La serpiente La serpiente #4
93%

La serpiente #4

Cuando los otros se metieron con él, habría querido apaciguarles, decirles: ¡Hale, hombre, si no grité!, ¿acaso no me comporté como uno de vosotros?, ¿acaso no tuve valor? Vosotros queríais ponerme a prueba, digamos, para ver si estaba a vuestra altura. Y quiso convencerse a sí mismo de esto, y se pasó el día entero tratando de creérselo, no les dejaba solos, estaba siempre pisándoles los talones, revoloteaba como un pájaro importuno en torno a sus cabezas, trataba de posarse en sus cráneos o en sus hombros. Y a veces pensaba que le salía estupendamente el arte de mantenerse en equilibrio sobre ellos, a nadie se le daba tan bien eso de caer en picado sobre un invitado bienvenido o tragarse una sonrisa apuntada en su dirección.

Y cuando llegó la noche pensó: Ahora salimos todos juntos y nos vamos de juerga. A lo mejor nos emborrachamos, y por supuesto que estaré a la altura de cualquiera.

Salieron del cuartel y pasaron en grupo por delante del local de Osear, cruzaron la calle de Narva. El quería gritar a la gente que pasaba junto a ellos: Esta es la pandilla del dormitorio número cinco, en el primer piso del viejo cuartel de Gota. Como tenemos permiso, nos vamos de juerga.

Pero de pronto se vio solo. Nadie le decía:

- Hola, Gideon, qué tal, hale, vente con nosotros ahora mismo, que vamos Lindgrdeden, o: Tenemos pensado coger un coche e irnos a Stallis. Ahora vamos a jugarnos entre tres el dinero del coche, que así nos sale más barato. Y él se echó atrás, subió por la calle de Narva hasta la plaza de Karl, y cuando pasó la calle de Linneo encontró a una de las secretarias de la oficina a la que solía ayudar porque había descubierto que tenía las manos bonitas. Iba con un alférez que trataba de sonreírle, pero ella le miraba como quien mira un autobús lleno de gente.

El pequeño agente de seguros, el único en todo el mundo que sabía que él había pagado toda la prima con su dinero de la caja postal, corría detrás de él, y le dijo que no debía enfadarse. No podía introducirse así, establecer contacto de manera tan brusca, eso saltaba a la vista. Lo mejor era que esperase, esta noche quizás, al final del permiso. Ahora están de paseo por la ciudad y hablan de Gideon, se preguntan si sería buena idea aceptarle como miembro de su pandilla. Sí, claro que sí, dice uno, es un buen chico, eso se vio bien claro esta mañana, no dijo una palabra a pesar de lo que le hicimos. Total, que acaban admitiéndole por mayoría de votos.

Y él se consoló, se quedó tranquilo, contento casi. En la plaza de Karl fue a telégrafos y pidió hablar con Vasteras, y cuando oyó la voz de su madre, fina y jadeante y casi acallada por las interferencias, se sintió primero muy inquieto y arrepentido. Ella tuvo que chillar «haló» varias veces hasta que él, por fin, pudo contestarle, pero luego la cosa fue más fácil de lo que había pensado.

-No, mamá -le dijo-, no puedo ir a casa, han cancelado todos los permisos. Nadie puede ir a casa el sábado y el domingo. Tendrás que arreglártelas sin mí.

Era curioso lo fácil que resultaba contar mentiras. Lo que había que hacer era dejar de escucharse a uno mismo.

-Bueno, pues, nada, adiós, mamá -gritó, contento de terminar por fin la conversación-, a lo mejor voy dentro de quince días.

Luego fue a sentarse a un café de la plaza de Karl y allí siguió hasta oscurecido. Estaba lleno de confianza, se dijo que ahora había acabado de una vez para siempre con aquellos lamentables juegos al escondite entre el miedo y el yo. Ahora formaba parte de una liga fuerte y grande de almas asustadas.

Pero ¿por qué se siente ahora tan terriblemente asustado? ¿Por qué no está sentado en la oficina con la cabeza entre las manos? Por supuesto que no llora, pero tampoco se atreve a levantar la vista, ni se atreve ni tiene fuerzas para mirar a la habitación directamente. Un cuartel no es una cosa a la que se le da un golpecito en el hombro y se le habla cuando se siente uno solo. Tan terrible es el silencio que cree oír su corazón tictaquear como un reloj. A lo mejor está en la pared, puntuando el tiempo. No se atreve a ver si está ahí.

Y entonces llegan a él voces a través de la puerta cerrada, y es el agente de seguros, que se había mantenido a discreta distancia y ahora se le acerca andando como un gato y le dice al oído:

-Mira, ahora ya no estás solo. Ahora es el momento, ¿te das cuenta? Ahora lo que tienes que hacer es salir y sacar tu carnet de miembro del club de los que no están solos.

Sale de la estancia, apaga la luz, cierra bien la puerta y va hacia la sala del cuartel. Vaya, ya están allí todos juntos. Están reunidos en un grupo silencioso en medio del pasillo, exactamente como en uno de esos bailes en corro cuando todos esperan la señal de empezar, aunque saben que al violinista le ha dado dolor de estómago y no piensa venir. ¿Hay sitio para él en este grupo? Ve un intersticio y se introduce en él. ¿Por qué no puede gritar: ¡Aquí me tenéis!, ¡estoy en medio de vosotros! ¡Tocadme y veréis que existo!?

Pero lo que hace es quedarse mirando sin decir una palabra a los rostros cerrados y silenciosos que ve en torno suyo. ¿Por qué se le cierran de esta forma, por qué no extienden alfombras donde ponga «Bienvenido» ante la puerta de alguien? Dejadme entrar, dejadme entrar, pide, angustiado, pero ¿cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que uno de ellos vaya y embizque a su perro contra él?

Y entonces levanta la vista una vez más y se da cuenta del aterrador espanto que se lee en sus rostros. Tan hundidos están en su propio espanto, tan asidos a él con los dientes que no se fijan en ninguna otra cosa. Es pura casualidad que se hayan reunido allí, en corro, en el pasillo, y sólo porque apenas se pueden distinguir unos a otros.

-El Payaso y yo -dice finalmente el Salmón, y se inclina, fijando la mirada en las puntas de sus propios zapatos, pero en aquel mismo momento el Payaso le empuja a un lado y calla. Y ahora callan todos. ¿Por qué no quieren admitirle a él entre ellos? Ahora que no tienen siquiera un miedo común que les sirva de vínculo fiable, ¿qué razón puede haber?

Alguien llama entonces desde el fondo del pasillo, alguien llega corriendo, alguien pasa a toda prisa junto a ellos, llamando a todas las puertas cerradas con el puño cerrado. Y todos abren de mala gana. Kalle el Enanito, que no estaba en el corro, se encuentra ahora delante de ellos. Tiene una bota en la mano, y la reconocen por el juego del poker: es allí donde suelen ir a parar sus ganancias. Y allí están todos, mirando a una bota de lo más corriente, de reglamento, reluciente y opulenta de betún, con su boca glotona abierta de par en par. Y ahora la bocaza se vuelve, ahora vomita algo al suelo. Tocios miran al suelo con ojos llenos de codicia y lascivia y ya se han abierto todas las puertas de par en par, aunque sólo por curiosidad. Allí está la serpiente, con el espinazo roto. Yace inmóvil como muerta, estirada como una cinta de medir, como si fuera a medir los azulejos del suelo. Uno trae una caja de cartón, otro una pala, un tercero ata la caja con una cuerda y la tira al cubo de la basura.

«Tiene gracia», piensa él, «estaba en la bota de Glader, en la bota del póker. Tiene que ser que se refugió allí mientras nosotros la buscábamos, y alguien la mató en el dormitorio de un pisotón, y no sabía nada cuando cogió la bota y se la llevó al almacén».

-Había metido las cartas en la punta -dice Glader- para ir a jugar con un sujeto del regimiento de Svea que tenía un par de billetes de diez coronas que le estorbaban. Metí la mano en la bota y ya podéis imaginaros el miedo que me dio cuando sentí ahí dentro al bicho ése.

Formaban un corro muy cerrado y muy firme, lleno de admiración, en torno a Kalle Glader, y en el corro estaba también Gideon. Miraba lleno de maravilla todos aquellos rostros tensos y cerrados a cal y canto que iban abriéndose poco a poco como las puertas de una sala de baile, y el que estaba lleno de inquietud porque quería pedir prestado dinero o alguna otra cosa podía oír la orquesta ajustando, sonora y hospitalaria, sus instrumentos allí dentro.