La serpiente La serpiente #2
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La serpiente #2

Luego llegó la guerra, y él, que siempre se había reído de la política, lo único de que puede reírse una persona amante del orden y pacífica, siguió riéndose de ella. Pero se sintió emocionado cuando la guerra tuvo lugar en Finlandia, y dio enseguida su óbolo en las colectas. Y así es como empezó a hablar de la patria, porque, de pronto, comprendió que su propia patria tenía muchísimo más derecho que todas las demás patrias. Este descubrimiento le llenó de alegría porque hasta entonces no había estado nunca tan completamente seguro de que era posible amar a la patria sin ser político. Y ahora le llenaba un maravilloso alivio, y este alivio lo sintió casi al mismo tiempo que caía París. Algo parecido volvió a ocurrirle un poco más tarde. Entre tanto había adquirido muchas obligaciones del Tesoro para la defensa, y se decía que éste era el deber de todos para con la patria, y, además, para un hombre amante del orden como él, era algo muy atractivo eso de poder comprar acciones de la patria.

Y así las cosas, empezó a resultar evidente que Alemania iba a perder la guerra, y, un día, de pronto, le pareció meridianamente claro que en realidad era posible desear que la ganaran los aliados sin volverse político por este hecho, porque a él esta idea se le había ocurrido mucho antes de que se comenzara a hablar de los «malditos alemanes».

Un día fue llamado a filas y muchos pensaron que ya era hora. El se dijo que era un deber para con la patria pasar por las incomodidades de la llamada a filas, y se dedicó a escribir listas a máquina de todo lo que debía llevar consigo. Trabajaría en la administración militar, porque no estaba bien del corazón. Dejó a la asistenta viviendo con su madre y se sintió lleno de alegría y expectación al subirse al tren.

Pero cuando llegó se dio cuenta enseguida de que nada era como él se había imaginado que iba a ser. Al principio había pensado que la preparación militar quería decir que uno iría por ahí siempre listo para la defensa, siempre con el arma cargada, con el dedo índice contra el gatillo, siempre alerta, con los ojos siempre abiertos y pendientes de todo. Por las novelas y los poemas que había leído él sobre preparación militar se había hecho a la idea de que el soldado sueco no tenía necesidad de comer ni de dormir, y tanto menos de pensar, ni tenía otra cosa que hacer que estarse firme en su puesto de vigilancia junto a un puente o un precipicio, y que, por causa de la patria, cambiaría sin la menor vacilación su cartera por el librillo de las regulaciones militares en el bolsillo interior de la guerrera.

Ni siquiera le dieron arma cuando llegó. Tuvo que estar esperando un día entero para que le dieran calzoncillos y botas y casi otro tanto para que le asignaran una cama en la residencia militar. El tercer día le dieron una mesa y una silla en la administración, y el quinto, que cayó en domingo, también se le dio algo que hacer. Durante todo este tiempo no había hecho otra cosa que darse vueltas por el cuartel, y se fijó con sorpresa en lo manga por hombro que estaba allí todo, cómo, por ejemplo, el encargado de barrer el pasillo tardaba medio día en hacer el trabajo de una hora para que no le encargasen vaciar los cubos de la basura, y cómo el encargado de vaciar los cubos de la basura los llevaba de un sitio para otro entre la escalera y el retrete cosa de media docena de veces hasta, por fin, sacarlos, para evitar así que le encargaran luego asear el pasillo. Los que trabajaban en las oficinas sacaban sus legajos de 1940 ó 1941 y los ponían junto a sus máquinas de escribir, y siempre tenían en las máquinas las mismas cartas empezadas a fin de dar la impresión de que estaban trabajando. Esto era fácil, porque los que debían velar porque no perdieran el tiempo tenían que estar recordándose a sí mismos constantemente la importancia de su función sin por ello llegar nunca a tomarla en serio todo lo que hubiera sido de desear. Por el contrario, una cierta altanería, que en ellos era ingénita, les inducía cada mañana a estimular en los otros la pereza y el obstruccionismo.

Pero el que había dado su apoyo al empréstito de defensa se quedó absolutamente aterrado al darse cuenta de que en la actitud, que tan popular llegó a ser, de quejarse y protestar cuando la guerra de Finlandia, y que se dio en llamar derrotismo, participaba prácticamente todo el mundo. Muchos anuncios destinados a mantener alta la moral militar hubieron de ser arrancados de los tableros de avisos de su compañía para que cayera en que lo que él y muchos más llamaban derrotismo no era otra cosa que un necesario reflejo de autoprotección contra el siniestro, estúpido y temerario espíritu militar que se disfrazaba de amor a la patria y que llegó a ser sumamente repulsivo para quienes barrían los suelos del patio trasero de los preparativos defensivos.

Al principio él trató, a pesar de todo, de vivir como se vivía en esos anuncios: rígidamente, con consciencia de los objetivos a cumplir, pendiente siempre del reloj. Esas figuras de los anuncios tenían con frecuencia sus deberes tan cronometrados que parecían publicidad de relojes de pulsera para caballero, pero en el patio trasero de los preparativos de defensa nada se hacía consultando con el reloj. El se atuvo al horario durante tres semanas, o, quizás, un poco más; volvía del descanso de la tarde después de una hora exactamente y nunca pasaba más de media hora justa en el café de la calle de Banér, donde se jugaba al futbolín cuando había dinero, y, cuando no, al ajedrez de los vagabundos [En el original, Lufarschack, juego muy sencillo que requiere dos personas, pluma y papel cuadriculado, y que no tiene correspondencia en castellano. (N. del T.)] y a los dados cuando se tenía dinero y se quería tener un poco más. El no jugaba nunca a nada porque se pasaba todo el tiempo escribiendo cartas a su madre o leyendo la prensa de la comarca que recibía la compañía.

Mientras todo esto ocurría en torno a él había empezado ya a ocurrir también algo en su interior sin que él mismo se diese cuenta, pero lo cierto es que el miedo le indujo a la introspección, y cuando comprendió que estaba cambiando cogió más miedo todavía. Entonces comprobó que él, que había pasado verano, invierno, primavera y otoño recorriendo su pequeña ciudad por el camino de la parte ajardinada en compañía de su madre, o subiendo por la calle que le conducía a su trabajo, o jugando al bridge por las tardes, y explicando, con un lenguaje controlado y sin apasionamiento alguno, a los que iban y venían como él, las ventajas de las diversas estaciones del año, ahora era capaz de decir una palabrota, un juramento, sin reaccionar inmediatamente después contra tal desmán. Y, de la misma manera, pudo comprobar también que él, que no sólo no había tenido necesidad de hacer ningún esfuerzo por llegar a ser lo que su madre y él mismo llamaban limpio, sino que siempre lo había sido, deseaba ahora en secreto poner su cuerpo a prueba contra el de alguna otra persona, y después jactarse de ello delante del espejo en el cuarto de los lavabos, como hacían los demás cuando llegaba el atardecer. Y con un sobresalto de ironía, o quizás fuese pena, en las comisuras de los labios, constató, con afortunada imagen, que hasta entonces se había comportado como un reloj de pared correcto y exacto en un bar del oeste norteamericano que continúa, terco, dando la hora a tiempo por más que al péndulo le hayan pegado dos tiros y el cristal esté destrozado y los clientes yazgan todos inconscientes bajo las mesas.

Todo empezó un día en que entró él en el pasillo después de subir la escalera. Era un caluroso día de agosto y nubes de arena colgaban inmóviles sobre el patio. Las secciones armadas de la compañía acababan de volver de una maniobra de tres días junto con la fuerza que había sido asignada a un acuartelamiento situado más al sur. Venían a pie desde la Estación Central con armas y pesados bagajes con todo aquel calor encima y por eso se cernía una gran nube de sudor bajo el techo del pasillo. Las voces eran altas y alegres, como siempre que volvían los hombres de una de estas duras expediciones, convencidos de que aquella sería la última de todas. Los bagajes yacían por el suelo en informes montones como estiércol de algún animal gigantesco.

En el fondo mismo del pasillo había un pequeño grupo, inmóvil y silencioso, y todos miraban a un chico alto que llevaba corbata negra. El fue por entre los bagajes que había en el suelo exhalando calor y se preguntó al principio por qué estarían todos tan quietos. Luego, cuando era demasiado tarde para buscar una excusa que le permitiera irse de allí, vio que del brazo del muchacho colgaba una serpiente. Empezó entonces a sentir un poco de miedo, no más del que es posible dominar, pero preocupante para él, tan poco acostumbrado al miedo. Luego tuvo oportunidad de oír la historia de la serpiente. Era que le habían cambiado a alguien la mochila durante la maniobra. En la última tarde, cuando volvían al cuartel, alguien se había puesto a gritar y a meter bulla protestando de la falta de su bonita mochila nueva; la que le habían dejado en su lugar era vieja y con las correas rotas. Todos corrieron a verla, pero nadie la quería tocar. Entonces el robado abrió la mochila, miró en su interior y se puso completamente pálido y la arrojó de sí. En el fondo había una serpiente, y a uno de los muchachos, que estudiaba zoología en la vida civil, le dieron tres coronas para que la sacara de allí. Pero no la mató, sino que se la llevó consigo, porque decía que quería hacer experimentos.

Y ahora la serpiente tenía su caja en el armario. Ahí se pasaba echada los días y las noches y todos se maravillaban de lo distinto que se había vuelto el armario desde que estaba en él la serpiente. Era exactamente como si se hubiera convertido en un armario nuevo, y todos habrían jurado que ahora era más alto

y más amenazador y con colores más agresivos que todos los demás armarios del pasillo.