La muñeca de trapo #2
Pero ahora la sombra estaba muerta y todo volvió a su estado anterior en el mundo de Sorenson. Las hojas recuperaron su color, las casas se volvieron a enderezar y las jugadoras de pelota no se ponían símbolos en la boca. El anillo de terror e inseguridad se había roto en pedazos, y Sorenson supo súbitamente lo que iba a suceder. El hombre vestido de negro no tenía secretos para él, que pensaba conocerle tan a fondo que no se sorprendió cuando hombre y niño se levantaron, aquél rápidamente, éste vacilando. Tampoco le sorprendió ver que el hombre vestido de negro metía el largo cuchillo, con funda y todo, en el bolsillo del niño, ni que cogía al niño de la mano y tiraba de él calle adelante. La mano del niño colgaba lacia de la del hombre, como pegada a ella con chicle, y sus pies se pegaban a la calle. Una paloma se elevó a desgana y revoloteó sobre el arroyo, posándose en él. Una pelota describió una silbante lira sobre la plaza y cayó como una bomba sobre una bandada de gorriones, que rompieron a piar histéricamente, y el niño se volvió y les miró con ojos tristes. Entonces, el hombre, sonriente, le dio un golpecito en el bolsillo donde guardaba el cuchillo, y el niño, entonces, le dio, por fin, paz. Los dos dieron la vuelta a la esquina de la escuela y se sumieron rápidamente en la calleja.
Sorenson se levantó y fue lentamente en pos de ellos.
Cuando hubo llegado al final de la calleja les vio a los dos muy abajo, como en el fondo de un pozo. El niño andaba con pies doloridos por los adoquines como por un campo recién sembrado de trigo. El mango del cuchillo le salía del bolsillo del pantalón. El hombre iba un poco delante de él, a un paso muy apropiado para andar sobre adoquines, y esto le llamó la atención a Sorenson: Este hombre es marino, se dice, y el cuchillo ése lo ha comprado en Ábo o en Lovisa.
Pero sin que Sorenson lo supiera ya se había reunido su comité de identificación. Habían reservado una habitación y colgado de la pared una placa que decía: Se Ruega se Abstengan de Ruidos Extraños y Motivos Ulteriores. Recaderos con las mejillas enrojecidas de fatiga corrían por las vueltas y revueltas de los pasillos con bandejas cargadas de material para la identificación, y crecían las carpetas y el comité ya se frotaba las manos ante las perspectivas que ofrecía el informe final. Durante todo este tiempo algunos miembros seguían en el pasillo y discutían en voz alta jactándose de conclusiones tomadas ya para que el jefe no se impacientara demasiado. Todo aquello del marino y el cuchillo eran palabras que él había captado escuchando a través de la puerta.
El paseo desembocaba en el vasto mar de piedras de la Cuesta del Palacio [Lo que sigue se refiere a lugares del centro de Estocolmo. Algunos han sido traducidos, otros no, o sólo en parte.]. El dedo índice del Obelisco husmeaba el viento vespertino. Los tres volvieron hacia el agua, evitaron el Puente de Skepp y dieron la vuelta a la esquina. Los últimos rayos del sol ahogaron el ventanal de la iglesia de la isla de Skepp y ya comenzaba el crepúsculo a vestir de una redecilla azul las avenidas del jardín de la Plaza del Rey. El niño se sacó la funda del cuchillo del bolsillo y la fue rozando contra la tapia de piedra camino del Norrstrom. Gente bien vestida se volvía para mirar con desaprobación al niño desharrapado y descalzo. No les gustaba ver destruida de esta manera la paz de su vesperal paseo chino.
En el mar humano del Puente del Norte perdió Sorenson contacto con ellos momentáneamente. Un pelotón de infantería pasaba justo entonces por el puente y su paso fue un corcho en el embotellamiento de tráfico delante de Palacio. El tráfico se levantaba como una torre y las campanillas de los tranvías tintineaban como relojes de péndulo entre el zumbido de los motores de los coches. Los ciclistas, con sus traqueteantes guardabarros salpicaban en torno a sí y serpenteaban por entre los coches. Sorenson se abrió camino a codazos hasta el extremo sur del puente y allí se paró debajo del león, oteando el panorama de la Plaza de Gustavo Adolfo, y luego calle de Strom abajo. Las farolas rojas de la Ópera ardían con un rojo mortecino, y el último rayo del sol se ahogaba en la Bahía de los Caballeros; un ferry se arrastraba sobre el agua y parecía mantenerse en equilibrio por encima de ella. Una gaviota con sangre en las alas planeaba sobre el Parlamento, cayendo en picado hacia los jardines del Strom.
Y en aquel momento les vio acercarse por el puerto. Solamente alcanzaba a ver las piernas del niño metidas en un par de botas de oficial. Se inclinó sobre la baranda y se puso a mirar al agua para no tener que saludar. Un pescador de salmones luchaba con los remos tensos contra la corriente para acercarse al muelle. El cerró los ojos y oyó a su lado el pisar pesado de las botas. Los dos pasaron tan cerca de él que habría podido coger al niño por un brazo y salvarle, llevándoselo consigo.
Pero no podía. No puedo, se dijo, llama-ría demasiado la atención. A lo mejor hasta venía la policía y entonces estábamos listos. Está uno muy expuesto cuando no es más que un mozo en edad de ir a filas... Pero entonces intervino otra voz, porque él tenía con frecuencia todo un coro de voces que se le apretujaban dentro, disputándose la primacía; y esa voz dijo: No intentes engañarnos, lo que pasa, pura y simplemente, es que eres un cobarde. Renuncia de una vez, porque lo que de veras querrías hacer en este momento es irte a tomar una cerveza».
Así y todo no renunció a seguirles. En el tenderete del Puente del Norte el hombre le compró un helado al niño, a modo de último pago a cuenta, y el helado se fundió en las manos sudorosas del niño y sus gotas blancas caían sobre el negro papel secante del asfalto. La gente borraba estas gotas sin fijarse con las suelas de los zapatos, transformándolas en grises líneas curvas que no se interrumpían hasta algo más allá del kiosco. Allí era donde estaban los dos, y el hombre le compró algo al niño, que metió un dedo índice sucio y ansioso por la ventanilla. Había soltado la mano del hombre y la verdad era que en aquel momento habría sido facilísimo para Sorenson aferrarle de golpe y echar a correr con él calle de Strom arriba, desapareciendo sin más entre la muchedumbre.
Pero en lugar de esto lo que hizo fue ir lentamente a lo largo del muelle. Fue en equilibrio por el extremo mismo del borde de piedra. No había más que dos barcos junto al muelle, algo lejos, justo debajo del Grand Hotel, pero sin humo en las chimeneas y con las escotillas despobladas. El muelle situado enfrente de la Plaza del Rey estaba desierto y limpio de cajas de arenques y de cajones de fresas. A veces sólo se veía una fina capa de escamas de arenque que relucían sobre la piedra. El agua bajo el muelle dibujaba remolinos siniestros y la corriente había lavado a golpe de ola el sucio bordillo de papeles putrescentes, cáscaras de huevo y condones usados que siempre se pegan a los lados de los barcos en los grandes puertos. Oteó el agua y vio un ferry arrastrarse sobre el agua azul del atardecer. La luz reluciente de su farol de cabina chispeaba en el agua como perlas de ácido carbónico. El dio una cauta patada a una anilla de amarras del muelle, que resonó, metálica como un reloj, y terriblemente ruidosa.
Todo el tiempo que estuvo allí tenía las orejas pendientes de lo que pasaba detrás de él, y cuando oyó la voz estridente y acalorada del niño muy cerca de sus espaldas se inclinó sobre la anilla de amarre y ató rápidamente a ella el miedo que sentía. Al cabo de un rato comenzó de nuevo a seguirles, pero esta vez a mayor distancia. Ellos iban costeando el primer barco, y al mismo nivel, en el muelle, había un montón inclinado de cajas de arenques.
«Vaya, menos mal que pasan por ahí», pensó, porque cada aplazamiento era una gracia para él. De la terraza del Grand Hotel llegaba música de cuerda, extendiendo a través de las ventanas abiertas su red, en la que se enredaban los transeúntes. El ferry que se arrastraba allá fuera se enfrentaba con agitadas olas y saltaba pesadamente sobre los obstáculos. Las gaviotas chillaban en torno a él y en torno también a las chimeneas de otros barcos blancos y picoteaban los manchados toldos de los botes salvavidas. «Seguro que no van allí», pensó él, y estaba completamente frío. Pero el muelle terminó y ya no había nada que escoger, de modo que pensó que esto era precisamente lo contrario de lo que él había deseado: él habría querido que el muelle durase eternamente, de manera que la acción se volviera innecesaria. Se dio cuenta de que era ésta la esperanza que le había inducido al principio a seguirles. Nunca había pensado que fueran a ponérsele delante, y por eso había empujado la acción delante de él como se empuja una carretilla. Ahora lo que él quería era soltarla, y que se fuese rodando ella sola cuesta abajo, y él se refugiaría de un salto en la cuneta. Pero, a fin de cuenta, era la cuneta lo que más le asustaba.