tardó tanto? Porque le tenía miedo. Porque durante doce años aquel hombre le había enseñado que llamar la atención sobre él era la peor idea posible. Tardó tres días en atreverse a denunciar que su carcelero había desaparecido, porque hasta para eso le pedía permiso sin querer.

Yo no escribía. Había dejado de escribir en algún momento que no supe precisar, y la libreta seguía abierta sobre mis rodillas, en blanco, con el bolígrafo cruzado encima.

—A Tomás Herrán lo encontraron casi once semanas más tarde —continuó—, en el embalse de Añarbe. Río arriba, donde el Urumea deja de ser un río de ciudad y se mete en el monte, donde las laderas se cierran y la carretera se convierte en pista y casi no sube nadie salvo los técnicos del agua y algún pescador furtivo. El deshielo de la primavera y los desembalses movieron el fondo, y un día apareció. La autopsia dijo ahogamiento. La Ertzaintza investigó lo justo y cerró el caso como accidente, quizá suicidio. Iba bebido aquella noche, eso lo confirmó la analítica. Tenía antecedentes de todo: alcohol, peleas, una denuncia antigua que no llegó a nada. —Su voz se endureció apenas—. A nadie le importó demasiado un hombre que pegaba a su mujer y que apareció flotando en un pantano. Que se ahogara borracho le pareció a todo el mundo un final razonable. Casi poético, diría yo.

Levantó los ojos hacia mí. Y los mantuvo ahí, sin parpadear, mientras lo decía:

—Pero no fue un accidente. Yo estaba allí esa noche. Yo lo metí en el agua.

El reloj de pared, un reloj redondo y barato que compré en una ferretería el día que monté la consulta, marcaba las diez y nueve minutos. Lo sé porque, en algún rincón de mi mente que ni el miedo logra desconectar, esa parte fría y profesional que toma nota de todo, registré la hora exacta mientras el resto de mí intentaba que no me temblaran las manos. Diez y nueve. Llevábamos nueve minutos de sesión. Nueve minutos, y una desconocida que oficialmente no existía acababa de confesarme un homicidio.

—Sara —dije, y me esforcé por mantener el tono, aunque noté que me costaba más que de costumbre—. Lo que me está contando es muy serio. Tengo que explicarle una cosa, y necesito que la entienda bien. Si una persona me cuenta que ha cometido un delito, yo estoy sujeta al secreto profesional, pero ese secreto tiene límites. Si yo considerara que existe un riesgo para usted o para otra persona, estaría obligada a…

—Sé cómo funciona el secreto profesional —me cortó, con suavidad pero con firmeza—. Mejor de lo que se imagina. Sé que el deber de confidencialidad protege lo que un paciente le confiesa sobre hechos ya consumados. Sé que usted solo está obligada a romperlo si hay un peligro inminente y concreto para alguien, presente o futuro. Y no lo hay. No voy a hacerle daño a nadie. El único al que se lo hice ya está muerto. Lleva un año y siete meses muerto. No hay nada inminente en un cadáver de hace año y medio. —Ladeó la cabeza—. Así que puede usted escucharme con tranquilidad. Legalmente, está cubierta. Y yo también.

Me quedé callada.

No por la frase en sí. Por cómo la había dicho. Con la precisión de quien se ha leído, y entendido, el código deontológico de mi profesión. Con un dominio del marco legal que la mayoría de mis pacientes no tiene ni de lejos; muchos ni siquiera saben que ese código existe, que hay reglas escritas sobre lo que sale y lo que no sale de esta habitación. Y aquella mujer del abrigo color arena lo recitaba con la soltura de quien lo ha estudiado expresamente para esta conversación. Como si se hubiera preparado para venir.

—¿Por qué yo? —pregunté, y la pregunta me salió más personal de lo que pretendía—. Hay muchos psicólogos en San Sebastián. ¿Por qué ha venido a mi consulta y no a otra?

Sara sonrió otra vez. Y esta vez la sonrisa, que la primera vez me había parecido solo rara, me dio frío de verdad, un frío que me bajó por la espalda y se me instaló en la nuca.

—Porque usted, Elena —dijo, y por primera vez usó mi nombre—, de todas las personas de esta ciudad, es la que mejor va a entenderme.

Cogió su abrigo, se levantó y se fue antes de que yo pudiera preguntarle nada más, antes incluso de que cerrara la boca que se me había quedado abierta. Y me dejó sola en el despacho con una sola certeza y mil preguntas.

La certeza era esta: que en once años de profesión, miles de pacientes, miles de horas escuchando lo peor del ser humano, nunca, ni una sola vez, alguien me había dado tanto miedo diciéndome la verdad.

Porque eso era lo único que yo no había contemplado todavía, sentada allí con la libreta en blanco sobre las rodillas. No que aquella mujer estuviera loca. No que mintiera. Sino la tercera posibilidad, la que tardaría semanas en atreverme a mirar de frente: que cada palabra que me había dicho fuera, exactamente, verdad.