La serpiente El espejo #5
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El espejo #5

-Si le parece bien -dijo ella-, le puedo cantar una cancioncilla que él solía susurrarme al oído cuando nos separábamos al atardecer en la esquina junto al tenderete del vendedor de tulipanes, pero entonces me tiene que prometer que se olvidará de todas esas tontas fantasías que trató de hacerme creer hace un momento.

Y sin esperar su respuesta ni cambiar de expresión o postura, comenzó a cantar. Cantaba entre las manos de él, y él sentía palpitar su pulso bajo las frágiles mandíbulas.

Au clair de la lune,

mon ami Pierrot,

prete-moi ta plume

pur écrire un mot.

Ma chandelle est morte,

je n'ai plus de feu.

Ouvre-moi la porte

pour l'amour de Dieu.

-Sí -dijo él al cabo de un momento; el piano había dejado de desgranar sus notas y la estancia estaba llena hasta el borde de bellísimo silencio-, pero lo malo es que no se entiende mucho, lo único que entendí fue amour, al final.

Y ahora ya sabía qué era lo que iba a salvarle.

No sería un rato apasionado con la chica que tocaba el piano, ni un cálido acoso a la solitaria con palabras como látigos, ni compartir su dolor con otra persona.

Tengo que hablar con ella, pensó, y adaptó sus manos abiertas a la forma de sus mejillas, como cuencos, decirle que la quiero. No voy a hacer otra cosa, esto es lo único que hace falta. Tiene que darse cuenta de que no le estoy contando mentiras como las chicas, ni engañándola como el gordo ése. Es preciso que cuando me vaya yo de aquí ella sepa que la quiero.

Pero de sobra sabía que no iba a poder decírselo directamente. Comprendía que ella entonces le miraría, a él, al mentiroso, con completo recelo. Y entonces su voz no podría resistir este recelo. Se le ocurrió una idea: apartó cuidadosamente las manos del rostro de ella y se inclinó en busca de la balda para periódicos que había bajo la mesa. Allí encontró una voluminosa revista de modas, y en un amplio espacio en blanco entre dos modelos escribió con lápiz y en letras muy grandes: TE AMO.

Estaba dudoso sobre si sería mejor poner TE o LA AMO, pero se dio cuenta de que TE se le quedaría más grabado, se le quedaría fijo como un anzuelo. - Qué está haciendo bajo la mesa -dijo ella cuando

sintió su contacto contra sus piernas.

Él, tímido, se apartó, sin responder. En lugar de responder lo que hizo fue poner el periódico sobre la mesa, delante de ella, soltarle una mano de la aguja de hacer punto y ponérsela bajo la línea.

Y justo entonces se encendió la luz. Era la vieja, que volvía. Y volvía con ganas de guerra, llevaba el bastón como un arma.

- Ahora sí que voy a echar una partida -gritó.

Al mismo tiempo se levantaron el comerciante al por mayor y la chica de los guantes y el Payaso. El Salmón observaba la sospechosa agilidad de sus movimientos y la rapidez de sus voces.

- A ver, mayorista -gritó el Payaso-, no se ofenderá

usted si me voy. Tenemos que estar de vuelta en el cuartel en media hora, y antes de irme quiero decir adiós a mi primita.

La chica que estaba al piano soltó una risita que resultaba difícil de traducir. La chica de los guantes estaba delante del comerciante al por mayor como una especie de parapeto, estirando sus largos dedos. El Salmón echó una ojeada a la solitaria. Ahora que había luz, las grandes letras de la revista de modas parecían gritar, pero la mano de ella seguía inmóvil, bajo las palabras como una caja que ella misma hubiera dejado allí porque no había ningún otro sitio donde ponerla. Y su mirada descansaba sobre el vaso de agua de Vichy, que había perdido efervescencia.

Y entonces dijo el comerciante al por mayor, y su voz era gruesa e hinchada y purulenta:

-Sí, por supuesto, váyanse ustedes, caballeros, si no les queda otro remedio. Nosotros a lo mejor nos quedamos aquí un poquitín más. Je je je je je.

Su risa gruesa, fungosa, se mezcla con la risita de la chica de los guantes.

Y fue entonces cuando ocurrió la cosa. La solitaria se levantó. Puso las manos sobre la mesa como quien va a pronunciar unas palabras y su grito fue como un tajo que rajó el tejido de todas las palabras sucias y de todos los actos camuflados.

-Pero, idiotas, es que no os dais cuenta de que estoy ciega!, ¡ciega!, ¡ciega!

Y él entonces salió con pasos pesados e indecisos. Iba tanteando los cortinajes como un artista poco veterano que tiene que presentarse al público al bajar el telón. En la estancia de los cortinajes topó con su reflejo en el espejo, que le miraba como a través de una máscara gris. Y de pronto sintió asco y quiso vomitar.

¿Por qué no se lo dije?, resonaba en su interior, como un martilleo, ahora no lo sabrá nunca. Y, de pronto, sintió odio por aquella lastimosa sombra, aquel harapo que estaba en pie justo enfrente de él. Y para quitárselo de en medio lo golpeó con el puño hasta hacerlo morir.

Continuó su camino, salió por la puerta que todavía crujía adormecida. La abrió, y, bajo una capa doble de papel de seda, vio las prendas que había hecho la solitaria, capa sobre capa de calcetines de niño color verde, grotescamente cortos y como atrofiados.

De pronto oyó voces a sus espaldas, o quizás no fuera más que una: la del comerciante al por mayor, gruesa, ligeramente asmática:

-Estas son las gracias que le dan a uno... por invitar... sí, sí, gente simpática... maldita gentuza... y de pagar el espejo, nada... carísimo... antiquísimo... irreemplazable... fuera de aquí... gentuza... que no les vuelva a ver yo por aquí... lo voy a decir en el regimiento...

Tantearon la pared, buscando la llave de la luz de la escalera. El Payaso fue el primero en dar con ella. Bajaron despacio la escalera de gruesos pilares oscuros toscamente tallados. Al llegar al peldaño que estaba al nivel de la espléndida ventana de la escalera, de cristal pintado, el Salmón sintió un brazo contra su hombro. Cuando se volvió le deslumbró la mirada de su compañero, y un instante después su sorpresa se rompía bajo una serie de acuciantes punzadas contra su rostro indefenso. Con un leve eco de sorpresa aún en el rostro, se hundió, despacio, como cuando se pliega un catre bajo una mesa.

Al cabo de un rato, con una cuarta parte de sí mismo todavía consciente, sintió que el granizo iba cesando, poco a poco, dejando sitio a una contundente e impetuosa ola de dolor, y después de un rato más sintió que alguien, lenta, casi tiernamente, le levantaba por los hombros.