El fleje de hierro #3
Abrió la boca para soltar las palabras. Tanto tiempo hacía que las tenía dentro de la boca que pensó que saldrían volando por sí solas en un decir amén, pero lo cierto es que ni siquiera se movieron. Y entonces sintió de pronto el fleje de hierro apretársele en la cabeza. Tan física fue la sensación que se quedó sorprendido de no sentir también el martillo que le calaba el fleje cabeza abajo. Y entonces la mitad de su yo se estranguló como si quisiese claridad a toda costa, como si anhelase libertad. Al mismo tiempo, sin embargo, la otra mitad recibió el doble de espacio en que moverse. La otra mitad de él, que decía: Esto a ti no te concierne, esto no son más que estúpidas imaginaciones. Déjalas. Dales una buena patada en el culo. Mándalas al infierno. Y era ahora esta mitad la que guiaba su lengua. En el fleje de hierro había ventanillas, y a través de ella se disparaban palabras indiferentes que él no tenía necesidad de pensar para poderlas decir. Comenzó a hablar de los transbordos de autobuses en el distrito de Alvsborg; y luego sobre una especie de tejas que era peor que todas las demás clases de tejas; y, finalmente, sobre un constructor de Sodertalje que él conocía y que había recibido una buena tanda de sopapos una tarde, estando ilícitamente sentado en un sofá con la mujer del dueño de una droguería de Enskede.
Y Edmund y Kalle Glader asentían y reían de sus ocurrencias cuando las tenía, y de pronto Joker soñó que él era dos habitaciones, así, literalmente: dos habitaciones con cuadros colgando de las paredes y sillones y otomanas en el suelo. En una de las habitaciones se oía música de cabaret por la radio y estaba medio llena de gente alegre con vasos de coñac en las manos, y todos reían a carcajadas. Como habitación, Joker era muy sensible, y tantas risas le hacían cosquillas en las alfombras, y soñaba que empezaba a hipar, pero tan fuerte que cuadros y colgaduras (hogar, dulce hogar, 2,25 X 0,86) saltaban contra las paredes, y algunos de los borrachos lo veían y se asustaban, pensando que ya les había entrado el delirium tremens.
Pero en la otra habitación, pared por medio, reinaba una gran angustia. La gente que estaba allí no tenía dinero para lámpara, mucho menos para radio. Eran dos personas, cada una en una esquina de la habitación. Estaban completamente silenciosos, caídos sobre sus sillas, y cuando los brazos de éstas chocaban contra la pared le hacían daño al que era la habitación, lo sentía exactamente como si tuviera allí mismo las puntas de sus nervios. Justo debajo de aquel techo se reunía tantísima angustia que el techo habría preferido, con mucho, levantarse y subir hasta el desván de no ser por el piano de cola que pesaba sobre el suelo del piso superior.
Y ahora hipaban las paredes en la habitación que era él, y en la habitación menor que también era él dominaba una gran angustia y las paredes retrocedían asustadas y hubieran dado cualquier cosa por abandonar la casa. Y como una de las habitaciones que era, la de la angustia, él pensaba ahora: «Tengo que salir de aquí a trompicones, como sea, meterme por las paredes y el techo y el suelo y filtrarme por la puerta hasta la radio que toca música de cabaret, porque, de otra forma, terminaré, como habitación que soy, cuarteándome en grietas». Y entonces comenzaron a oírse risas que llegaban de una de las sillas de angustia, y un rostro blanco que tenía dos puntiagudas linternas en lugar de ojos levantó la vista y la fijó en los suyos, que, en aquel momento, se encontraban en el techo.
«Jajajajajá», se oyó del lado de la silla, «piensas que ahora te vas a agrietar, qué gracia. Jajajajajá».
Y entonces vieron sus ojos, que ahora, de pronto, estaban en el suelo, clavados con ganchos de colgar cuadros, que una estructura maciza de hierro, un esqueleto monstruoso, sujetaba paredes y techo con grapas de hierro, de modo que se mantuviesen juntos, y allí tendría que agolparse muchísima angustia para conseguir que se combasen. El fleje de hierro, el fleje de hierro, pensó él.
Y despertó. La risa era de Kalle Glader. Cuánto le irritaba aquella risa. Habría sido capaz de extender las manos con toda su fuerza y cogérsela y sofocársela, pero, en lugar de esto, lo que hizo fue seguir tranquilamente, como estaba, y oyó a su propia voz que decía:
-En este caso, yo, desde luego, preferiría cemento.
«Pero ¿en qué condenado caso?», pensó. A lo mejor era que algunos de ellos tenía pensado construirse un chalet, Edmund o quizás Kalle Glader, o él mismo, vete a saber. A lo mejor era de esto de lo que hablaban. La cosa es que no lo sabía. Se sintió, de pronto, muy fatigado.
«Todo habría salido mucho mejor», pensó, «de no ser por el condenado fleje de hierro». Entonces sí que nadie habría podido impedirme decir: A ver, amigos, quiero que me echéis una mano ahora. Quiero que me escuchéis con atención ahora y cuando me hayáis escuchado quiero que digáis: No tienes la menor razón para tener remordimientos. ¿Acaso pudiste remediarlo si él ya estaba muerto cuando volviste tú con el cubo de agua? ¿Crees que él pensó mal de ti por eso? ¿No crees que lo que pensó fue: Este es un amigo que ha ido corriendo a por agua para mí, un amigo en quien ha aprendido a tener confianza? Me doy cuenta de que corre como una liebre para volver lo antes posible. Es un amigo de verdad, eso lo sé perfectamente. Pero, sin embargo, no sé si me va a valerla pena esperarle. La verdad es que ya no tengo lo que se dice nada de sed».
Pero mientras las manecillas puntiagudas del reloj cortaban el zumbido sordo de las voces y el café cabeceaba y escupía a los clientes, súbitamente mudos, a la noche incipiente, él sintió que el fleje de hierro le apretaba más y más, con creciente dureza, el cerebro. Y salieron a recorrer las calles monótonas y desérticamente ruidosas, y, entretanto, el fleje seguía tensándosele en torno a la cabeza. Pasaron por el barrio de Sluss, donde los anuncios de neón llameaban hieráticos, siguieron por el sombrío puente de Skepp, con farolas cortantes y deshojadas sobre la calzada, cruzaron la plaza de Gustavo Adolfo, donde alguien había dejado una botella de cerveza a medio beber justo debajo del heroico rey, llegaron al Strand, pasaron detrás de una prostituta ebria y un caballero de edad más bien avanzada que llevaba el sombrero ladeado y daba azotitos a la chica en la espalda con su bastón hasta que ella rompió a cantar, pasaron la elegante calle de Narva, que yacía, dormida, con la pechera de la camisa desabrochada, cruzaron el desierto de arena que se extiende delante de los cuarteles, y el fleje de hierro no hacía más que apretar. Se le hundía más y más profundamente en el cráneo, impidiéndole deshacerse en grietas.
Cuando se vieron delante de la verja y apretaron el timbre, él sintió de pronto frenético miedo. Aferró el brazo de Kalle Glader, apretándolo sin piedad, como si su brazo fuera el pico de un milano. ¡Sálvame, sálvame!, quería gritar, ¡sálvame o pronto será demasiado tarde! Pero el fleje de hierro no dejaba que las palabras salieran de sus labios.
-Oye, Edmund -dijo Kalle Glader-, agarra aquí, haz el favor. Me parece que Joker está muy borracho.
Uf, la verdad es que habría querido morderles las manos sudorosas y serviciales.