La Sesión Trece 1
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En once años escuchando a desconocidos contarme lo peor de sus vidas, aprendí a reconocer la mentira antes que la verdad.

La verdad llega tarde, a trompicones, pidiendo perdón.

La mentira entra puntual, bien vestida, y se sienta con las manos quietas.

Por eso, cuando aquella mujer se sentó frente a mí un martes de octubre y me sonrió antes de hablar, supe que iba a mentirme.

Lo que no supe, lo que tardé casi dos años en entender, es que la persona a la que de verdad llevaba toda la vida mintiendo era a mí misma.

Hay una pregunta que aprendí a no hacer nunca en la primera sesión: ¿por qué ha venido hoy?

Parece la pregunta más lógica del mundo.

Es la que hacen los médicos de cabecera, los abogados, los peluqueros.

Dígame qué necesita.

Y sin embargo, en mi profesión, es casi siempre la pregunta equivocada, porque la gente cree que viene por algo y casi nunca viene por la razón que dice.

Vienen por la ansiedad, dicen.

Por el insomnio.

Por el marido que ya no las mira, por la madre que se acaba de morir, por el ataque de pánico en el supermercado entre las naranjas y la cola de la pescadería.

Y todo eso es verdad, pero es la superficie.

Vienen, en realidad, porque algo en algún rincón de su vida ha empezado a hacer ruido, un ruido bajo y constante que solo ellos oyen, y porque no soportan seguir a solas con ese ruido ni un minuto más.

Mi trabajo no es apagarlo.

Eso es lo que casi nadie entiende el primer día, y lo que tardan meses en aceptar.

No puedo apagarles el ruido.

Lo que puedo hacer es sentarme con ellos a escucharlo, las veces que haga falta, hasta que dejen de tenerle miedo.

Hasta que el ruido se convierta en una voz, y la voz en una frase, y la frase, por fin, en algo que se puede decir en voz alta sin que el mundo se acabe.

Llevaba once años haciéndolo.

Se me daba bien.

Era, probablemente, lo único que se me daba bien, y digo esto sin la falsa modestia que se les supone a las mujeres de mi edad y mi oficio: lo digo como un dato.

Había gente en esta ciudad que dormía por las noches gracias a mí.

Había gente que seguía viva.

Y al mismo tiempo, yo no era capaz de regar bien una planta.

Un colega diría que es una metáfora de algo.

Yo diría que simplemente riego mal.

Llevo once años enseñando a la gente a no interpretarlo todo, y no he conseguido dejar de hacerlo ni un solo día.

El potus de la sala de espera llevaba meses muriéndose con una lentitud heroica.

Cada hoja que perdía me parecía un reproche silencioso.

Lo regaba demasiado o demasiado poco, nunca daba con la medida, y Marta me decía que lo dejara en paz, que las plantas de interior se mueren sobre todo de exceso de cariño, de gente que las ahoga a fuerza de cuidarlas.

No supe entonces, aquella mañana, lo cerca que estaba esa frase de resumir toda mi vida.

Era un martes de octubre y llovía sobre San Sebastián con esa terquedad fina del Cantábrico que no termina de ser tormenta pero que te cala igual, que no hace ruido contra los cristales sino que se queda suspendida en el aire como una idea que no te abandona.

El Urumea bajaba alto y marrón bajo los puentes, arrastrando ramas oscuras desde el monte, desde algún lugar de tierra adentro donde había llovido más.

Desde la ventana de mi consulta, en un segundo piso del barrio de Gros, a dos calles de la playa de Zurriola, se veía un trozo de mar del color del peltre y, más cerca, los paraguas de la gente cruzando el puente con la cabeza gacha, esa coreografía urbana de los días de agua.

Yo había llegado a la consulta a las ocho y media, como siempre.

Había puesto la cafetera, había regado el dichoso potus, había encendido la pequeña estufa eléctrica que caldea mi despacho porque la calefacción central del edificio es una leyenda, y había repasado la agenda del día en la libreta de tapas negras de Marta, que sigue apuntándolo todo a mano por encima de la pantalla del ordenador, en una guerra privada contra la modernidad que llevo seis años sin ganar.

Cuatro pacientes por la mañana.

Tres por la tarde.

Y, a las diez en punto, una primera visita: una tal Sara Vidal, derivada sin informe, sin teléfono de contacto registrado, sin nada más que un nombre escrito con la letra redonda de Marta entre las dos rayas de la franja horaria.

—¿Quién es esta de las diez? —le pregunté cuando salí a por el café, asomándome a su mesa de recepción.

Marta es mi recepcionista desde hace seis años.

Tiene cincuenta y tantos, tres hijos mayores, un marido jubilado del puerto y una capacidad para leer a las personas que ya querrían muchos de mis colegas con tres másteres colgados de la pared.

Conoce a mis pacientes mejor que yo.

Sabe cuáles van a anular antes de que anulen, cuáles necesitan un vaso de agua nada más entrar, cuáles hay que dejar diez minutos a solas en la sala de espera para que se desinflen.

Conoce, sospecho, partes de mi propia vida que yo preferiría que no conociera, porque las recepcionistas, como los taxistas y los camareros de barra, son depositarias involuntarias de todo lo que dejamos caer cuando creemos que nadie mira.

Levantó la vista de la pantalla, con las gafas de cerca caídas hasta la punta de la nariz.

—¿La de las diez?

—Sara Vidal. Primera visita.

Frunció el ceño. Tecleó algo, despacio, con dos dedos. Miró otra vez. Volvió a teclear.

—Ahí no tengo a nadie a las diez, Elena.

—Está apuntado en tu libreta. Lo acabo de ver.

—Te digo que en la agenda no hay nadie. —Giró la pantalla hacia mí, con ese gesto de quien zanja una discusión enseñando una prueba. La franja de las diez estaba en blanco, en efecto, entre la de las nueve, ocupada por un tal Ignacio Sáez, y la de las diez y media, donde figuraba Carmen Olalla—. Igual lo apuntaste tú en mi libreta y se te olvidó pasarlo al sistema. No sería la primera vez.

No sería la primera vez. Tenía razón. Yo era un desastre con esas cosas, con la burocracia menuda de la consulta, con los horarios y los justificantes y las facturas. Por eso tenía a Marta. Así que no era imposible, y esa es la parte que más tarde me costaría explicar a la policía, a Lucía, a mí misma: que en aquel momento no me pareció imposible. Me pareció una de esas pequeñas grietas administrativas que tiene cualquier consulta, un nombre que se cae del sistema, una nota que una mano escribe y otra no traslada. Le resté importancia, como le restamos importancia a casi todas las primeras señales de las catástrofes, que casi siempre llegan disfrazadas de incidencias menores.

Me llevé el café a mi despacho. Lo bebí mirando la lluvia, repasando mentalmente la mañana, pensando en Ignacio Sáez y su divorcio interminable, en Carmen Olalla y su madre con demencia. A las diez menos cinco oí la puerta de la calle abrirse y cerrarse, y el rumor de unos pasos en el descansillo. A las diez en punto, ni un minuto antes ni uno después, Marta asomó la cabeza por la rendija de mi puerta y dijo, en el tono neutro de siempre:

—Tu primera visita.

Así que sí había alguien. Quiero que esto quede absolutamente claro desde el principio, porque después se dirían muchas cosas, y porque hubo un tiempo en que ni yo misma supe distinguir lo que había ocurrido de lo que había imaginado. Había alguien. Marta lo dijo. Asomó la cabeza y anunció una visita, como había hecho miles de veces en seis años.

Entró una mujer de unos treinta años.

Delgada, con un abrigo color arena demasiado fino para la lluvia que caía fuera, un abrigo que en aquel momento no significó nada para mí y que terminaría significándolo todo.

Llevaba el pelo castaño recogido con descuido en la nuca, escapándosele mechones húmedos sobre las sienes, y tenía unos ojos que se movían por la habitación con rapidez, deteniéndose un instante en cada cosa —la estantería, el cuadro, la ventana, la estufa—, midiéndola, tomando las dimensiones de una sala a la que pensara volver.

No miró el sofá, porque no tengo sofá; tengo dos butacas de cuero gastado enfrentadas, con una mesita baja en medio donde pongo la caja de pañuelos y un vaso de agua.

Pero la gente siempre busca el diván de las películas, esa cama clínica donde tumbarse a confesar mirando al techo, y se descoloca un poco al no encontrarlo.

Ella no se descolocó.

Me miró directamente a mí: sabía de antemano que aquí no había divanes.

—¿Doctora Elena Sanz? —dijo. Tenía una voz baja, ligeramente ronca, con un acento de la zona que no terminaba de ubicar.

—Elena, sin más. Siéntese, por favor. —Le indiqué la butaca de enfrente, la que da la espalda a la ventana, para que la luz le diera a ella y no a mí. Es un viejo truco. Uno aprende a colocar a la gente.

Se sentó. Se quitó el abrigo despacio y lo dobló sobre el regazo en lugar de colgarlo en el perchero, abrazándolo casi, y cruzó las manos encima. Tenía las uñas comidas hasta la carne, mordidas hasta dejar la piel de alrededor enrojecida y levantada, una costumbre que reconocí de inmediato porque es la mía, porque yo escondo las manos en las reuniones por lo mismo. Hay cosas que solo se reconocen desde dentro.

—Cuénteme qué la trae por aquí —dije, y abrí la libreta sobre las rodillas, destapé el bolígrafo, adopté la postura de escucha que tengo automatizada desde hace una década: ligeramente inclinada hacia delante, las piernas sin cruzar, la cara abierta y neutra a la vez.

Entonces sonrió. Fue una sonrisa rara, lenta, la sonrisa de quien sabe algo que tú todavía no sabes y disfruta el instante exacto previo a decírtelo.

—No vengo a que me cure —dijo—. Vengo a confesar.