La serpiente #5
«De qué manera más sugerente me miran todos los rostros, no tengo más que cogerles las manos que me dan la bienvenida y ofrecerles que se hagan accionistas de mi propio terror.»
Pero él, que sigue con su terror encima, no sabe todavía que ellos han encerrado el suyo en la caja de cartón y lo han tirado al cubo de la basura. No puede saber que a ellos, a diferencia de él, les han ido inyectado el miedo dentro desde hace muchísimo tiempo, desde que tienen recuerdos, en pequeñas dosis, y tan poco a poco que han acabado poco menos que inmunizados. Y tampoco sabe que la razón de que ahora saquen sus alfombras caseras donde pone «bienvenido» es solamente que antes tenían miedo de la serpiente, de aquella oscura cinta de medir de medio metro de longitud, que la serpiente ha dejado de existir como simple recuerdo. Sin duda no sabe tampoco que los peores enemigos del idealista son todos los que han sido idealistas, ni que el que sigue viviendo en el terror no puede esperar otra cosa que lo peor de los que han conseguido deshacerse del suyo. Y los que con más afán lo rechazan son precisamente esos ex idealistas, que ven una amenaza escondida en el hecho mismo de que osen existir todavía predecesores de sus ideales perdidos; el temor es un ideal para los que llevan suficiente miedo dentro.
Y ahora están todos tan contentos de poder dar pasaporte a su miedo que no les importa negar tres o cuatro veces todos los hechos que han tenido lugar y todos los pensamientos que se han pensado mientras ellos sentían ese anillo de hierro del miedo en torno a sus pescuezos. Y todos se ríen al tiempo de estas lamentables figuras que son ellos mismos. Ahora se sienten todos muy gallitos.
- Al diablo -dice el Payaso-, qué se le va a hacer si al Salmón le dio un buen golpe en la mandíbula el marino aquel, todavía se le nota en la barbilla, nada, hombre, le echas un poco de humo y luego le das otro y le tumbas, ya verás que bien le dejas.
Y el Salmón, oyendo esto, dice que sí con la cabeza y se ríe del pobre marino.
Que camaradería, piensa el que no sabe nada, qué maravilloso compañerismo.
- Y tú, Joker, estabas muy borracho, me habría gustado
verte haciendo guardia -ríe Kalle Glader.
- Sí, la verdad es que la cogí buena -dice Joker, riendo
sin el menor reparo.
- Conocí una vez a un tipo de Bermudas -se jacta
Sorenson- que era especialista en chicas negras. Fuimos a tomar un copazo, y habríais debido estar allí, ¡las cosas que me contó de las chicas que conocía del Congo y de Estados Unidos! ¡Se le hacía a uno la boca agua sólo de oírle!
«Con estos», piensa él, que siente miedo de la soledad, pero todavía no lo sabe, «con estos debieran unirse los débiles y los solitarios, todos esos hombres de gran ímpetu que también se dejan dominar por el miedo pero se acaban acostumbrando a la idea de que es necesario, y se enseñan a sí mismos a equilibrarlo por medio de una reconciliación interior». El no sabe que lo que más miedo les da es precisamente sentir miedo, y por eso sólo aceptan como amigos a los que les convencen de que el miedo no existe.
Y ahora va él por el pasillo en medio de ellos, y en su derredor relampaguea el fuego cruzado de las sonrisas rápidas y las palabras como fuegos artificiales que estallan en el aire. De pronto se da cuenta de que allí no está Scriver. En seguida llegan a las pilas del cuarto de las duchas y saludan, reconociéndolos en el espejo, sus rostros serenos, felices, unidos unos a otros. Hacía varios días que no se veían así y por eso les alegra tanto volverlos a ver. Y él entra en este momento de felicidad como un elefante en una tienda de porcelana fina.
- Tenemos que ser camaradas -dice él, levantando la
voz en lugar de meterse el puño por la boca y callarse la lengua-, tenemos que ser camaradas ahora que estamos todos juntos con el mismo miedo.
Es terrible cómo rebotan estas palabras en la habitación. Se diría que se les van a reventar las orejas, pero cuando se dan cuenta de que siguen vivos se tiran todos sobre él como lobos. Le tienen sujeto entre todos como contra un yunque, mientras el chorro de agua le golpea el cuerpo entero como un látigo. Pero no habría sido necesario sujetarlo. No puede moverse, lo que le está sucediendo es tan espantosamente incomprensible que se ha quedado paralítico de sorpresa. Le sueltan y se van y él tarda mucho tiempo en recuperar el movimiento.
Y más tiempo tarda todavía, hasta que el sol matinal baña la parte más alta de la ventana con su capa roja, tarda en comprender. Y entonces prorrumpe en gritos. Su grito no dura mucho tiempo, es corto y estridente como un toque de trompeta que no quiere decir nada. Nadie despierta al oírlo, pero penetra en el sueño de todos y les suscita sueños a todos. Alguien sueña quizás con una cacería de faisanes y ve el faisán corriendo entre los juncos, chillando estridente mientras los perdigones le rocían el cuerpo entero. Otro está bajo la lluvia en el andén de una estación, diciendo adiós con un pañuelo negro a su hermana muerta. Y ahora el silbido corta la lluvia y el tren desaparece envuelto en su propio humo.
¿Qué sabe él de sueños ajenos?