El fleje de hierro
Ya atardecido aparecieron en el Café Norman, en la calle de Got. Llovía suavemente, una lluvia constante y fina, como una aspersión, y los que entraban en el café dejaban relucientes huellas húmedas en el suelo de azulejos rojos. Entraron justo en la hora floja, cuando a los clientes habituales se les ha aflojado el resorte y los abejorros de la charla han perdido sus alas. Primero estuvieron un momento junto a la puerta, buscando con los ojos una mesa. Entre el leve zumbido de conversación distinguían acá y allá matices chillones de voz, y de los fumadores subían finas columnitas de humo como fuegos de sacrificio.
Había una mesa libre junto a la ventana que daba a la calle. El marco de la ventana no quitaba apenas vista, y desde allí podía uno pensar que veía transcurrir la vida. Ellos se sentaron y parecían un poco distraídos. La lluvia había oscurecido la tarde. A la entrada del cine, justo enfrente, se veían vagas sombras bajo las lámparas que se recortaban glotonamente contra el crepúsculo. La luz de neón a la entrada de la confitería de la esquina relucía en el papel secante de la calle. A veces paraba un coche discretamente junto a la acera y la gente se bajaba o se subía cerrando las puertas sin hacer ruido. Ellos veían pasar gente por delante de su ventana iluminada. La mayor parte de la gente que veían eran simples perfiles. O sea, no veían ni lloros ni risas. Quizás el dueño de ese perfil riente prorrumpiera en lloros en la calle transversal siguiente. Pero ellos no tenían necesidad de saberlo, podían contentarse con lo que veían desde su ventana y tomarlo por la realidad. Era, pura y simplemente, una imagen ideal de la vida lo que estaban viendo, una vida sin ruido, donde todas las acciones se mostraban benéficamente carentes de sentido, y la mano del usurero asida al brazo de un cliente no producía ninguna impresión de maldad por brevedad misma de la escena.
Habían ido de café en café durante toda la tarde, pero sin llegar a embriagarse de verdad. Empezaron cuando aún era pleno día, y ahora ya estaban en el crepúsculo. Empezaron en un extremo de la ciudad, y ahora se encontraban en el opuesto. Vieron docenas de veces el anuncio de Carnegie, el hombre simpaticote de la pipa, fumando con una botella delante, pero sin notar que jamás llegara a emborracharse en absoluto. Pasaron por tantísimas calles que finalmente todas ellas acabaron fundiéndose en una sola, la calle promedio, de la misma manera que ya antes se habían formado una idea del café promedio, y del portero promedio, encargado de expulsar del café a los borrachos.
La larga, monótona caminata, había acabado por hacerles indiferentes a todo. Y pensaban: «Así es como tiene que ser la vida, después de todo, siempre las mismas calles grises, siempre los mismos porteros, como gorilas con botones dorados. Las mismas mesas exiguas con las mismas huellas de vasos de cerveza. La hora de la metafísica y el análisis de la vida se acercaba ahora a pasos agigantados. Dejaron que las esbeltas botellas tosieran en los vasos que descansaban sobre pies ebrios e inciertos y sintieron un misterioso vínculo entre la acción y la vida. Les habría gustado expresar esto en palabras. Decir, por ejemplo: la vida es una nada que desaparece, es como un líquido, se limita a pasar de vasija en vasija como la cerveza, y cuando, finalmente, parece que se despide para siempre, no es más que una transformación que le garantiza la forma más alta de la vida: la vida bajo las aves.
Pero todas las palabras estaban fatigadas y se habían ido a descansar en el saco de dormir. Y ellos tenían que sacudir el saco como es debido para que se quitase de encima incluso las cosas más necesarias. Posiblemente bastaría con un simple cubo de agua. Por esto estaban ahora mudos e inmóviles como bloques de mármol, mirando a la calle como si fuera una película. La lluvia se había vuelto a las nubes, y dejado solamente la oscuridad, pero todavía se cernía sobre calles y aceras como una membrana dorada bajo las farolas. Horas antes, cuando las palabras todavía no habían ido a acostarse, ellos estuvieron hablando del estado.
- Pensamos que vivimos nuestra propia vida,
pero no hay nada de eso, en absoluto -dijo Edmund.
- Ah, ¿no? -dijo Kalle Glader-, ¿de quién es entonces?,
¿del viejo Carnegie o de Hitler o de Juan el del Pico?
- A mi modo de ver -dijo Edmund- sólo se puede vivir si
se tiene dominio sobre uno mismo. Pero lo cierto es que uno está vendido desde que nació. Uno se vende cada día por un poco de seguridad, por una miserable pizca de seguridad, la seguridad barata de las patatas y el aguardiente. Luego se acepta sin chistar la verdadera, la grande inseguridad. Por ejemplo, cuando te ponen en la mano una granada con el seguro levantado y tienes que volar al infierno con tus bonos del tesoro y tus pólizas de seguros y tus papeletas de empeño y todo.
- Lo que a mí me deprime -dijo Edmund-, lo que a mí
me deprime como un fleje de hierro en la cabeza, es saber que hay leyes que nadie me ha pedido que acepte y que me dejan prácticamente indefenso. Es cierto que, desde un punto de vista teórico, tengo todavía la posibilidad de alquilar una plaza y un sistema de altavoces, y que nadie me puede cortar las cuerdas bucales, pero en realidad estoy aquí de prestado. En cualquier momento me pueden reclamar los grandes dispensadores de seguridad, porque no se ha estipulado ningún plazo al préstamo, esto forma parte de las condiciones del préstamo, y decir que donde yo hago falta es en el Manchukúo. Y entonces tengo que ir allí a disparar contra camellos que amenazan la seguridad del dispensador de seguridad. O bien tengo que ponerme en marcha hacia Tanganika. Allí resulta que hay un cocodrilo que ha hablado denigrantemente de mí en tanto que miembro del Estado, y ahora, de pronto, el dispensador de seguridad piensa que lo que tengo que hacer es desplazarme allí para que me devore el cocodrilo.
- Esto hace -dijo Edmund- que yo me sienta amenazado,
sí, eso, me siento terriblemente amenazado por el dispensador de seguridad. Me siento mucho más amenazado que cuando vivía en un barrio de gángsters. Allí me tengo que enfrentar con magnitudes sobre las que tengo una idea. Allí puedo pedir ayuda a mis amigos. Allí puedo, si no otra cosa, por lo menos ser fusilado honrosamente. Pero nadie me obliga a coger una pistola y llevarme a la cara una careta negra e irme a la calle de Óstermalm para matar a tiros a un mayorista que ha empezado a transgredir el territorio de la banda de gánsters.
- Pero el dispensador de seguridad -dijo Edmund- es en
parte una amenaza contra mi seguridad personal, un peligro físico. Otra cosa es que el dispensador de seguridad ofenda mi dignidad personal robando a mi voluntad su integridad. A ojos del dispensador de seguridad mi voluntad no es más que una vejiga de goma que se hincha con gran amabilidad en los días de fiesta nacional para darme la ilusión de que es mi voluntad la que se manifiesta.
- Como yo, en principio -dijo Edmund-, considero que
mi voluntad es el más preciado de mis instrumentos, tengo, naturalmente que considerar también la intrusión en ella de ese dispensador de seguridad como un asunto sumamente serio, y pensar que es un deber sacrosanto el que me asiste de aclararla lo antes posible. En teoría esto se puede hacer de una manera sencilla y sin dolor alguno para ambas partes. Puedo ir a ver al dispensador de seguridad en su propio domicilio y decirle: Señor dispensador de seguridad, llevo largo tiempo observando, con tanto temor como sorpresa, la agresión que comete usted contra mí. Y para rectificar esto, como me parece que usted ya sabe, he tenido que dirigirme a usted por medio de gran número de cartas muy largas. Pero éstas, por la razón que sea, han quedado sin respuesta. Entonces he escrito en la prensa muchos artículos explicando la situación, pero esos artículos no han dado resultado alguno. Finalmente no me ha quedado más remedio que alquilar la plaza mayor de la ciudad y desvelar, delante de grandes masas del pueblo, los planes de usted contra mi persona. Conviene añadir también que he hecho imprimir y distribuir gratis gran número de hojas dirigidas contra usted. Pero nada de esto me ha servido de nada. De modo que sólo me queda una salida. Doy por supuesto que usted, señor dispensador de seguridad, no tendrá demasiado que objetar si yo ahora, con el revólver que estoy sacando del bolsillo del pantalón en este momento, voy y le dejo a usted en el sitio de un balazo en la frente. Imagino que se tiene que dar cuenta de que es usted mismo quien, con su provocador silencio, me ha puesto en la tesitura de tomar esta medida, o sea que, en el fondo, me disculpa usted.