La fuga que nunca ocurrió
Aquella misma tarde estaba Scriver sentado en la cama de una habitación de hotel en Klara. Era una verdadera habitación de oropel, con dos pomposas camas. Las bolas metálicas de las camas estaban doradas y recordaban, por su tamaño, relucientes cabezas calvas de comerciantes al por mayor. De una de ellas colgaba el sombrero del poeta. El poeta, por su parte, estaba junto a la ventana y jugueteaba con los nudos color malva de las cortinas de una silla que era una desvergonzada falsificación del estilo gustaviano. En la otra estaba echado el cultísimo escritor a la moda, lidiando con sus pensamientos. Entre sus ambiciones estaba la de lidiar siempre de esta forma con sus pensamientos.
Scriver levantó su vaso de cerveza hasta que vio la bola de la punta del asta de bandera que salía del hotel sobre la angosta calle de Klara flotar en el líquido como una boya.
- Insisto -dijo, enjugándose de la boca la espuma de la
cerveza-, insisto decididamente en que mi miedo es el más grande del mundo.
Había dicho esto un instante antes, pero lo notable era que no le creyó nadie. El cultísimo escritor se negaba a creerle porque, por principio, sentía recelo de la gente que decía cosas que le habría gustado a él decir; el poeta porque, en secreto, tenía la misma convicción sobre su propio miedo. Pero de pronto soltó los nudos de las cortinas y volvió lentamente su frente blanca como un espejo hacia el interior de la estancia.
- Ten la bondad de explicar -le dijo-, todo el mundo está
convencido de que vive, como mucho, a un cuarto de milla del pantano más siniestro del planeta. Pero en cuanto se les pide que vayan a estudiarlo de cerca sin prejuicios..., bueno, entonces descubren de pronto que el tal pantano no es un pantano sino un lugar completamente adecuado para instalar un campo de tenis o un campo de golf en miniatura.
El cultísimo escritor escuchaba, distraído. Pensaba que iba a venirle al pelo utilizar la observación de Scriver en su próximo ensayo.
- Sí, por supuesto -dijo Scriver-, por supuesto que
estamos de acuerdo en que hay pantanos para todos, tanto en este país como en los demás.
Pero también pienso que tu experiencia, querido amigo, sobre pantanos que resultan tan fáciles de convertir en campos de tenis o de golf no encaja con la realidad. Pregunta a cualquier dueño de un pantano o de un lodazal y ya verás cómo no tiene la menor idea sobre la existencia de una cosa así en su tierra. Es posible que incluso se sonroje cuando se lo digas, a lo mejor no se sonroja, pero la verdad es que da lo mismo. En lo que tenemos que estar de acuerdo es que el tiempo nos da una extraña tendencia al miedo. Esto puede parecer muy curioso en un tiempo en el que incluso los más insignificantes tienen sus aparatos de radio, de modo que nadie necesita estar solo y en silencio la noche entera a menos que se empeñe en ello. Pero, a pesar de todo, hasta los que más firmemente lo niegan tienen un pantano, un lodazal, al que asomarse en cuanto se hace oscuro.
«Es una verdadera lástima que la invención del reflector no haya servido para ayudar a la gente en sus deseos de iluminar el agua de su pantano hasta el fondo mismo. Posiblemente algunos se hayan dejado engañar hasta el punto de creerlo, y si se para uno a pensar en ello seguramente son muchísimos los que se encuentran en este caso. Corren por los prados con pies ligeros, muchos quizás hasta juegan al fútbol y todo sin darse cuenta de que llevan su miedo consigo como un grillete de hierro colgado del pie. Es posible que lleguen a creerse que se puede uno vacunar contra el miedo de la misma manera que contra las viruelas. Y luego llega un día en el que desaparece una serpiente de su habitación Todos se desesperan y la buscan, pero no la pueden encontrar. ¿Qué hacer? Y entonces comprende la gente que el miedo es una enfermedad que está siempre latente en nosotros, que trata de penetrar en los hilos más sutiles de nuestra consciencia, y cuando lo consigue los pincha hasta que se vuelven candentes y arden. Y entonces se da cuenta uno también de que no hay nada que elegir: y lo que uno se había hecho creer a sí mismo que era libertad del miedo resulta entonces no ser otra cosa que un intento, más o menos espasmódico, de excluir el miedo de la existencia. Es posible que, en su situación desesperada, llegue uno a descubrir que todo está equilibrado sobre una columna de miedo, y entonces lo que hay que hacer es ajustarse a vivir de acuerdo con este descubrimiento. Pero lo que ocurre en tal caso es que de pronto reaparece la serpiente, y justo entonces ocurre lo más lamentable: los desvergonzados negadores del miedo se levantan diciendo: nunca estuvimos asustados, era ése el que se lo hacía en los pantalones, jejejejejeje.
-Y esto -prosiguió Scriver viendo la bola de oro nadar en su vaso-, esto es penoso, pero también trágico. Es la tragedia del hombre de nuestro tiempo, que ha cesado de osar tener miedo. Y es funesto, porque así lo que ocurre es que se ve forzado también a dejar de pensar. Y es lógico, porque quien no se atreve a tener miedo tiene que renunciar a las actividades que puedan inquietarle, y entonces el miedo se le puede infiltrar por la puerta trasera. ¿No es ésta la razón de que el antiintelectualismo encuentre tan fácil la popularidad? ¿No es ésta la razón de que los que, por cobardía, quieren reducir todos los problemas al estómago y las glándulas, acepten agradecidos toda clase de místicas de la sangre en torno al sexo y su culto?
-Un callejón sin salida -dijo el poeta, levantándose.
Apartó de sí el vaso, dejándolo sobre una mesita junto a la ventana, y fue con lentos pasos indios de un extremo a otro de la mullida alfombra inglesa. Llevaba su frente como si fuera un espejito de marfil, y el crepúsculo cayente se reflejaba en ella.
-¿Será que he comprendido mal mi papel?
-dijo, finalmente-. Yo había pensado que el papel del poeta consiste en salvar a los demás del miedo, en demostrar lo sorprendentemente nimia que es la necesidad de tener miedo. ¿No debe ser la armonía el ideal de todos los hombres? Y tú, que te dices socialista, debieras, en consecuencia, propugnar un sistema en el que a cada uno se le asegurase por lo menos un mínimo de armonía, en la medida de sus necesidades.
-Sí, eso es cierto -dijo Scriver-, es completamente cierto que soy socialista, pero no de la forma que piensas. Además, es una idea muy corriente la de que el llamado equilibrio espiritual, es decir, la libertad del miedo, tiene que ocupar su lugar en el programa cotidiano entre las exigencias de justicia social. Esto depende, claro está, de que muchos vean en la armonía espiritual algo digno de ser conquistado, quizás lo más digno que hay de ser conquistado. Yo lucho por la justicia social, es decir, por un sistema en el que se pueda prescindir del comercio de esclavos, en el que se considere como cosa antinatural el que la gente tenga necesidad de sentir agradecimiento hacia el que da trabajo, un banco o una lotería o lo que sea, sólo porque les asegura el derecho a la vida. Es decir, un sistema en el que el derecho a la vida sea indiscutible y en el que cada uno tenga los medios necesarios para considerar como belicistas locos a todos esos fanáticos de la guerra, que sirven de ancla a los reaccionarios, como tiros al blanco de juguete y armas de mentirijillas. Pero, por otra parte, no propugno en absoluto ningún sitio para la armonía en ese sistema. La felicidad silenciosa tiene, por desgracia, como se ha visto, una cierta inclinación a degenerar en eructos de saciedad. Y en un mundo de eructos constantes la armonía se deshilacha y la capacidad de miedo se vuelve probablemente lo más necesario de todo. Por esto quiero desgarrar la alambrada que cada uno ha levantado en torno a su miedo, abrir entradas para las serpientes en el cercado de las serpientes y turbar el reposo de los que dicen que no han tratado de encontrar la felicidad porque es una ocupación muy poco caritativa ir en busca de armonía cuando hay tantos solitarios en el mundo. Como poeta considero, por lo tanto, no que mi deber sea levantar rompeolas serenamente, sino, por el contrario, inquietar y derrocar diques mientras esté en mis manos hacerlo. Solamente el que tiene confianza con su propio miedo se da cuenta de su propia valía, o sea que no siente necesidad alguna de cerrar los ojos cuando pasa junto a un pantano o junto a campos de tenis.
Crujió la cama del cultísimo escritor. Todavía no había perdonado a Scriver por haberle robado una expresión tan afortunada. Concentró su mirada en una mancha abstracta en el techo, como solía hacer Georg Brandes, o quien fuese, no recordaba, y dijo, quejándose un poco:
- Me pareció oír a alguien decir que su miedo era el más
grande del mundo. Sería interesante oír a esa persona desarrollar más detalladamente esta idea.
- Justo -dijo Scriver, dando a la bola dorada, cuyo brillo
comenzaba a empañarse, un poco de agua de baño de la botella del poeta-, a eso iba.
El poeta abrió la ventana y se asomó al crepúsculo. Al mismo tiempo algo relampagueó en lo más profundo de la calle, a sus pies. Eran las farolas, que se encendían. En un portal, justo enfrente del hotel, vio a una chica con boina roja que le miraba. Él, por su parte, no la miró con mucha atención. Se sentó en la mesita junto a la ventana, volviéndole la espalda.