La muñeca de trapo #4
Ahora apenas si había ya diferencia entre el miedo y la alegría. Descubrió de pronto que estaba solo, no había en la arena otra cosa que un cubo de latón volcado con el fondo medio roto. Despertó y sintió el alivio del que despierta después de un sueño angustioso. ¡Dios mío!, ¿qué habrá pasado? No había pasado nada, esa era la verdad, nada de todo lo que habría podido pasar. No se habían encontrado. No habían tenido necesidad de vomitar juntos o de llamar a la policía para protegerse el uno del otro. No habían tenido necesidad de sentirse juntos una vez más. Podían continuar cada uno por su lado, tirando cada uno de su suerte o, por lo menos, de su tranquilidad, que siempre es relativa.
Mientras él iba por la calle camino del banco del parque sintió una callada alegría por haber sacrificado al niño. Pero ¿por qué servirse de palabra tan dura?, se dijo, al fin y al cabo lo que había pasado había sido lo mejor; siempre hay alguien que tiene que salir perdiendo, ¿y no es quizá lo mejor que ése sea precisamente el que menos sabe del asunto? Él prefería no recordar que cuando estaba persiguiéndoles tampoco sabía tanto de aquel asunto como ahora. Con lo fácil que es actuar sin eliminaciones. Con un poco de costumbre en seguida se olvida todo lo que no es ventajoso para la propia paz.
En aquel momento oyó ruido de ramas a su espalda entre los arbustos y se volvió, esperando ver aparecer un perro o una rata. La luz caía de las hojas que ahora relucían de lluvia reciente. Miró, lleno de curiosidad, entre las ramillas que se sacudían las últimas gotas de lluvia. También a él le goteaba cuello abajo, y se estremeció. Ahora, de pronto, alguien se puso a gritar muy bajo, y él se dijo que sería uno que trataba de llamar a su perro, y no pensó más en el asunto; en lugar de pensar lo que fue tratar de adivinar detrás de qué fachada viviría el niño. Ya no sentía arrepentimiento, esto es cierto, pero eso no quiere decir que hubiera perdido todo interés por la suerte del niño. Pensaba en él con una cierta simpatía, como se piensa en una persona que va delante de uno por la calle y le cae una teja en la cabeza que igual habría podido caerle encima a uno. Esperaba que no estuvieran ahora demasiado inquietos por él los que tenían su destino en sus manos.
Pero de todas formas ya era demasiado tarde. Alguien le cogió suavemente por el hombro y él dio la vuelta en el banco como una peonza, dispuesto a defenderse. No era más que una viejecita, con la cabeza descubierta y una negra arruga en la frente, que le miró a los ojos y le dijo:
- ¿No ha visto usted al niño, señor?
- ¿Qué condenado niño? -gritó su conciencia despierta,
que solamente había caído en un ligerísimo sueño-, ¿es que tengo que estar pendiente de todos los niños de esta ciudad o qué?
Y entonces la vieja salió de los arbustos y se sentó junto a él en el banco, y él miró sus manos cuando las dejó descansar sobre sus rodillas y se dijo que parecían piedras, piedras planas de esas que tiran los niños al mar para que reboten.
Ella, al principio, no dijo nada, se limitó a estar allí sentada, y tan inclinada tenía la cabeza que podría habérsele caído del cuello. Él entonces trató de aprovechar su silencio para levantar grandes muros en torno a su cobardía y sus miedos. Siguió sentado, tratando de calcular dónde podría iniciar el ataque; finalmente fue la vieja quien habló, y no estaba claro si era a él a quien se dirigía:
-Soy la abuela del niño. Y ahora ha desaparecido. Me he pasado la tarde entera corriendo de un sitio para otro. He ido a casa de los Matsen, he estado en la tienda y he llegado hasta Palacio. Fíjese, hasta el puente de Skepp, y lo he pasado y vuelto a pasar. He mirado en los portales y he preguntado en la escuela.
¡Dios mío!, ¿qué voy a hacer ahora?, ¡estoy asustadísima!
Pero él ya tenía listos los muros, y dijo consoladoramente, tan consoladoramente como es posible cuando se habla con un enemigo a quien se está seguro de poder derrotar:
-Hale, tranquilícese. Habrá ido por la ciudad con algún amigo. A lo mejor es que se han ido con el circo nuevo ése que llegó anoche. Recorrió la ciudad entera y se instaló en el jardín del Stallmastare. Ya se sabe lo que son los pequeños (la verdad es que el circo ya no viene a Estocolmo de esta manera, piensa, sintiéndose cubierto de sudor.)
La miró a las manos, porque no se atrevía a mirarla al rostro, y vio que se asía a imposibilidades. Naturalmente que ella no creía esto que le había dicho, ni más ni menos que él mismo, y, sin embargo, a los dos les era útil creerlo. - Será lo que usted dice -dijo ella-, naturalmente que ha
de ser lo que usted dice. No hay que fiarse de los niños. Pero, así y todo, estoy asustadísima, no sabe usted lo asustada que estoy, estoy asustadísima de estar sola.
- Dígame -añadió, y, diciendo esto, le miró a los ojos,
pero él no conseguía pasar con los suyos de la negra arruga que tenía la vieja en la frente-, ¿no me haría usted el favor de venir conmigo arriba y hacerme compañía hasta que vuelva el niño? Así me ayuda a esperar. Ha sido usted muy amable, pero a lo mejor esto es pedir demasiado.
Y tanto que lo es, habría querido gritar, ¿ha oído usted jamás que se pida a alguien subir arriba a ahorcarse?, pero entonces su miedo dio un curioso rodeo, y la siguió, pensando: «Sí, bueno, ¿y por qué no?, he sacrificado al niño, a ella me tiene sin cuidado sacrificarla, ¿no es eso lo que está diciendo?: sálveme usted a mí. ¿Y por qué no lo voy a hacer? Sacrificar lo que hay que sacrificar, salvar lo que hay que salvar, ¿no es ése el modelo a seguir?
Y por eso la siguió. Vivía en el primer paso de la casa estrecha e inclinada de la calleja. Olía a moho y a periódicos viejos, la escalera estaba desgastadísima y hubieron de hacerse a un lado para dejar pasar a la chica que había estado dando de comer a las palomas. Ahora estaba borracha y sangraba por la rodilla. Sin duda se habría caído por la escalera. En lo más alto se oyó el grito de la pequeña de la pala. Seguramente era que estaba sola y gritaba lo más alto que podía.
La casa de la vieja era sólo una habitación a la que se entraba directamente del vestíbulo. Apestaba a platos sucios que habían ido amontonándose sin que nadie los lavara. Él se sintió mal, y justo cuando se sentía peor que nunca se dio cuenta de pronto de que ya se había acostumbrado. Se sentaron cada uno en su catre de hierro junto a la ventana.
- Aquí es donde suelo sentarme para verle jugar con la arena. Hace castillos y se pone muy contento con su bonito traje nuevo. Un día le dio su do el jardinero una pala verde nueva, pero la chica ésa tan mala se la quitó y la tiró a la calle.
Él tuvo que apoyarse bien contra la cama de hierro y oírla chirriar para convencerse de que estaba despierto. ¿Qué estamos tratando de hacernos creer el uno al otro?, pensó, ¿qué tipo de escondite es éste que estamos jugando? Y entonces se produjo un silencio que duró largo rato, y el grifo de agua que colgaba sobre una gran pila en el otro extremo del cuarto goteaba apresuradamente. Al lado había una cómoda, y sobre ella una cocinilla de gas, y la llama que salía de ella parecía una dormida florecita azul que algún sádico había hincado en un montoncito de chatarra. Sobre la llama había una cafetera de cuyo pico salía humo.
La vieja le acercó a su lado de la mesa una caja de cartón rojo alegre que parecía de bombones, y mientras ella ponía el mantel él la abrió y vio que contenía fotografías, como había pensado. Era un montón grueso como la mitad de su dedo, y todas ellas del niño. El niño se llamaba Lars-Goran y él le reconoció, a pesar de que en las fotos era más pequeño. En muchas se leía Varberg, 1939, y se le veía en un embarcadero o levantando castillos de arena en la orilla. El sol le daba en los ojos, y él miraba bajo el flequillo. En una estaba en un coche, riendo con las manos cogidas al volante. En ninguna tendría más de cinco años, y, de pronto, Sorenson se dio cuenta de que para la vieja nunca podría tener más. No había comprendido ni quería comprender que el niño crecería, que adquiriría malas costumbres, que juraría, que diría palabras feas, que pegaría a las niñas y se pegaría con los niños. En cierto modo, se dijo él, esto hacía menor su culpa, porque a veces le parecía que todo era culpa suya. ¿Qué más le da a ella, se dijo, que el niño tenga diez o quince años, o que cumpla cinco años más de golpe en una sola tarde, hoy mismo por la tarde?
Tornaron café y ya se iba echando encima la noche. El puso la baraja en la mesa para hacer un solitario, y ella le ayudaba con dedos impacientes. Subió un coche, acunándose, calleja arriba, y se paró delante de la casa. La vieja abrió la ventana y adivinó quién iba a salir del coche. Pero era la pelirroja que daba de comer a los pájaros y un hombre que llevaba sombrero de ala ancha. Subieron la escalera riendo chillonamente. Y cuando la vieja cerró la ventana tenía en la mano la pequeña muñeca de trapo.
-Mire -le dijo, dejándola sobre las barajas-, ¿verdad que es preciosa? Se la dieron el lunes pasado, cuando cumplió cuatro años y desde entonces se la pone en la cama todas las noches y no puede dormir sin darle antes un beso de buenas noches. ¿Verdad que es encantadora?