La serpiente El fleje de hierro #2
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El fleje de hierro #2

-Esto es lo que se podría hacer -dijo Edmund- si el dispensador de seguridad fuera una persona como las demás, con domicilio fijo, teléfono propio y cuenta corriente en el Banco Sueco-Inglés. Lo malo es que no es así. Entro en una oficina, me veo ante un jefe de departamento o ante un segundo portero, y digo: A ver, querría ver al señor Estado, también llamado dispensador de seguridad. Pero tengo que verle en seguida. Porque la verdad es que tengo muchísima, pero que muchísima prisa. Este revólver que llevo aquí, digo, tocándome el bolsillo, se lo he pedido prestado a un amigo que quiere que se lo devuelva, como muy tarde, a la una en punto, y ya son menos cuarto. Qué lástima, me contesta el jefe de departamento o el segundo portero, no sabe usted lo que lo siento, pero no puedo servirle. En nuestras nóminas no hay ninguna persona con ese nombre, pero si tiene usted verdadera necesidad de disparar, no se preocupe, porque sí que puedo servirle. Ah, muy bien, digo yo entonces, sí que me interesa, pero ¿de qué me va a servir?, ¿cesará acaso, si disparo, la agresión del Estado contra mi existencia?, ¿dejaré de correr el riesgo de ver pisoteado mi derecho? Desgraciadamente, señor mío, me dice el jefe de departamento, o el segundo portero, todo seguirá exactamente igual que antes. El único resultado visible podría ser que salgan dos anuncios en el Dagens Nyheter. ¿Y por qué -pregunto yo- dos anuncios? Sí, eso, dos, una esquela y un anuncio en la sección de puestos de trabajo libres.

- Así es como están las cosas, por tanto -dijo Edmund-;

quiero ser agresivo, quiero defender mis más elementales derechos humanos, pero es como luchar contra una pared. Las posibilidades de anarquismo activo se ven súbitamente agotadas y el fleje de hierro me ciñe y me aprieta el cráneo. Ya no estamos en 1937, ni es esto España, donde luché para salvar mi alma. Después de España esto se volvió imposible, es un camino que ha quedado cortado. Si luché después de 1939 fue para salvar mi cuerpo.

- Para mí, entonces, lo único que queda -dijo Edmund-,

y puedo aseguraros que me sentiría feliz si supiera que mi situación no es única en el mundo, son dos salidas, si es que merecen tal nombre. Puedo, por ejemplo, dejar que el fleje de hierro siga donde está sin tocarlo siquiera y fingir que nací con él puesto. O bien, puedo decir: Vamos a ver, amigos míos, ésta es la última moda masculina del planeta, el fleje de hierro estatal, que ha acabado con todos los demás tocados. Es una verdadera maravilla de comodidad, y no hace falta ponerle badanas que absorban el sudor. Tampoco hace falta quitárselo cuando se entra en un restaurante. Se puede estar en el cine con él puesto. Se puede encender el trece de diciembre, se le puede forrar de azul y oro el seis de junio [El trece de diciembre, día de Santa Lucía, se encienden velas en Suecia. El seis de junio es el día nacional sueco. Los colores de la bandera nacional son el azul y el amarillo. (N. del T.)]. Se adapta muy bien a todos los cambios de temperatura. En el invierno, cuando más falta hace, refresca muy agradablemente; en el verano quema como la boca de un horno. Otra ventaja que tiene es que crece. Quizás es el único tocado del mundo que crece. Pronto llega un momento en que ya no te hacen falta orejeras. Y no tienes necesidad alguna de bandas para la cabeza, y no te digo nada de gafas de sol. Ya puedes tirar al cubo de la basura el calentador de narices y el cepillo de los bigotes, y tampoco te hacen falta calientamejillas ni bufandas. Total, que te ahorras un dineral en ropa. Ya puedes dar tu cupón de racionamiento de zapatos a quien lo necesite. Ni siquiera tus plantillas te harán falta cuando el fleje de hierro haya crecido lo suficiente. Y cuando llegas a esa tesitura en seguida te das cuenta de que es esto lo que tiene que ser la felicidad. La felicidad tiene que estar pegada a la parte interior del fleje de hierro, o estar unida a él de alguna otra manera misteriosa. Se siente una grande, grandísima seguridad, una seguridad como nunca sentiste otra antes de ponerte el maravilloso fleje de hierro, y llegado a esta situación está claro que tienes que recomendar tan maravilloso requisito a tus amigos.

- Pero esto -dijo Edmund-, esta salida, quiero decir, a mí

me parece inmoral. Una vez que se ha conocido el fleje de hierro yo diría que es injusto coquetear con él. Sin duda, en comparación con no haberlo conocido nunca, es una verdadera felicidad conocerlo, pero luego, cuando se vuelve uno cobarde y ya no tiene fuerza para llevarlo, lo honorable es quitárselo, incluso a riesgo de arrancarte la piel al hacerlo, más honorable, desde luego, que conservarlo y fingir que se trata de una joya cara. No se adopta una actitud como si fuera una prenda de vestir, por mucho que no falten quienes creen que sí, las actitudes se las imponen a uno las circunstancias, y encima hay que estar agradecido.

- Pero existe otra actitud también -dijo Edmund-, y en

este caso concreto no puede decirse que actitud sea sinónimo de salida, porque no es de una salida de lo que se trata. Se trata, sin duda, de aceptar el fleje de hierro, pero no de una manera positiva, convirtiéndolo en gran medida en un atuendo de payaso, sino tratando de considerarlo como un peso, una cruz que hay que soportar y llevar encima mientras no surjan posibilidades de oponerse activamente a él. Pero, tened presente: no lo llevéis nunca como si fueseis mártires, como si el fleje de hierro fuera una corona de espinas. No hay que llevarlo en expiación de una culpa, sino por la cobardía de muchos y por la propia insuficiencia.

En aquel momento se extendió sobre la mesa una sombra que parecía la prolongación del portero encargado de echar de allí a los revoltosos. Edmund hablaba demasiado alto. Se le había calentado la boca al ver que, sin ningún esfuerzo, se le ocurrían constantemente nuevos descubrimientos e ingeniosidades.

- -Pero -dijo, animándose, como si no hubiese visto la

sombra, y lo más probable era que así fuese-, mientras lleve puesto el fleje de hierro, mi angustia será la mayor del país. Nadie puede sentir mayor angustia que yo.

Dijo esto chillando, casi como si acabase de dar con una nueva ley de la naturaleza, sintiendo al tiempo la angustia, pero no solamente como una palabra, sino, por el contrario, como una realidad completamente nueva. Era como quien mete la cabeza por una ventana extraña y se siente súbitamente atontado por un aroma nuevo y extraño. Sintió el fleje ceñírsele de pronto al cráneo, tensársele más y más, y pensó que ni siquiera había espacio para meter el dedo entre la banda de hierro y la piel. No duró mucho tiempo la sensación, la verdad es que no duró más que el corto tiempo que pasó desde que la sombra apareció sobre la mesa hasta que el portero le cogió por los sobacos.

Les echaron de allí como a perros, y como perros se fatigaron vagando por las calles, metiendo la nariz en todos los agujeros que les parecían atractivos, impulsados por su inquietud. Llevaban la angustia en su interior de la misma manera que se lleva una fiebre incipiente, sin saber a punto fijo qué es lo que va a acabar pasando.

Y así es como llegaron a la calle de Got. A través de la gran ventana veían la calle como por la pared de cristal de un acuario. Grandes autobuses reflejaban un instante su roja mole en el espejo del asfalto, ciclistas solitarios pasaban relucientes como luciérnagas delante de ellos, del cine salía la masa de gente como un torrente de lava, las farolas de la entrada se apagaban. Un ciego iba por el extremo de la acera, golpeando el bordillo con su bastón. Delante mismo de la ventana estaba aparcada una bicicleta con su cabeza de toro a punto de embestir, y ellos habrían querido dar un golpe al cristal para advertir al ciego, pero no lo hicieron por miedo a llamar demasiado la atención; justo en aquel momento fue un joven y cogió al ciego por el brazo, y le guió, sorteando el obstáculo.

Ellos, viendo esto, exhalaron un hondo suspiro de alivio y apuraron sus vasos.

Llegó entonces el momento de la última copa, antes de que se cerrase el café. Las puertas del café estaban ya medio cerradas, aún entraba gente con las chaquetas abrochadas y ojos descoloridos, en busca de mesas vacías. La charla no tardó en adquirir más revoluciones por minuto. Zumbaba más y más alto. De pronto las mejillas sentían que había llegado la hora de vivir y cobraban más color. Lo mismo les pasó a las manos. Hendían el aire espeso y cargado con ademanes cortantes. Las camareras corrían de un lado a otro. Las comandas se pisaban los talones unas a otras. Momento hubo en que las bocas no se sentían contentas más que cuando estaban llenas de palabras grandes y sabias.

Edmund y Kalle Glader y Joker se vieron sumidos en seguida en el calor general. Y Joker sentía ahora algo siniestro, algo completamente ajeno a su experiencia. Había vuelto la mirada hacia el interior de la sala. Kalle Glader a su lado, se hurgaba los dientes con un palillo. Edmund marcaba una marcha contra el pie del vaso. Y Joker pensó: Ahora es cuando tengo que decirlo. Ahora es el momento exacto de decirlo. Ahora es cuando ya no debo esperar lo que se dice ni un momento más.