La serpiente El espejo #3
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El espejo #3

El Salmón quedó inmediatamente prisionero del reflejo en el espejo. Se le ocurrió pensar que el espejo era alguna especie de control por el que había que pasar para tener acceso a aquel cuarto interior. Había llegado a un estado de ánimo en el que ningún impulso era demasiado alocado para que su mente lo tomase en serio. Así pues se detuvo ante el espejo y al principio se sintió muy sorprendido viéndose allí. Al principio no acababa de darse cuenta de que lo que estaba viendo era él mismo. Tiene que ser el inspector, se dijo, buscando su número de recluta en los recovecos de su memoria, pero mientras buscaba, el hombre del espejo se identificó lentamente, como cuando se aclara el reflejo de uno limpiando la superficie empañada del cristal de la ventana.

La primera reacción fue hondamente dolorosa.

Vaya, diablos, ¡si soy yo! Se miró con angustioso desconcierto la gran barbilla panzuda con la sombra azul ligeramente perceptible. Se sintió dominado por la repulsión y quiso romper el espejo, pero el respeto que le infundía el marco le contuvo. Ante su mirada empañada se agrandaron las cumbres inflamadas de los pómulos hasta que llegaron a parecerle enormes manchas de mermelada. De pronto le dio un hipo, indicio de inminentes sollozos, y cayó en lo más profundo del pozo de la compasión de sí mismo. Habría sido mejor dar media vuelta y salir corriendo por las escaleras, y luego perderse noche adentro, quizás llegar hasta el bosque y perderse por él, y esto era exactamente lo que sentía en aquel momento.

Pero se puso a hojear en su estado de ánimo como en un libro aburridísimo, y así es como llegó a él el piano, que tomaba largos sorbos del vaso del silencio detrás del grueso cortinaje de nudos dorados que acababa de ocultar a los otros. Le llegó entonces la sensación del deber, que apretó su tapadera contra su cerebro, haciéndole pensar, lleno de súbito sentido de la responsabilidad: Diablos, no puedo seguir aquí, acaban de invitar a otro.

Se inclinó en correcto saludo y se separó de la imagen del espejo para ponerse a buscar una entrada entre el amplio cortinaje. Poco a poco fue entrando en una gran estancia, grande como una pequeña plaza, pero una plaza que hubiera sido adaptada para aparcamiento. Cada pulgada de su superficie estaba ocupada por mesas, o por lo menos eso es lo que pareció a la mirada confusa del Salmón: mesas grandes y pequeñas, de nogal, de roble o abedul teñido, mesas para todas las actividades imaginables: mesas para comer, para beber, para jugar al ajedrez, para jugar al bridge, para coser, para poner gramófonos o tiestos de flores, las había incluso que tenían agudos clavos de madera bien pulida, quizás para solaz del fakir de la familia.

Y no solamente había mesas, sino también sillas, y donde no había ni mesas ni sillas había un piano. Estaba misteriosamente puesto en la parte central de la estancia y les miraba, con la boca alegremente abierta, mostrando los amarillos dientes de caballo. La chica que no tenía compostura se sentó en el taburete del piano. Tenía en la espalda un escote en forma de uve y el Payaso, completamente distraído, posó la mano en él. Bajo los dedos de la chica fue ascendiendo la escala de las notas, que, a veces, se tropezaban unas con otras, enredándose los talones y haciendo ruido.

En otro lugar de la estancia se había conseguido encontrar sitio para tres personas: la chica de los guantes, la animada vieja y un sujeto gordo con un batín que parecía un cortinaje y cuello color tomate, cráneo calvo, pulido y reluciente, el comerciante al por mayor. Se pusieron a jugar al billar. La vieja que, evidentemente, era experta, hacía juego doble e iba en torno a la mesa charloteando como una loca. El comerciante al por mayor y la chica de los guantes estaban en pie, el uno frente al otro, y cuando hubieron terminado, el comerciante al por mayor se puso a hurgarle a ella jugetonamente en el pecho con su taco. Ah, demonios, pensó el Salmón, de modo que es por ahí por donde van los tiros. Se le aclaró el cerebro y le invadió esa ligera sensación jubilosa de la persona serena que irrumpe en una fiesta donde empiezan a estar todos borrachos.

Miró un momento las paredes, de las que colgaban cuadros que se apretujaban unos contra otros como en un baño turco, poniéndose en cola para ir a situarse bajo la ducha de la lámpara que colgaba del centro del techo. Todo aquel colgante hablaba, si no de otra cosa, de lo sistemático que tenía que ser su dueño: había, por ejemplo, un grupo de cataratas que se habrían derramado el agua unas en otras de no ser porque los marcos se lo impedían. Qué lástima, pensó el Salmón, y se sintió súbitamente invadido por una breve alegría misantrópica porque nadie había notado todavía su entrada.

Al lado había una colección de salidas de sol, con pinos, abetos, rocas de playa o prados floridos, que, todo lo más, mostraban un cuarto de hora de diferencia entre la más temprana y la más tardía.

Finalmente, una gran colección de casas campesinas: delante de algunas de ellas se veían vacas con aros en el morro, delante de otras jugueteaban niños campesinos bien vestidos y bien lavados con ternerillas saltarinas.

En uno de los cuadros había hasta cinco terneras, lo que parecía, desde luego, un poco excesivo para tan pequeño establo como el que se veía pintado al fondo. Quizás fuera que aquel día habían pedido unas cuantas prestadas para no decepcionar al pintor, se dijo el Salmón, bostezando.

Y fue entonces cuando la vio. Su mirada cayó del marco y, por así decirlo, dio de lleno en ella. Estaba en la obscuridad, como pegada a una mesita coja, cerca de la esquina, y casi se fundía con el respaldo de la silla. Delante de ella se erguía una botella de agua de Vichy, y, al lado, un vaso espumeante. Hacía punto con gran concentración, las agujas volaban por el aire en torno a ella como rayos de luz, y sus ojos no se apartaban nunca del agua de Vichy.

Estaba allí sentada como si estuviera completamente sola en el mundo, casi como si habitara en aquella silla y junto a aquella mesa y ante aquella botella de agua de Vichy. El Salmón pensó de pronto: ¡lástima que se encuentre tan sola! Era la compasión que sentía por sí mismo lo que ahora transfería a ella. Acababa de hojearse a sí mismo hasta llegar a un periodo como aquel, y ahora todas las cosas que le rodeaban le parecían tener contrapartidas con las que podían intercambiarse sus pensamientos. Sólo él se encontraba terriblemente solo.

Mientras iba tanteando el terreno por entre el laberinto de mesas y sillas, hacia donde estaba la solitaria, observó, reflejado en el espejo trasero de su consciencia, que el comerciante al por mayor que jugaba al billar estaba ahora del mismo lado de la mesa que la chica de los guantes, y que cada vez le costaba más apartar los dedos de ella. La vieja, que se había vuelto muy juguetona y animada, con llamas rojas en las mejillas, no se daba cuenta de que ahora era ella la única que se ocupaba del espejo. El Salmón sí que se la dio, exactamente igual que si se lo hubiese leído en la frente, de que la solitaria era la mujer del comerciante al por mayor.

El piano lamía calladamente el silencio. La mano del Payaso se había ahogado en el pecho de la chica que estaba sentada a él, y la piel bajo su escote había comenzado ya a incandescer. El Salmón sintió de pronto gran pena de sí mismo, y, al tiempo, también, de la solitaria.

Ella no le había oído acercarse. Se sentó a su lado en el sillón pechugón, desvergonzado imitador de estilo antiguo, situado debajo de una gran catarata juguetona que abría la boca de par en par entre dos bosques azulverdosos y románticamente propensos a los ladrones generosos. Entonces ella dejó las agujas sobre las rodillas y dijo, con una claridad que a él le dejó muy sorprendido:

-¿Es usted el otro militar del que me habló la abuelita?

Su voz era frágil, delgada como un hilo, y tenía que forcejear con las patas embotadas del piano para poder ser oída. De la compasión por uno mismo a la vergüenza hay muy poca distancia, y ahora él se avergonzó como un gigante con botas sucias y crujientes que ha recalado en un obrador de muñecas. El reflejo del espejo se volvió hacia él y se situó socarronamente en la mesa entre los dos, delante de la botella de agua de Vichy. El se esforzó en pensar cómo tendría que poner los labios y la lengua y la garganta para que su «sí» fuese tan digno y tan claramente frío como las palabras de ella, pero cuando, por fin, consiguió pronunciarlo, se le había enroñecido por el camino.

Ella se había vuelto a poner a hacer calceta y ya no le miraba, y él se alegró de esto. Le observaba con gran cuidado y con ojos tímidos, temeroso de mancharla con sus miradas. De pronto se le ocurrió una idea muy graciosa, que le dejó sorprendido por lo evidente que era. Habría podido ponerse a silbar, la cosa saltaba a la vista, se dijo a sí mismo de la manera más inesperada.

Piensa lo que sería si esta mujer ahora resulta que no existe, se dijo, si ahora resulta que no es más que una entelequia que yo mismo me he imaginado, algo que hay entre esa silla y yo, un relieve tallado en el brazo del sillón y que mi imaginación ha hinchado. Y le pareció encontrar confirmación de esta posibilidad en la conducta de los otros.