La serpiente #3
Y a pesar de que Gideon se sentía ahora más asustado que en ningún otro momento de su vida entera, su miedo no era nada en comparación con el que le entró más tarde y que llegó a parecerle imposible de superar. Un día en que llovía y a él le tocaba trabajar dentro del cuartel, el zoólogo había puesto la caja en el cuarto donde dormía Gideon. Había unos cuantos quintos allí jugando a los dados sobre una manta que cubría la mesa situada junto a la ventana. De pronto se oyó ruido y desorden en el pasillo. El sargento Boll había notado que faltaban algunos y estaba buscándolos. Pero los que jugaban allí dentro cogieron mantas de las camas y salieron al pasillo y dijeron que habían recibido orden de sacudir las mantas. El zoólogo estaba más nervioso y salió corriendo y recibió también una buena regañina, bien merecida, pues no había sido capaz de aprenderse la más elemental treta del soldado: defender las actividades más grotescas y desvergonzadas apoyándose en una orden, inventada o no daba igual, ya que la simple palabra orden es la clave para comprender a los militares.
El zoólogo afirmó después, naturalmente, que había tapado bien la caja, sujetándola con las correas como es debido, pero el hecho era que cuando volvió la tapa estaba en el suelo y la caja vacía. Y entonces todos cogieron muchísimo miedo. Primero trataron de dominar su miedo, como suele hacerse, metiéndose con el zoólogo, pero cuando, de pronto, descubrieron que con gritos no conseguían quitarse el miedo de encima, se pusieron a buscar. Buscaban como busca la gente cuando está muy asustada, pellizcando las mantas y levantando los colchones con cautelosísimos movimientos para mirar debajo de ellos. Se ponían de rodillas en el suelo después de comprobar que la serpiente no tenía alas y podía amenazar sus cuellos. Pero, al mismo tiempo, daban gritos muy altos, a semejanza casi de ciertos indígenas salvajes que baten sus tambores para asustar a los malos espíritus. Gritaban y aullaban para poner en fuga a su propio miedo. Se pasaron la velada entera buscando, y se volvían más estentóreos y más asustados con cada momento que pasaba. Pero la búsqueda fue en vano.
La primera noche pasó de cualquier manera, porque eran bastantes los asustados y pudieron repartirse el miedo de modo que cada uno recibiera la misma ración que los demás. Los que no durmieron trataron de incorporarse sobre sus brazos todo lo más que les fue posible, para no topar con la serpiente, pero, por desgracia, no consiguieron separar sus brazos de su consciencia; y los que pudieron dormir se llevaron su ración de miedo al sueño.
Al día siguiente recibieron orden de salir armados. Desaparecieron, saliendo por el portal del cuartel y subiéndose a los grandes camiones de transporte de tropas cuyos motores zumbaban perezosamente. Se sentaron en su interior, muy apretujados en los bancos, de aquellos camiones abiertos, con los cañones de sus armas saliéndoles de entre las piernas, inclinados y con rostro de deportados forzosos.
Y luego, durante la primera, la segunda, la tercera noche, nadie consiguió pegar el ojo. Ahora eran demasiado pocos para repartirse el miedo como se reparten paquetes de acciones, y su compañerismo sufrió entonces un sorprendente cambio. Antes se juntaban con la mayor desgana, y solamente cuando había que juntarse contra alguien, pero ahora tenían miedo de estar solos. Como no existe medio más eficaz de hacer amigos que el miedo compartido, nada tiene de particular que, en este caso, los tentáculos se extendieran también hasta el mismo Gideon.
Gideon pasó despierto la primera, la segunda y la tercera noche. La primera noche le pareció oír el reptar seco del cuerpo de la serpiente por el suelo. Se encerró en la manta como en una bolsa, y la envolvió tan fuerte en torno a sí que no podía caber el menor miedo entre ella y su cuerpo. La segunda noche le pareció que su miedo había disminuido mucho. Escuchó en la oscuridad, hasta con una sonrisa divertida, para ver si captaba algún ruido, pero por mucho que esperó no consiguió oír nada; a pesar de todo no le era posible dormir. Pero la tercera noche, cuando terminó el último de contar su cuento, comprobó con grande y auténtica sorpresa, quizás la más auténtica de toda su vida, que el miedo seguía latiéndole dentro, aunque ya había olvidado a la serpiente. Había llegado a un acuerdo con ella. Había pensado: Esto, por supuesto, no es más que un bluff, es el zoólogo que quería tomarnos el pelo, se metería a la serpiente en el bolsillo del pantalón, porque, si no, se cae de su peso que ya la habríamos encontrado. Y su autodisciplina, o sea, su capacidad de engañarse a sí mismo, era tan grande que llegó a creérselo.
Pero cuando comprobó que seguía sintiendo miedo, comprendió, por fin, aunque fuese a costa de casi todo lo que había creído antes, que la serpiente era un símbolo, un pretexto: tarde o temprano habría tenido que suceder. Miró en la oscuridad y extrajo de ella un recuerdo: él y su madre estaban comiendo, y esto sucedía en un periodo muy oscuro de su vida en el que no había días de cumpleaños; tendría él entonces diez u once años. Habían comido en silencio, y ahora estaba comiendo el ruibarbo con crema, que estaba duro y se masticaba con dificultad y le hacía cosquillas en la garganta.
-Come -le dijo su madre, aunque él trataba de comer lo mejor posible-, tienes que comer.
Había tres sillas en torno a la mesa, y una de ellas estaba vacía. En la mesa, delante de la silla vacía, había un plato con albóndigas, y otro, hondo, con ruibarbo con crema. El había comido tan a desgana que se sentía mal con sólo mirar aquello. Todo el tiempo, mientras comía, había oído los pasos de su padre golpear el suelo en la habitación de arriba. Su padre iba tan rápido que al niño le daba vueltas la cabeza cada vez que trataba de seguir sus pasos. Finalmente, terminaron de comer, y cuando él juntó las manos sobre el brazo de la silla se hizo de pronto un silencio insoportable. El hombre que estaba arriba se había parado, y el niño no se atrevía a moverse. Pensaba que su padre bajaba ahora por el techo y se ponía en equilibrio sobre su cabeza. Esto le hacía muchísimo daño. Luego se oyó el grito, el grito de su padre, y esto le liberó. Una tarde oyó a sus padres hablar de ello, pero él no conseguía comprender que una persona tan grande como su padre pudiera estar asustado.
Una tarde, mucho después, cuando estaban regando berros en el jardín, su padre le dijo de pronto:
- Un día tendrás mucho miedo. Te sentirás tan asustado que pensarás que no lo puedes soportar, pero siempre se soporta. Lo que pasa es que antes de seguir tiene uno que ejecutarse a sí mismo.
Tanto le emocionaron estas palabras que el agua se le salió de la regadera y le mojó los zapatos, y esto ocurrió inmediatamente antes de que encontraran a su padre caído de bruces entre los ruibarbos.
¿Qué quiere decir esto?, se preguntaba ahora, ¿qué quiere decir conocer el reloj, ser exacto, ser puntual, ordenado, fiel al deber, trabajador, cuando, a pesar de todo, nada de esto te puede liberar de este brete? ¿Por qué no es uno un mecanismo de relojería, cuando hay tantísimos que querrían serlo? ¿Por qué no hay en todo el mundo ninguna empresa de seguros capaz de liberarnos? ¡Qué primas no estaría uno dispuesto a pagar por ello!
De pronto descubrió la salida. Por su gusto se habría puesto a dar gritos de alegría. Claro que había un seguro. Hojeó ansiosamente el prospecto. Primas baratísimas, una décima parte del asegurado cada trimestre, y a todos los clientes que quedasen descontentos se les devolvía la prima con sólo que lo pidieran.
Y entonces se dio cuenta de que ya había sacado aquella póliza, de que estaba pagando puntualmente la prima todos los días. Pero esto no era suficiente, tenía que acelerar los pagos. La casa de seguros exigía ahora, de pronto, que invirtiera en ella todo cuanto le quedaba a Gideon en su cuenta de la caja de correos, y él comprendió que no iba a tener más remedio, aun cuando tuviera que gritar cuando fueran a separarle de sí mismo.
Al toque de diana pensó que ya sabía lo que iba a tener que pasar. El seguro contra el miedo sería como todos los demás seguros. Pisa fuerte, le gritó el agente, jura, ponte a jugar, olvídate de que el reloj está ahí para ti, aprende incluso a negar la posibilidad de que el orden tenga la menor importancia para tu satisfacción. Confiésate a ti mismo que el que se comporta ejemplarmente, rastrilla las veredas de su jardín y le quita el polvo a las encuadernaciones en cuero, lo hace únicamente por cobardía, porque sabe que hay otras cosas que hacer, pero se aferra a éstas para evitar el verse obligado a lanzarse a algo desconocido. Fíjate en todos estos setos tan bien podados, en todas estas colecciones de sellos tan ordenaditas, señor asegurado, y piensa en todo el miedo que acecha detrás de todo esto.
¡Compañeros, quería él gritar cuando sonaba el toque de diana y todos se bajaban de los catres con malhumorados gruñidos matinales, oídme, compañeros!, ¡a partir de hoy soy otra persona, ahora voy a echar abajo todos los muros y reunirme con vosotros!, ¡quiero ser uno de vosotros, recibidme!, ¡alegraos!, ¡esta noche me he ejecutado a mí mismo y, por eso precisamente, me he vuelto otra persona!... Pero, naturalmente, la cosa no podía ser así, porque no se puede hacer uno amigo de otra persona, entrar en comunidad con otra persona, por el simple procedimiento de desnudarse hasta tal punto. No, hay que arrastrarse, entrar furtiva, cautamente, tener mucha prudencia. No se puede arriesgar uno a hacer el ridículo, entre risotadas, cuando se lanza a misión tan delicada.