La Sesión Trece PRÓLOGO
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La Sesión Trece

La Sesión Trece

Por B Nagar

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PRÓLOGO

Hay una cosa que nadie te cuenta sobre el agua de noche: que no es negra.

Parece negra desde la orilla, desde la seguridad de la tierra, pero cuando estás dentro de ella hasta la cintura, cuando ha dejado de ser un paisaje y se ha convertido en algo que te rodea las piernas y tira de ti hacia abajo con una paciencia mansa, descubres que el agua de noche no tiene color.

Tiene temperatura, tiene peso, tiene voluntad.

Pero no tiene color.

Es solo frío con forma de mundo.

Recuerdo el frío.

Eso lo recuerdo, aunque durante mucho tiempo no recordara nada más.

El frío subiéndome por las piernas mientras avanzaba, y el barro del fondo cediendo bajo las botas, y el monte cerrándose alrededor del embalse como dos manos que se juntan.

No había luna.

Había, eso sí, dos faros de coche apuntando al agua desde la pista, dos conos de luz amarilla llenos de lluvia fina, y dentro de esa luz, el vapor de nuestras respiraciones.

Éramos dos.

Eso también lo sé, aunque tardé año y medio en poder decirlo.

Dos mujeres y un peso entre las dos, un peso que se resistía, que no quería ir hacia el agua, que en el último momento, antes de que la superficie se cerrara sobre él, pareció abrir mucho los ojos en la oscuridad.

No voy a decir todavía quién era el peso.

Ni quiénes éramos nosotras.

Ni por qué una mujer que se dedica a curar a otras personas estaba aquella noche metida hasta la cintura en el embalse de Añarbe, ayudando a hundir algo que el agua tardaría casi once semanas en devolver.

Solo voy a decir esto, porque es lo único que entonces sabía con certeza y lo único que sigo sabiendo con certeza ahora: que lo que hicimos aquella noche lo hicimos por amor.

Que el amor, cuando se mezcla con la rabia y con el cansancio de ver caer siempre a los mismos, puede llevarte a un agua negra a las tres de la madrugada sin que te des cuenta del camino que has recorrido para llegar hasta allí.

Me llamo Elena Sanz.

Soy psicóloga.

Llevo once años enseñando a la gente a mirar de frente lo que más teme, y resulta que yo, mientras tanto, había escondido la noche entera del embalse en el único lugar donde nunca pensé en buscarla: dentro de mi propia cabeza, detrás de una puerta que yo misma había tapiado.

Esta es la historia de cómo se abrió esa puerta.

De la paciente que vino a abrírmela.

Y de todo lo que salió cuando lo hizo.

Porque el agua guarda lo que le das.

Durante un tiempo.

Pero siempre, tarde o temprano, lo acaba devolviendo.