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Recuperé los recuerdos despacio, a lo largo del año siguiente, en la consulta de una psicóloga que no era yo, porque hasta los que nos dedicamos a curar a otros necesitamos, antes o después, que alguien nos cure a nosotros.
Volvieron a trozos, sin avisar, en oleadas. La noche de Añarbe, el frío del monte, el peso, los faros del coche de Clara iluminando el agua negra del embalse. Su cara, decidida y aterrada a la vez, diciéndome que todo iba a salir bien. Mi propia voz, ronca, repitiéndole que ya estaba, que ya estaba, que nos fuéramos. No fue limpio. No fue heroico ni justiciero como en las películas. Fue la cosa más oscura que he hecho en mi vida, y la hice por amor a mi hermana, que es como se hacen, descubrí, casi todas las cosas verdaderamente oscuras.
Y volvió también, por fin, el duelo de verdad. No el duelo borracho y sellado de aquellas tres semanas, sino el otro, el lento, el que duele como debe doler, el que te atraviesa entero y te deja, al cabo de mucho tiempo, poder vivir al otro lado. Lloré a Clara como no había podido llorarla en todo aquel tiempo. La lloré entera, sin dividirla: la buena y la que hizo lo que hizo, la que me cuidó de niña y la que una noche me pidió que la cuidara yo. Las dos eran mi hermana. No tuve que elegir.
Sara y yo seguimos viéndonos. No éramos exactamente amigas; éramos otra cosa para la que no existe una palabra exacta, dos supervivientes de la misma tormenta, dos mujeres a las que un mismo nudo de secretos había unido para siempre. A veces íbamos juntas a llevar flores: ella a su madre, yo a mi hermana. Edurne y Clara están enterradas en cementerios distintos, en extremos opuestos de la ciudad, las dos mujeres que se quisieron y se intentaron salvar la una a la otra y no pudieron. Pero las flores que les llevábamos eran siempre las mismas.
Mi Sara, la del abrigo color arena, la que olía a almizcle barato, no volvió nunca más.
Y la otra, la real, la viva, también acabó marchándose, aunque de otra manera. Un día, sin drama, me dijo que se iba a vivir fuera, lejos de esta ciudad llena de agua y de muertos, y lo entendí. Antes de irse, en la última de aquellas tardes de flores, me dejó un sobre. «No lo abras hasta que me haya ido», dijo.
Dentro había una sola fotografía. Vieja, granulada, sacada de noche con un teléfono de hace años. Se veía el embalse de Añarbe, la lámina negra, los faros de un coche. Y en la orilla, dos figuras borrosas, dos siluetas que el grano y la oscuridad volvían casi una sola masa. Imposible saber quiénes eran. Imposible saber si una de ellas era yo. Imposible saber si la otra era Clara, o era la propia Sara, o era nadie, una sombra del monte, un reflejo del agua.
Detrás, con su letra, Sara había escrito solo una línea: «Yo tampoco sé si estuve allí. Pero alguien tenía que cargar el peso contigo. Y si fui yo, gracias por no recordarlo.»
Hay una frase que mi abuela repetía, una de esas frases de pueblo que se dicen sin pensar y que tardan toda una vida en cobrar sentido: que lo que el agua se lleva, el agua lo devuelve. Lo aprendí de niña viéndola mirar el Cantábrico, y lo creí siempre cierto, porque el mar de aquí, tarde o temprano, devuelve a la orilla todo lo que se traga. Tomás volvió. Clara volvió. Hasta el barro de Añarbe volvió, en los bajos de un pantalón, a contarle a Aguirre lo que nadie quería oír.
Pero hay algo que el agua no devuelve nunca, y tardé toda esta historia en entenderlo. Lo que se lleva la memoria no siempre quiere volver. Y cuando vuelve, vuelve roto, vuelve borroso, vuelve convertido en una fotografía granulada en la que ya no puedes distinguir si la segunda figura era tu hermana o una niña que cumplió una promesa. El agua es honrada: te devuelve lo que le diste. La memoria no. La memoria se queda con lo que más quieres y, a cambio, te entrega una duda para el resto de tu vida.
La miré durante mucho rato. Y luego hice lo único que se puede hacer con una grieta que no se va a cerrar nunca: la guardé. No la rompí, como rompí la nota. No la enseñé a nadie. La guardé en un cajón, junto a la llave de la taquilla 113, dos objetos imposibles que demuestran, cada uno a su manera, que aquella noche hubo dos personas en Añarbe, y que ni la fotografía ni mi memoria ni Sara ni nadie en el mundo van a poder decirme jamás con certeza quién fue la segunda.
Mi hermana, quiero creer. Mi hermana, que se quedaba siempre.
O una chica de veinticuatro años que hizo una promesa al oído de Clara y la cumplió, y que luego se acercó a mí no para usarme, sino para saber si yo era un peligro o un refugio, igual que yo me acerqué a ella.
Las dos versiones me caben dentro. Las dos las puedo soportar. Lo que no podría soportar es saber cuál es la verdadera, porque entonces tendría que elegir a quién perder.
No la echo de menos, aunque parezca extraño decirlo. Sé lo que era.
Era la parte de mí que se negó a olvidar, la mensajera que mi propia mente fabricó para hacerme llegar, a un ritmo que yo pudiera soportar sin romperme del todo, la verdad que la otra parte de mí había enterrado para sobrevivir.
No era una enfermedad, como Lucía me repitió durante año y medio. Era una brújula. Se sentaba en mis butacas, me sonreía, me decía que yo era la persona que mejor la iba a entender, y tenía toda la razón, porque ella era yo.
La Elena que sabía. La Elena que había estado en Añarbe. La que, mientras la otra bebía para olvidar, montaba guardia en la oscuridad para no olvidar del todo, para poder contármelo cuando llegara el momento.
Cumplió su misión. Me trajo hasta aquí, hasta la verdad, hasta el duelo, hasta el otro lado. Y cuando ya no hizo falta, se fue, sin despedirse, como se van las cosas que solo existen mientras las necesitamos.
Volví a trabajar en primavera.
La consulta de Gros sigue ahí, con su potus que contra todo pronóstico no terminó de morirse, que incluso ha echado un par de hojas nuevas, y con Marta en la recepción, que el primer día me abrazó muy fuerte y no me preguntó nada, fiel hasta el final a su sabia costumbre de no preguntarme según qué cosas.
Solo me dijo una cosa, aquel primer día de vuelta, mientras me ayudaba a quitarme el abrigo como si yo fuera otra vez una convaleciente. Me miró por encima de las gafas de cerca, con esa mirada suya que lee a la gente mejor que tres másteres colgados de la pared, y dijo: «Yo no sé qué pasó, Elena, y no me lo cuentes, que no lo quiero saber. Pero te voy a decir una cosa. Has vuelto con otra cara. Llevabas año y medio con cara de estar pidiéndole permiso al aire para respirar. Y eso se ha ido.» Me ajustó el cuello de la blusa, un gesto de madre, y añadió: «Bienvenida, hija. Te he echado de menos. Y le he cambiado el agua al potus, que tú lo ahogabas.»
Me reí por primera vez en mucho tiempo, una risa de verdad, y se me saltaron las lágrimas a la vez, y Marta hizo como que no las veía, fiel hasta el final, y se fue a poner la cafetera.
Recibo pacientes. Escucho el ruido de las vidas ajenas. Se me sigue dando bien; quizá ahora un poco mejor que antes, porque hay una clase de oscuridad que ya no me asusta, porque la he tenido dentro, la he mirado de frente, y he salido al otro lado para contarlo.
Hay una pregunta que aprendí a no hacer nunca en la primera sesión: ¿por qué ha venido hoy?
La gente cree que viene por algo concreto. Y casi nunca viene por la razón que dice. Vienen porque algo, en algún rincón de su vida, ha empezado a hacer ruido, y no soportan estar a solas con ese ruido ni un minuto más. Yo lo sé mejor que nadie. A mí el ruido me visitó tres días seguidos, vestido con un abrigo color arena, oliendo a almizcle, y tardé año y medio en entender que no venía a hacerme daño. Venía a salvarme. Que es lo que hacen las verdades, al final, cuando por fin reunimos el valor de dejarlas entrar.
A veces, los días de lluvia, cuando el Urumea baja alto y marrón bajo los puentes y la ciudad entera huele a Cantábrico y a sal, me parece notar, un segundo nada más, un rastro de almizcle barato flotando en el aire de la consulta.
Levanto la vista. La butaca de enfrente está vacía.
Sonrío, y vuelvo al trabajo.
Pero aquella primera mañana de octubre, antes de que todo empezara, hubo una cosa que no le he contado nunca a nadie. Ni a Sara. Ni a la Ertzaintza. Ni a la psicóloga que me curó a lo largo de aquel año.
Cuando Marta juró que no había entrado nadie a las diez, decía la verdad. Lo sé. La creo. Pero esa misma noche, al cerrar la consulta, encontré sobre la butaca donde se había sentado mi paciente imposible una cosa pequeña que no estaba allí por la mañana cuando llegué.
Una anilla roja de plástico descolorido, con una llave.
La llave de la taquilla 113.
Y todavía hoy, después de todo, después de entenderlo todo, después de haber recuperado la memoria y enterrado a mi hermana de verdad y reconstruido mi vida pieza a pieza, hay una pregunta que no me permito hacerme, porque sé que no tiene respuesta, y porque he aprendido que algunas puertas, una vez cruzadas, es mejor no volver a abrirlas:
si Sara era solo una parte de mí, si nunca existió fuera de mi cabeza, si nadie la vio entrar ni salir jamás de aquella consulta…
¿quién dejó la llave?
¿Y quién, una noche de lluvia, sirvió el segundo vaso?
Fin