La muñeca de trapo #5
El miró con repulsión el cuerpecito sucio y el imperdible reluciente que le brillaba en la nariz. Se fijó entonces en que la cabeza era de tela y alguien la había cortado con un cuchillo, de modo que se le veía el relleno, que era de una especie de serrín. ¿A dónde va toda la pulcritud?, pensó, y yo, asiéndome a ella convulsivamente y rehusando aceptar que desaparece gota a gota día tras día. La vieja ésta no me da pena. ¿Es acaso peor que yo? ¿No es cierto que se ha sacrificado por él más que yo? ¡Ella es la culpable! Comenzó a tener pena de sí mismo, que había sido blanco inocente de todas las sospechas.
De pronto la vieja se dejó caer sobre la cama y se puso a mirar al techo con los ojos medio cerrados.
-Tenga la bondad de despertarme cuando vuelva del circo -le dijo-, prométame que lo hará así. Me pondré contentísima entonces.
En el mismo momento de decir esto se quedó dormida y él siguió sentado escuchando al grifo goteante y la respiración de la vieja. Y cuando la respiración llegó a ser más fuerte que el grifo, se levantó, cobarde, y se fue. Dejó la puerta a medio cerrar para no despertarla al cerrarla. En el piso de arriba de la casa la juerga estaba en su auge. La pelirroja gritaba y el gramófono sonaba. El deseó estar con alguien que le acariciase, le hablase de todo. Pero por lo menos había recuperado la calma; pensó que llevaba en el pecho una balanza cuyos platillos pesaban exactamente igual. Las pesas (cobardía y temor contenido, aunque esto él no lo sabía) tenían justo el mismo peso que la armonía.
En el portal tropezó con el niño. Estaba buscando a tientas la llave de la luz, aunque en la escalera había claridad. Sus ojos no se encontraron, y el niño habría pasado corriendo junto a Sorenson de no ser porque Sorenson se le puso delante. Y si hizo esto no fue porque le había sacrificado. Lo único que quería era darle las gracias por el sacrificio. No ocurre todos los días que alguien se sacrifique espontáneamente en aras de la serenidad ajena. Con frecuencia hay que persuadir a la víctima a fuerza de golpes. Por esto mismo le atrajo hacia sí y le acarició suavemente el cabello. El no sabía lo caro que es el sacrificio. ¿Serían bastantes veinticinco céntimos o sería poco una corona?
Mientras estaba pensando esto notó de pronto que el delgado cuerpo del niño se soltaba y colgaba de su brazo. Luego se contrajo como un músculo y la cabeza le colgó como rota. Se puso a vomitar en el vestíbulo sobre el brazo de Sorenson. Sorenson le puso la mano bajo la barbilla y sintió lo violenta que era la erupción interior que sufría. Le volvió cuidadosamente de espaldas cuando notó que se le estaba pasando y entonces fue como si viese por segunda vez los ojos del niño. Y como la luz de la escalera seguía luciendo no pudo menos de ver en sus ojos la razón de que hubiera vomitado. No había sido por causa de vino o de comida grasienta, sino de asco ante el repulsivo mundo de los mayores, ante la marrullería que había en todos sus actos, ante la cobardía, o sea, ante el miedo a sentir miedo. Había vomitado contra Sorenson, que creía que se puede escapar de la angustia ajena como se escapa de la cuenta de un figón.
Sorenson salió corriendo a la plaza, y aunque la tarde era fresca se sintió empapado en sudor. Pasó rozando el obelisco, y mirar el agua del río era como mirar en un tintero. Veía ahora con meridiana claridad que todo aquello no había sido otra cosa que cobardes tergiversaciones. Comprendió perfectamente que el obsequioso comité de identificación no se había atrevido a llegar a otro resultado porque el jefe se llamaba cobardía. Dio la vuelta a todo correr al puente de Skepp, pero al volver la esquina se sintió tan cansado que casi se cayó. Se apoyó contra una barrera y vio el agua negra retorcerse en tormentos a sus pies. Los barcos del río, con los cestos de pescar levantados, se pegaban al muelle y la música del parque ya había terminado y se había ido a casa. La luz del tenderete de salchichas del puente del Norte salpicaba detrás del toldo.
Cuando, finalmente, se atrevió a mirar al Grand Hotel lo vio relucir en la escotilla del barco que estaba más lejos, río abajo. La luz bajaba en torrente por el costado del barco y se diluía en el agua. Era allí donde había sucedido. Trató de dejar de mirar, pero el caso era que si miraba a la Opera veía allí la escotilla iluminada, y si miraba a la isla de Skepp, cuyos árboles estaban todos hollinosos, se la encontraba en sus ojos sin remedio. Qué molesto es tener una escotilla de barco en el ojo. Trató de quitársela del ojo como si fuera una astillita, pero no pudo.
Cuando no tuvo más remedio que irse sintió en el bolsillo la muñeca de tela.
La sacó y la examinó a la luz de la escotilla luminosa que tenía en el ojo. Donde le salía el relleno aplicó una cerilla encendida y luego arrojó la antorcha al río.
A través de la escotilla luminosa la vio relucir sobre el agua como una luciérnaga por un instante solamente. Luego se apagó a toda prisa y siguió la corriente.
Quizás desapareciese bajo el reborde del muelle y se quedase allí, cogida entre cajas de cerillas o preservativos usados. Fini.