La fuga que nunca ocurrió #2
-Posi ble mente creáis que fue jactancia -añadió Scriver-, cuando dije que mi miedo era el más grande de todo el mundo, pero no era ésa mi intención. Para mí, como poeta, es absolutamente evidente que mi miedo tiene que ser mayor que el de todos los demás. Y es evidente, porque el poeta, a mi modo de ver, tiene que ser un símbolo de todos los seres humanos del mundo entero, y no dejarse llevar por la ambición de sofocar su miedo. Y, de la misma manera que, por ejemplo, el símbolo del trabajador es el minero de carbón o barrenero, y no el cosechador de remolachas, el de la reacción es el fabricante de armamentos, y no el tercer contable de una empresa, así debemos simbolizar al hombre angustiado por el que va al fondo mismo de su miedo, o sea, el que mejor lo conoce y menos lo teme, porque está acostumbrado a coexistir permanentemente con él. Ese hombres es el poeta. ¿Acaso no es natural que ser poeta signifique estar en posesión de una angustia que es mayor que la de los demás seres humanos del mundo entero?
El poeta apuró su vaso y dio unos pasos por la habitación. Comenzaban los tres a sentir los efectos del alcohol, y esto se notaba en la habitación, que parecía encogerse, de modo que las paredes, movedizas, les apretaban a unos contra otros. Una nube de buena voluntad se desleía del techo como una lluvia de polvo. El cultísimo escritor, echado en la cama, empezaba a perdonar. Quizás pudiera utilizar la expresión, después de todo, en su próximo ensayo. El poeta volvió a la ventana y miró a la calle. La chica de la boina roja seguía en el portal. ¿Qué tal llamarla? Se escanció el vaso hasta los bordes e hizo como que brindaba por ella desde la ventana. Ella no hizo el menor gesto, limitándose a seguir mirándole hoscamente. El poeta, molesto, se volvió hacia el interior de la estancia.
Empezó a encontrar dificultad en mantener sus pensamientos en orden. Eran como las llaves de un llavero cuyo cierre se ha abierto, que se le salían y se caían al suelo una detrás de otra. Tuvo que volverlas a poner cuidadosamente en el llavero una a una. Por eso hubo de tardar un poco en hablar:
- ¿No crees, querido amigo -dijo-, que estás dando un
tono un poco fantasioso y romántico a la angustia?, ¿es realmente tan necesario coexistir con el miedo, estar siempre mano a mano con él como tú dices, querido amigo?
- No lo sé -dijo Scriver-, pero lo que creo es que es
muchísimo más peligroso dar un tono romántico y fantasioso a la armonía. Permíteme que te recuerde que la filosofía de la armonía, cuyo instrumento más usual es el antiintelectualismo, acaba de sufrir su más dura derrota ahora, durante la guerra. Por miedo a perder la paz mental, por terror a sentir terror, hasta los que debieran estar mejor enterados se lanzaron a participar con sus gritos en el coro de la preparación para la defensa. Ante todo la armonía, ¡como si fuera posible conquistarla tan por lo barato, simplemente escupiéndose uno a sí mismo en la cara! Y allí salieron a relucir todas las viejas frases, como niños pequeños, vestidas a la moda del 37 y el 39 y provistas de ametralladoras y metralletas, pero nadie se atrevió a susurrar siquiera que el rey estaba desnudo. ¿No os parece que resulta patético, un verdadero bluff, a ojos del que ha presenciado la inflación de las consignas en el patinillo de los preparativos para la defensa? Éste, por lo menos, tiene la responsabilidad de pensar que la solución, o no solución, porque es posible que no haya solución, pero, bueno, que la posibilidad de una solución está en una nueva época de intelectualismo capaz de dar por lo menos a alguien el valor de mirar a la angustia a los ojos en lugar de refugiarse en el misticismo infantil de la alcoba. Quizás sea necesario huir, pero, en ese caso, por lo menos que no sea a la manera ingenua de los que se las quieren dar de duros.
-Perdóneme que le interrumpa -dijo el cultísimo escritor, levantándose de la cama-, pero acaba de mencionar, caballero, a los que se las quieren dar de duros.
El cultísimo escritor había llegado, por lo menos una hora antes que los otros, a la fase de embriaguez en que la buena voluntad termina y la agresividad comienza.
- Y, por tanto, imagino -continuó, con ganas de disputa-
que ha leído usted mi ensayo sobre Hemingway, Calderón y el Suboficial Griego, que se publicó en el Nuevo Semanario, ¿no?, bueno, ¿y qué le pareció?, ¡desde luego mucho mejor que el del arrogante ése de Westin sobre Faulkner y la Lagartija Mesopotámica!, ¡como si las lagartijas mesopotámica s pudieran tener algo que ver con Faulkner!, ¡jejejejeje!
Pero Scriver, que sabía que, si no le interrumpía a tiempo, el cultísimo escritor iba a recitar toda la lista de los críticos a quienes consideraba por debajo de él, la cual constaba de más de cien nombres, siguió hablando como si aquella interrupción no hubiera sido otra cosa que un simple aparte:
- Lo único que se me ocurre decir es que resulta
terriblemente ingenuo tratar de escapar saltando de una de las ventanas para volver a introducirse en la habitación por la otra. Pero ¿no es exactamente esto lo que tratan de hacer algunos místicos que quieren dárselas de duros?
- ¡Un momento, un momento! -gritó el cultísimo
escritor, irritado-, ¡tenga usted la bondad de no plagiar, caballero!
Se acercó vacilante, a la cama de Scriver, y se asió a las bolas doradas, poniéndose los postes de la cama bajo los sobacos, a modo de muletas.
- Eso lo ha tomado usted de mi ensayo, ¡las cosas como
son!
Scriver apuró el vaso. Miró a la bola dorada y pensó que estaba hinchándose y que se volvía del tamaño de una cabeza de niño. Al mismo tiempo sintió un susurro como de ala de gigante. La lluvia comenzó a picotear la superficie metálica del alféizar. El poeta se asomó. La chica de la boina seguía allí. «¡Ah!,
¡está esperando a que me quede solo!», pensó, halagado, frunciendo la frente de marfil. Echó una ojeada para ver si quedaba mucho coñac. Pero Scriver miró fijamente al cultísimo escritor cuyos ojos llameaban, rojos como de animal. Era curioso lo ligero que se sentía, como si tuviera la cabeza llena de gas e impulsada por un deseo casi irresistible de salir volando de allí. Se sentía capaz de grandísimas decisiones.
- Tiene usted razón -dijo sin vacilar un instante-, esa
frase está tal y como en su ensayo, pero, por otra parte, no remata usted en él su concepto, y eso es justo lo que estaba yo a punto de hacer ahora, cuando me interrumpió usted.