El espejo #4
Aquí lo que pasa es que no hay nadie, pensó, sorprendido, nadie que se dé cuenta de que existimos. Una silla vacía no podría despertar la menor atención. Observó ahora que el gordo comerciante al por mayor, cuyos bombachos verdes entreveía bajo la tripuda silla Chippendale, y la chica de los guantes se habían retirado del juego. Solamente la vieja, a la que la solitaria había llamado abuela, continuaba jugando. Ahora daba la impresión de haberse partido en dos o más partes, que jugaban vigorosamente unas contra otras para conseguir la hegemonía del hoyo de la mesa de billar. Con energía infatigable daba más y más vueltas a la mesa con su taco, buscando sin parar posiciones nuevas. Al Salmón aquella vieja le recordaba a uno de esos juguetes mecánicos de cuerda, sólo que con mucha más cuerda de lo corriente.
Los dos estaban sentados en silencio, cada uno en su asiento. Delante tenía vasos de vino cuyo interior relucía como recién barnizado. Ahora el comerciante al por mayor cogía la mano de la chica y la llevaba contra la luz como si fuera la de un campeón de boxeo que acaba de ganar un match. En el dedo de ella relució súbitamente un grueso anillo, bárbaramente grande como una verruga que tuviese luz propia. ¿Lo llevaba antes?
- Estoy haciendo punto -dijo la solitaria.
Allí estaba de nuevo, no cabía duda. De pronto ella cerró su mano en torno a la muñeca de él, como unas esposas demasiado grandes, pero antes le acarició la manga. Y, sin más, le tiró de la mano, sobre la superficie de la mesa, acercándosela hacia sí.
- ¿Qué le parece a usted esto? -le preguntó, y cuando él
bajó la vista vio que le había puesto la mano Junto a su costura.
Bueno, qué diablos, pensó él, irritado y despierto, ¿por que motivo tiene que empeñarse en existir cuando antes estábamos tan bien? Y tomó esta cuestión como un matemático a quien acaban de refutar una teoría.
- Mucho me alegraría -dijo ella- de que tuviese la
amabilidad de mirar y ver si le va bien.
- ¿Si me va bien? -preguntó él.
Recogió la costura y dobló una de las agujas para formar una pequeña curva.
- ¿En la mano, quiere decir?
- Sí, claro -dijo ella-, en la mano.
Era algo que parecía un calcetín de niño en azulverde, pero de un niño muy crecido. Lo estiró y metió exactamente dos dedos en él.
- Me va muy bien -dijo, devolviéndoselo con cierta
aspereza.
Bueno, se acabó la broma, pensó, sintiéndose momentáneamente brutal. Era como estar con el agua al cuello, y se dijo que no iba a quedarle más remedio que agarrarse a cualquier pértiga para poder salir a flote.
Levantó la vista y miró la catarata, dejó nadar sus ojos entre sus verdes piedras, aunque estaba completamente decidido a no dejarse vencer. - Ah, pues me alegro -dijo ella- de que le esté bien. Le
diré, es que yo coso para los soldados. Esto es un calientamuñecas. ¿Está usted seguro de que así le queda bien?
- Sí, naturalmente -dijo él.
Y pensó: Bueno, para soldados enanos será, si es que los hay. ¿Y por qué no va a creer la mujer ésta que mi muñeca mide dos dedos de anchura? A lo mejor, después de todo, esto es lo único que cree en el mundo. Hay gente que cree cosas mucho más estúpidas. Se acarició la muñeca tostada por el sol, se encontró el reloj de pulsera y se sintió brutalmente sacudido por la evidencia de que ya era hora de salir furtivamente de allí.
No quedaba más que una hora del permiso. Una hora le separaba todavía del miedo. Al otro lado de esta frontera estaría esperando el espanto con su gran tridente y su linterna verde, y de pronto experimentó, inesperadamente cortados todos los hilos que le mantenían unido a la realidad, y a aquella estancia, un momento de efímero, pero profundamente perspicaz espanto.
Cuando despertó ya estaba completamente obscura la estancia, y la lámpara del techo apagada, y la vieja daba voces junto a la mesa del billar. No parecía estar jugando, y golpeó el taco varias veces contra el borde de la mesa como un director de música.
Finalmente renunció y desapareció de la habitación entre pequeños gañidos, dejando a su paso un leve reguero de irritación.
El comerciante al por mayor encendió una lámpara de mesa, escondiéndose después en la oscuridad con la chica de los guantes. Apenas unos susurros recorrían alguna vez el cuarto. La lámpara del piano tendía una manta melancólica en torno a la chica del piano y su amigo. El Salmón se sintió muy solo.
¿Por qué, pensó, he de ser el único en sentir esto? Y le invadió un violento deseo de herir y de asustar. No era ahora tan tolerante como hacía un momento, cuando pensaba que la solitaria podía conservar su fe en sus muñecas. Encendió una lámpara debajo de la catarata. Arrojaba una ligera cascada hacia arriba, y la iluminó, dándose aspecto de espuma de jabón. Un cono de luz se mantuvo en equilibrio sobre la mejilla de ella, y la luz se le filtraba entre el cabello, junto a una sien.
- ¿Pero lo cree usted de verdad, lo que se dice de
verdad? -preguntó él.
- ¿Qué cosa? - Pues eso que dijo de que va a proveer a todo el
ejército sueco de calientaempeines, o lo que sea.
- Bueno, sí -dijo ella-, a mi me parece perfectamente
creíble, ¿o tiene usted otra proposición mejor?
- No -reconoció él-, pero ¿se le ha ocurrido pensar que
hace demasiado calor ahora precisamente para sus calentadores? Además, no debía estar usted aquí, en esta habitación, sin otra compañía que usted misma. ¿Es que no se da cuenta de lo que está ocurriendo aquí?, y si se la da, ¿porqué no hace algo?
- Las creencias -dijo ella- no son cosa que vayan
cambiando con el tiempo. ¿Me dice usted acaso que tengo que creer en sandalias y faldellines cuando hace calor y en calientaempeines y calcetines de esquiar el resto del año? Una creencia no es un termómetro. Y en cuanto a lo demás que dijo usted, la verdad es que no entiendo lo que me quiso decir.
- ¿No? -preguntó él con violencia.
Y la cogió por la barbilla con una mano, y por el carrillo con la otra, pero suavemente, con cuidado, de modo que no sintiese necesidad de asustarse, y al mismo tiempo le volvió la cara hacia la estancia.
- Hale, hale -susurró-, ¿no ve a esos dos que están allí? Pero cuando la soltó, ella volvió de nuevo la cabeza como movida por un resorte.
- Ahora la chica ésa está sentada en la rodilla de él, el
gordo -continuó-, y ahora..., pero, hale, véalo usted misma.
- No -dijo ella-, ¡cuéntemelo usted!
- Están ahí sentados, sin el menor reparo, bajo la
lámpara. Y ahora él le coge a ella el brazo y lo levanta, llevándoselo a la boca. Y ahora le coge la oreja y se la acerca y se inclina hacia ella para besársela. Para verlo no tiene más que volver un poco la cabeza, lo mínimo.
- Haga el favor de dejar de hablar de eso -dijo ella, muy
cortante-, ya comprenderá usted que le veo. Y no sabe cuánto me gustaban sus rizos. Fíjese, cómo relucen a la luz de la lámpara. Justo como aquellas mañanas, cuando venía en coche de caballos a buscarme a la pequeña pensión de la Rue Lamartine. El sol lucía, me entiende usted, la patrona tenía una jaula con canarios colgando del descansillo. Y no se puede imaginar cómo cantaban cuando el sol asomaba por la puerta. Él estaba sentado junto al cochero, y cuando los caballos se paraban delante del portal se bajaba de un salto, siempre muy ágil, me entiende usted, y me tiraba al balcón una rosa que llevaba en el ojal.
«Ahora o nunca», pensó él, «podría llevármela a un callejón sin salida. Y también podría meterle el miedo en el cuerpo. Se acabó la soledad».
- Sí -dijo-, todo eso puede muy bien haber sucedido. Y
es muy bello. Me recuerda una película que vi no sé dónde, o quizás sea algo que leí en algún sitio. Pero ya puede usted comprender que todo eso se ha acabado. Ahora ya no vive usted en la isla ésa, o lo que fuese. Ahora está sentada en una habitación, en Estocolmo, aunque con muebles muy raros, por cierto, y él está en la misma habitación, y ahora está gordo y casi calvo del todo, y esto tiene que metérselo bien usted en la cabeza, le tiene a él en la misma habitación, y está magreando a una chica joven y cachonda.
- Ay -dijo ella, y ahora su voz tenía un curioso filo que
las notas del piano, desgranándose indolentemente, puntuaban-, ya le conozco a usted, conozco muy bien a la gente como usted. Tan mentiroso es usted como los otros. No crea que no le conozco. No es usted mejor que los demás, absolutamente nada. Esta situación me la conozco pero que muy bien. Y por poner de ejemplo a la chica ésa de ahí, dice usted que está magreándose con él, pero, en realidad, lo único que hace es ayudarle a mejorar el texto de ciertas cartas de negocios en francés; comprenda usted que lo que pasa es que a él el francés siempre se le dio mal; bien podría contarle yo a usted la de cosas que me hace la chica ésa. Me paso el día entero aquí, haciendo punto, y cuando tengo una prenda terminada no tengo más que decirle: A ver, señorita Brant, ¿tendría usted la bondad de pasar esto a la Asociación de Niños Desamparados?; esto, por supuesto, no es un calientamuñecas para soldados, aunque si se lo dije fue para ver si así usted, por lo menos, dejaba de contarme mentiras, pero no sirvió de nada, porque siguió contándomelas, y hasta me dijo, como probablemente recordará, que le sentaba muy bien. Bueno, pues ahora, cuando se vaya, permítame que le llame la atención sobre una caja de cartón que hay en el vestíbulo, junto a la balda de los chanclos. Ellos pensaban que yo no la vería, pero ya ve que la he visto.
Dios mío, pensó él, sintiéndose de pronto completamente sereno, qué lástima de mujer. Está aquí, en un callejón sin salida, exactamente como yo, aunque el callejón no sea el mismo. Él creía comprender lo trágico de su situación al tiempo que sentía un violento deseo de defenderla de los rufianes que llenaban la estancia. Deseó que la atacaran con insultos, con injurias, incluso con bastones y puños. Y de pronto sus manos se acordaron de la mejilla de ella, de la barbilla de ella, y se inclinó sobre la mesa y la acarició.