La muñeca de trapo #3
No había ninguna pasarela, y la escotilla de cubierta estaba cerrada; las barras de la baranda eran puntiagudas. El crepúsculo comenzaba a amontonar sombras sobre las cubiertas, y las gaviotas, con sus cuerpos intensamente blancos, se lanzaban como relámpagos sobre las retinas. Iban a grandes zancadas y en silencio sobre las maromas que colgaban lacias, pero que se tendían como potentes músculos en cuanto la corriente tiraba contra las popas. El hombre saltó ágilmente sobre la baranda y luego ayudó con rapidez al niño a hacer lo mismo. Fueron por la cubierta recién alquitranada, que soltaba a desgana las plantas desnudas de los pies del niño. Salieron de allí, y el niño se asustó y se puso a quejarse, porque, pensando en el cuchillo, tampoco a él se le había ocurrido que el muelle pudiese llegar a tener fin. Echó la cabeza hacia atrás y miró muelle arriba con sus ojos pequeños y asustados. Al mismo tiempo relució una luz en la fachada de palacio y una llama verde de los hilos del tranvía chamuscó las copas de los árboles del Logard.
Sorenson tenía miedo de mirar al niño, sus ojos volaron como balas de máuser hacia el puente de Skepp, y ahora las nubes blancas de las gaviotas se levantaban de los barcos, luciendo un momento bajo el cielo azul que se atornillaba como un yelmo de acero en torno al cráneo de la ciudad.
Como un tranquilo paseante vespertino que va camino de casa, donde le espera un puro, iba ahora Sorenson pasando junto a los barcos, y luego continuó su camino hacia la isla de Skepp. Pensaba que habría debido temblar con todo su cuerpo y chillar estridentemente porque las piernas no le obedecieron al saltar sobre la baranda, pero lo único que sentía ante tal fallo era un ligero desengaño. Era exactamente como una vez en que fue a la boda de un amigo, y cuando llegó allí no pudo entrar en la casa y tuvo que seguir su camino, pasando de largo. Sólo eso, pasar de largo, vergonzosamente simple. Y luego se había sentido muy decepcionado e interminablemente sorprendido. Ahora, en cambio, lo único que sentía era decepción.
Continuó, a pesar de todo, por el muelle desierto, y sus pensamientos se mantenían en equilibrio sobre las cuerdas sueltamente tensas del violín. Un racimo de nubes preñadas de lluvia abrió sus paraguas sobre el cielo de la isla de Skepp y un viento molestísimo se atornilló sobre él llegando de la gran plaza desierta. Comenzó a oscurecer rápidamente el agua y los muelles que flanqueaban la isla y el puente de Skepp hacían rodar grandes almohadones de sombra contra la orilla. El perfil dentudo del Soder sobre los montes del Stadsgard desapareció bajo los negros paraguas, y poco a poco comenzó a llover. Grandes trozos de seda azul oscura se tendían en torno a todos los racimos de árboles verdes y hasta las gaviotas solitarias quedaron cubiertas por ellos. Sorenson siguió por el muelle hasta el arranque del puente de la isla de Skepp, y al volverse y mirar a sus espaldas fue cuando experimentó aquello.
En la lluvia que llegaba despacio del Strom en nubes azules perdió ahora el barco blanco sus contornos, los colores amortiguaban su luz y la tosca chimenea negra se volvió fina e infantil, pero en la escotilla de popa, inmediatamente detrás del asta de la bandera, desnuda como un árbol sin hojas, vio Sorenson dos ojos fijos en él. Sorprendido, comenzó a ir por el borde del muelle, rehaciendo su camino, hacia el barco. Parejas de enamorados se apretaban contra la escalera del Museo Nacional y otras corrían hacia allí sobre suelas ruidosas huyendo de la lluvia. Él no estaba solo, pero estaba solo ante la experiencia inminente de aquellos ojos. Pensó que estarían pegados al cristal de la escotilla, y sólo cuando ya era demasiado tarde se dio cuenta de que, sin duda, habría hecho mejor tirándose al mar, y desapareciendo, que yendo a su encuentro.
El gorro de acero se apretaba en torno al cráneo de la ciudad, que era el suyo propio, y sintió que le hacían daño los tornillos en las sienes, y de pronto se dio cuenta de que iba corriendo por una larga calle que no terminaba nunca y estaba flanqueada por escaparates. Y en todos ellos los letreros eran idénticos. Los crueles ojos del niño oscilaban de ganchos a lo largo de toda la calle que no era más que el costado de un barco con sus escotillas empañadas. Y él corría bajo la lluvia rala y la calle le llevaba ininterrumpidamente hasta el final del muelle. Finalmente se paró y se restañó el agua de la cara con las manos y quedó sorprendido de que no supiese salada cuando le llegó a las comisuras de la boca.
Ahora los paraguas se iban cerrando uno Así pues, fue muy deprisa, pero no tanto que pudiera dar la impresión de una fuga. Cuando llegó al puente del Norte, pensó: «¿Y qué sé yo si, después de todo, era un pariente del niño, y sólo quería enseñarle el barco». Cuando dio la vuelta a la plaza del Parlamento su memoria le recordó de pronto el cuchillo, y pensó: «¿Y qué sé yo lo que hace con el niño? Además, los chicos tienen. que acostumbrarse a valerse por sí mismos». Cuando pasó el puente de la Casa del Gobierno su memoria se puso a contarle que, a pesar de todo, les había seguido hasta el barco mismo. «Bueno», pensó él, irritado, «pero es que también yo tengo mi libre voluntad, y no tengo por qué ser responsable de lo que haga el condenado niño ése». Cuando se metió por la calle de Vasterfang, su memoria le preguntó abiertamente por qué había sentido tanta angustia al acordarse súbitamente de la mirada del niño que llegó incluso a emprender algo que se parecía mucho a una fuga, y entonces él se sacudió de sí la desgana de tal manera que buena parte de ella cayó a la calle, pero el resto se quedó colgando de los hilos de cobre. Toda su sala de espera comenzaba ahora a llenarse de un murmullo de expectación de mecanógrafas alegremente charloteando y de fotógrafos que respondían con zumbadoras cámaras de cine en el comité de identificación. Cuando subió por la colina de la Iglesia Grande pensaba él, sin embargo: Esta noche habrá que pasarlo bien. Lo pensó de manera espasmódica, como piensa uno que se está ahogando y ya es demasiado tarde: Mañana tengo que ir de todas formas a la clase de natación. Esta noche habrá que pasarlo bien. Lo sopló en la calleja como un son arrancado a una trompeta llena de agua. Cuando llegó a la Plaza Mayor comenzó, sin embargo, a seguir a una exuberante espalda cubierta con una chaqueta de sport color rojo oscuro. Pero desapareció por un gran portal que inmediatamente cerró los dientes. Además, había en el portal un jabalí guardián de hocico amenazador. Luego le ocurrió algo que le dio pánico, algo muy extraño. Iba por una larga calle, tan estrecha que incluso una persona que no fuera otra cosa que codos tendría que apretárselos contra el cuerpo para no rozarlos con las paredes. De pronto se le ocurrió que estaba dormido y soñando, y en sueños se vio entonces a sí mismo yendo por la calle estrecha, despacio y con las manos en los bolsillos del pantalón, a un paso alegre y confiado que reconocía, pero que no era suyo. Y en sueños se sintió de pronto alocadamente aterrado, y quería salir corriendo, y el que yacía en su cama y dormía le gritó al que iba por la calle que lo que tenía que hacer era rehacer a todo correr el camino andado. Pero el otro se limitó a seguir calle adelante, sin alterar el paso, y además no podía volver porque la calle se iba cerrando a sus espaldas, y el que dormía se volvió ahora más aterrador todavía, pero todo parecía ya demasiado tarde. De pronto se detuvo en sueños, y ahora las casas amenazaban con tragarle con sus grandes bocazas, pero, en lugar de tragarle, lo que hicieron fue retirarse, y entonces se quedó aterradoramente solo. Estaba en pie en un lugar abierto donde las farolas salpicaban y los árboles lucían. Estaba en una acera y en medio de la calle había una parcelita de arena, y él la veía, pero al mismo tiempo se encontraba muy lejos de sí mismo. Había llegado el momento. Los miembros responsables del comité de identificación se ponían las chaquetas de gala y olían a la misma loción de afeitar y llamaban a la puerta de su consciencia y se ponían en fila según el rango de cada uno delante de su mesa de escribir y entregaban con rostro de oficial seriedad el resultado de su trabajo. Luego se inclinaban con mesura y se iban, dejándole a él en pie sobre deferentes suelas de fieltro. Y un miedo que le petrificaba el yo de tal manera que no le era posible mover ninguno de sus miembros le invadía ahora entero. Vio que el hombre se inclinaba sobre el niño que estaba jugando. en la parcelita de arena y quiso correr, pero, sintiendo al mismo tiempo el soplo de su aliento contra la nuca, se volvió en la escala para cogerse a la piedra, y en seguida sintió al hombre a su lado y los dos salieron corriendo por el muelle caliente para conseguirse un médico que les echase una mano.