La muñeca de trapo
De la calleja salieron dos niños. Llevaban entre los dos en brazos una muñeca de trapo. El cuerpo escuálido colgaba y las piernas delgadas se agitaban grotescamente. Uno de los niños se sacó del bolsillo del pantalón una armónica roñosa y tocó con ella unas cuantas notas. El otro niño río y miró en torno a sí con audacia. Los dos estaban descalzos y sus pantalones cortos eran anchos y largos, de tela de abrigo dada la vuelta. Uno de ellos llevaba chaqueta negra larga con desgarrones en los codos. Dio un salto con los dos pies al tiempo para no caer en un montón de boñiga de caballo que humeaba sobre el asfalto. Por la ventana de enfrente de la escuela se veía a una chica pelirroja que estaba sentada dando de comer a las palomas con migas de pan. Algunas migas cayeron a los pies de un sujeto muy alto que llevaba sandalias como las que lleva Jesucristo en las películas y andaba inclinado hacia adelante. Apretó el puño hacia la ventana y siguió apresuradamente su camino.
Los niños fueron corriendo al parque con su muñeca. La muñeca tenía prendido en la nariz de tela, redonda e hinchada, un imperdible que no desentonaba mucho de su aspecto desastrado. La niña que estaba sentada en la parcelita de arena, jugando con una pala verde de plástico, se puso a chillar al ver el imperdible. El niño de la armónica le cogió la pala y la tiró a la calle. La niña se puso a quejarse a gritos como si le hubiesen dado retortijones. Entonces se oyó una voz que parecía llegar del cielo, pero no llegaba más que del piso más alto de una casa estrecha e inclinada que se levantaba en la esquina de la calleja; la voz gritaba que «esos diablos de niños debieran tener mejor educación y ser amables con la niña». La niña le sacó la lengua al niño de la armónica y salió corriendo a coger su pala, metiéndose luego con agilidad de pequeña rata en el portal de la vieja casa. Tenía largas y delgadas piernas relucientes de araña. El niño de la chaqueta cogió la muñeca con una mano como si fuera una pelota, le dio varias vueltas y la soltó con toda su fuerza a la vuelta más aita. La muñeca fue zumbando por el aire y cayó suavemente contra el cristal de una ventana detrás de la cual no había nadie, en el piso de más arriba de la casa estrecha. Cayó de cabeza, rebotando del cristal contra el alféizar de latón, quedándose allí de bruces como si la hubieran fusilado. Fini.
Del alto y largo y rojo pálido edificio de la escuela que llenaba uno de los lados de la placita, la cual, por otra parte, era poco más que una calleja algo ensanchada, llegaban malhumorados y redondos acordes de corneta que rebotaban y morían de golpe contra las paredes de las casas de enfrente. Morían con un último quejido, cayendo a la calle. Una chica pálida con camisa de hacer gimnasia y flequillo que estaba asomada a la ventana más alta sacudió un trapo de borrar pizarras sujeto a la punta de un puntero. La nube de tiza se levantó como una columna de humo y fue bajando y llegó hasta el asfalto.
- ¡Di al chico ése que haga el favor de dejar de
atormentar al buey! -gritó el niño de la armónica, tirándola al aire como una pelota.
- ¡Menuda peluca que lleva tu madre! -gritó el niño de
la chaqueta, llenando todo el parque con sus risas.
La chica de la ventana fue a por otro trapo de borrar pizarras. Se diría que todo aquello a ella le daba igual.
-¡Hale, baja y ya verás! -dijo el niño de la armónica, sacando un cucurucho del bolsillo del pantalón.
La chica cerró la ventana de manera retadoramente ruidosa.
-¡Al diablo! -le gritó el niño de la armónica, sacando la lengua en dirección a la escuela.
La corneta comenzó a sollozar su abandono, y, finalmente, reinó de nuevo el más completo silencio, de modo que se podía pensar que habría acabado por echarse, doblada en dos, en un banco, dejando que las lágrimas le atascaran los pistones. Al cabo de un rato apareció en la plaza un chico con pantalones largos muy gastados: había salido por la apertura de la verja. La corneta enfundada de negro le colgaba de la espalda como una trompa de elefante. Atajó por el parque e iba a pasos rápidos, ceñudo y con los ojos fijos en el suelo.
Cuando llegó a la parcelita de arena, le gritó el niño de la chaqueta:
-¡Eh, tú, jorobado! -tirándole un puñado de arena. El niño de la armónica saltó sobre el borde de la parcelita, cantando a todo cantar con voz que cortaba las orejas:
¡Papá está en la taberna,
mamá está en el bosque,
acostada con un tío!
Evidentemente aquella canción tenía algo que ver con el chico de la trompeta, porque en cuanto éste hubo desaparecido calleja abajo, los dos se sentaron en la arena y se pusieron a reñir por una navaja. Al cabo de un rato se reconciliaron y empezaron a jugar con la navaja: ponían una mano con los dedos abiertos en abanico sobre la arena y acuchillaban la arena con la navaja entre los dedos con tremenda rapidez. La hoja de la navaja relucía al sol que bañaba el parque y enrojecía las paredes de la escuela. Parecía que tenían en las manos una lagartija coleteante. Enseguida se cansaron y prosiguieron el juego con la hoja menos cortante de la navaja, y el niño de la chaqueta se clavó la punta en el dedo índice justo debajo de la raíz de la uña. Chillando lastimero como un perro salió corriendo por el parque, cruzó la calle y desapareció en la calleja, con la mano herida envuelta en el forro de la chaqueta. El niño de la armónica escupió en la arena y siguió un rato más jugando con la hoja menos cortante.
En aquel momento se levantaron dos jubilados tocados con gorros de visera muy viejos. Habían estado sentados en el banco junto a Sorenson y ahora querían dar un paseo al sol, que envolvía sus figuras deshilachadas como en una armadura reluciente. A la sombra del portal de la casa estrecha se pararon y se pusieron a curiosear alargando el recio cuello de pájaro. Uno de ellos se golpeó siniestramente en el pecho antes de desaparecer por el portal oscuro. Al cabo de un momento se oyó del interior el suspiro del corcho que salta de la botella.
El alero puntiagudo de la casa estrecha quitaba un poco el sol. La luz del sol había dejado el parque y comenzaba a encaramarse por la pared de la escuela. Una gaviota perdida y chillona llegó volando sobre la explanada y describió un trazo invisible de tiza entre el asta de bandera de la escuela y la punta de su propia ala extendida. Las palomas charloteaban en los alféizares y dejaban caer migas de pan a la acera. Los gorriones, ratas aladas, piaban en torno al montón de boñiga. Abajo, en la calleja, alguien daba patadas a una lata de conserva vacía contra el empedrado. En el patio de la escuela unas cuantas niñas vestidas de verano jugaban a la pelota: ¡Zas!..., el duro golpe de la raqueta de madera, el leve raspar de pies rápidos, el rebote suave de la pelota, risas contenidas, el grito estridente: ¡Perdiste! En la parcelita de arena, el niño, solo, seguía jugando con la navaja. Ahora se dedicaba a rasgar la piel de la arena en suaves surcos.
Pero, de pronto, en medio del verde oasis de silencio y calma tuvo Sorenson una visión espantosa. Los despertadores comenzaban a chillar y él pensó que se levantaba a toda prisa del banco y salía corriendo por el parque en una fuga insensata para entrar en el portal oscuro tanteando pared adelante en busca del picaporte familiar. Y, sin embargo, no era así, porque seguía allí sentado, mirando la figura vestida de negro y sin sombrero que se deslizaba a lo largo del reborde desconchado de la casa de enfrente. Y comprendió de pronto que tenía que haberle visto llegar mucho tiempo antes de que su consciencia le avisara. Así pues se levantó y fue despacio, tanteando pared adelante, como un ciego que acaba de recuperar la vista. Parecía que tuviera un recado que comunicar a cada una de las ventanas bajo las que pasaba, a cada uno de los portales, incluso a cada -uno de los adoquines de la calle. Se paró en la acera, enfrente justo de la parcelita de arena, y allí, de pronto, se dio cuenta de que el hombre proyectaba su sombra hacia adelante. Sorenson vio con toda claridad cómo la sombra se ponía en pie insolentemente de un salto y se inclinaba hacia el hombre, le cogía del brazo y empezaba a tirar de él calle adelante, observando en torno a sí con su cabeza polvorienta en forma de bala de acero.
Y ahora, súbitamente, todo cambió de calidad en el mundo de Sorenson. Las hojas verdes se encogieron hasta convertirse en pequeñas puntas de dedos, amargas y de negro relucir. Los gorjeos afanosos de los gorriones salían disparados como crueles flechas de tómbola y se le hincaban en los oídos, y los estridentes «¡Perdiste!» de las chicas que jugaban a la pelota se le convirtieron en siniestros, agoreros gritos de aviso. Un anillo de terror rodeaba la parcelita de arena, donde jugaba el niño. De dos direcciones, por delante y por detrás, se le acercaban ahora el hombre y su sombra. Quiso gritar: ¡Corre!, pero comprendió que el niño no podría oírle a través del anillo. De pronto comenzó a sentir tremendo frío, y con un estridente resonar metálico el tejado de la casa estrecha brindó con la pared de la escuela.
El hombre vestido de negro se erguía ahora sobre la arena delante de su propia sombra y se sacó del guante un largo cuchillo. Probó cuidadosamente el filo contra la piel de su dedo pulgar. Luego atravesó con él a su sombra, que cayó de cabeza en la arena entre las rodillas del niño. Y entonces levantó el niño la cabeza y el hombre echó a un lado a su sombra de un empujón, de modo que los dos pudieron mirarse a los ojos. El hombre de negro se sentó junto al borde de la parcelita de arena y se puso a hablar con el niño. De vez en cuando levantaba los ojos para echar una ojeada a la casa, calle arriba, calleja abajo.