La serpiente
Cuando llega la noche y las lámparas desnudas comienzan a lucir sobre los sucios portones cuarteleros en el caserón de anchas escaleras polvorientas de piedra, cubiertos de escupitajos sus primeros escalones, hay un momento en la vida del cuartel en el que el habitante, que va y viene en la obscuridad por el patio y hacia la lámpara, piensa de pronto que todos los pasos cuyo eco ha resonado contra las paredes, todos los tiros de fogueo que han detonado, todos los gritos, órdenes o chillidos de desesperación que se han levantado por el patio del cuartel durante días de lluvia, sol cortante, granizo o pingüe nieve, desde 1890, siguen colgando sobre su cabeza en forma de nubes altas, implacables, opresivas. Quizá se asuste y quiera salir corriendo, alejarse de todo esto, pero lo que ocurre es que no tiene otro sitio a donde ir que donde está la lámpara. Y entonces pasa corriendo junto a ella y va al cuarto de reunión, una vasta estancia cuartelera con un retrato de Carlos XII en la pared, un piano que fue destrozado el año mismo en que lo instalaron allí y seis filas de largos bancos pardos para sentarse y oír las arengas. Hay también una radio en una mesa junto a un montón de revistas del regimiento que ya se han leído todas con sólo haber leído una. El disco de cristal de la radio donde se indican las estaciones está tan roto como el botón de buscarlas. El habitante del cuartel mete una regla por la parte de atrás del aparato y golpea el mecanismo hasta que oye música.
Luego lo puede dejar si quiere, porque ya se echa encima la hora de dormir.
Pero si está asustado puede salir al pasillo, que es largo y ancho y sucio. Allí decenas de miles de pares de zapatos han desgastado el suelo de madera, abriendo hoyos en él. Decenas de miles de pares de manos han gastado las puertas de los armarios de los soldados hasta combadas y torcerlas. Decenas de miles de pares de ojos han mirado hostiles, o simplemente desesperados, al techo del pasillo, que es gris y está lleno de lámparas muertas. ¿No habrán tenido que dejar huella en el techo tantísimos ojos? Va hacia la ventana, donde decenas de miles de pares de codos, o quizá sean cientos de miles, han manejado los ganchos de las contraventanas sobre el alféizar, mientras todos esos ojos miraban el patio del cuartel, lleno de caballos emparejados o de coches, tanto a la luz del día como en plena noche, como ahora.
Pero todo esto, tanto Carlos XII, colgando de la pared, como los hoyos del suelo, se llama tradición. Así es como lo llaman todas las almas fuertes que llevan correaje, todos esos esclavos de las frases que por la mañana, al despertarse, se hinchan el pecho pensando en desfiles para evitar así que la caja torácica se les junte con la espina dorsal. Pero para el que está asustado y va solitario por el pasillo en espera de que se le termine el permiso, la tradición es algo temible. Gritaría, pero el que tiene miedo cuartelero no grita, porque siente una presa en el cuello.
Y llega un momento del miedo cuartelero en el que tradición significa el recuerdo de todos esos muertos, de los que se han ahorcado o se han pegado un tiro o han saltado de la ventana del desván desde 1890. Y entonces el que tiene miedo piensa de pronto que los cadáveres de uniforme cuelgan del techo a lo largo de la pared por encima de los armarios, o que los cadáveres de los que se han envenenado yacen de bruces en posturas rígidas sobre los bancos del pasillo, o bien que hay cuerpos sentados en los rincones obscuros del pasillo con la cabeza colgando y la boca ensangrentada abierta y el arma, con su correa de cuero reluciente y satisfecha de sí misma, sobre las rodillas.
Y entonces sale corriendo, pero ¿a dónde irá? Sobre el patio se cierne la nube y afuera no puede salir porque se ha dejado el volante del permiso dentro y pronto tocan a retreta. Con manos temblorosas abre el candado que cuelga de la puerta del cuarto de la administración, y cuando entra se apresura como loco a encender las lámparas del techo. Aquí huele a virutas secas entre las grietas del suelo, que parecen rendijas de huchas cuando se para uno a mirarse los zapatos.
Al principio fue el olor lo que le hizo sentirse mal y también la suciedad del suelo y el muchísimo polvo que había en las escaleras y en las mesas y en las baldas y en los documentos que iba a tener que copiar. Habría podido vomitar sobre toda aquella gente en torno a él que ya había dejado de tomar las cosas en serio, o quizá fuese que no habían empezado nunca. Se rieron cuando se ofreció a limpiar el suelo del cuarto de la administración con un cepillo de fregar, sonrieron desdeñosamente cuando preguntó en qué orden debía guardarse la ropa interior en el armario del pasillo. Y el día en que limpió la hoja de cristal de la mesa ele trabajo del sargento con alcohol etílico le dejaron que comiera solo.
Pero la verdad es que no tardó en rendirse en toda la línea. El orden, trataba él de decir, ¿no es cierto que el orden es lo más necesario de todo? Pero nadie le hacía caso. Y pensaba, sólo porque había aprendido muy pronto a leer el reloj, pues, eso, pensaba que siempre lo había sabido. Pensaba que no podía vivir sin reloj, y los días en que lo tenía el relojero se sentía en cierto modo como fracasado. Toda la gente conocida suya en la ciudad de donde procedía tenía reloj: de péndulo en sus casas y de pulsera en la muñeca, con brazalete inoxidable, regalo de cumpleaños por ejemplo, y lo llevaban siempre consigo a dondequiera que iban. En las veladas de bridge, dos viernes al mes, trataban de engañar al reloj después de beber tres copazos, nunca bebían más de tres, y el que lo conseguía se convertía en objeto de envidia general y nunca más volvía a intentarlo.
A veces su madre estaba despierta cuando él volvía a casa un viernes sí y otro no, y para entonces la asistenta ya se había ido, de modo que tenía que ayudarla él a meterse en la cama.
- Estoy muy sola desde la muerte de papá -decía ella, y esto lo decía a pesar de que él siempre había vivido en casa.
Con frecuencia su madre quería salir a dar un paseo cuando empezaba a atardecer, y éste era un capricho suyo de siempre, desde el comienzo mismo de sus recuerdos. El nació estando ya su madre en el umbral de la vejez, de modo que cuando tuvo edad de salir de paseo con ella iba a pasos muy cortitos, por miedo a caerse. Salían del chalecito, con su seto y su verja de hierro, e iban por la acera derecha por los barrios ajardinados de la ciudad, dejando siempre a sus espaldas los grandes edificios de cemento armado recién construidos. Es decir, ella los veía siempre recién construidos, pero la verdad era que hacía años que se levantaban con sus aterradoras superficies húmedas, y él, contando los años que hacía desde su construcción, se decía que el tiempo pasaba muy deprisa. Los inviernos, cuando salían juntos, hablaban de la nieve que enguataba los solares o del hielo que cubría la calle y que nadie cubría con guijo; en cuanto llegaba la primavera hablaban del peligro que suponía el agua de nieve para las fuentes; en el verano del aroma de las florecillas o del calor opresivo o del hombre que había aparecido muerto en la parcela del ruibarbo hacía no sabían con seguridad si uno o cinco u ocho años, y que era, respectivamente, su marido y su padre.
El se acordaba de que después del entierro del jefe del departamento se había acercado a ellos dos, que estaban entre parientes y gente entristecida que tomaba café en la sala de reuniones, y les dijo lo mismo que había dicho ante la tumba: que tanto la familia como la empresa podían estar orgullosos de haber tenido entre ellos a una persona tan como es debido y tan fiel a sus deberes (eso de fiel a sus deberes sonaba decididamente mejor). Después, uno de los cínicos de la familia había dicho bastante alto que ahora Gideon recibiría aumento de sueldo, porque el jefe del departamento era también jefe de Gideon. Y así, poco a poco, fue ascendiendo hasta llegar a segundo contable, que era donde se había atascado su padre, y sentía una cierta pequeña satisfacción al pensar que acabaría subiendo más alto que él.
Cuando llegaba el otoño miraban los dos las manzanas de los jardines vecinos durante el paseo y pensaban que las suyas eran mejores. Luego caía la nieve y notaban, con ligera sorpresa, que ya había transcurrido un año más, que él no había tenido ningún problema durante el recién pasado, y esperaban que en éste llegara por fin a primer contable. Pero él no se daba cuenta de que sus pasos se hacían más cortos cada año que pasaba, y de que su madre era la única persona con quien podía pasear sin miedo a tropezarse. Comenzó a reverenciar los libros de la empresa y a pensar en la vida como en una columna bellamente caligrafiada de renglones rectos como reglas y sumas exactamente calculadas; cuando él se fuese, los que quedaran detrás podrían hacer la prueba de todas sus sumas y comprobar todos sus ingresos y anotaciones, y llamar a los revisores, porque a él le parecía que la conciencia es una de esas cosas cuya necesidad sólo surge cuando todo ha terminado.