El espejo #2
introducirse en la casa y cerrar la puerta rápidamente, aprovechando que la otra chica se la había abierto, pero el Payaso ya tenía metido el pie y había cogido por la muñeca a la chica de los guantes; se la retorció, no tanto que pudiera acusársele de brutalidad, pero sí lo bastante enérgicamente para dejar bien sentada su protesta. No era la primera vez que se veía metido en una de estas riñas: unas acababan arreglándose con buenas palabras multicolores, otras no tenían arreglo posible, pero nunca hasta ahora había acompañado a una chica a su casa en taxi para quedarse luego a la puerta con las manos vacías.
Si todo hubiera ido como de costumbre no importaría tanto. Todavía les quedaban unas horas de permiso, y habrían podido irse los dos en el tranvía catorce al Djurgrd, o, simplemente, bajar andando hasta Strandvag, y allí dar unas vueltas tan tranquilos bajo los tilos.
Pero el miedo que ahora habitaba en ellos les había vuelto desesperados. Querían una solución, una redención. La angustia les dio una audacia y una indiferencia a todo lo que, en otras circunstancias, habría sido extraña a ellos. Les hizo desesperados, les indujo a anhelar con verdadera fuerza una liberación. Sentían que reventarían si no conseguían desahogarse, cruzar los límites y entrar en un terreno que, en otras circunstancias, apenas habrían llegado a rozar. La posibilidad de perder esta partida les aterraba. Pensaban que todo se perdería para ellos si se les cerraba aquella puerta, y este peligro les hizo exageradamente duros de puños y de voces.
-Oye, que aquí hemos venido a algo -dijo el Payaso, abriendo la puerta con el hombro; el Salmón se le acercó, y la abrió más todavía-, no iréis a creer que os hemos traído a casa en coche para que nos dejéis en la puta calle -su ansiedad le hacía patético como... como un par de zapatos viejos.
Apretó el botón de la luz. Resonó en toda la casa una súbita luz vacilante que caía desde el techo. La chica de los guantes se resignó. Se encogió de hombros, su piel tembló perceptiblemente como la superficie inquieta del agua bajo la seda de la blusa.
-Olrait, pero no tenéis que hacer ruido, porque a estas horas el comandante está dormido.
Subieron, uno detrás de otro, por una escalera de madera reluciente que olía vagamente a pescado asado y un poco también a cebolla.
-Ah, vaya, ahora es comandante, en el café no era más que comerciante al por mayor -dijo el Payaso, tratando de expresar así la amargura que le producía este engaño.
La otra chica, sin duda porque le resultaba más fácil perder la compostura, rio por lo bajo. El Salmón iba el último, y de pronto se dijo que tenía el techo de la escalera de sombrero, y que todo cuanto éste le cubría producía efervescencia como coñac con azúcar.
Esta vez no había más que un tramo de escalera. Y en la pared del cuarto de servicio colgaba un bodegón. Constaba de una manzana, dos plátanos y un par de peces escuálidos, nada parecidos a los que se sirvieron en la comida del Sermón de la Montaña. En la cocina había una nevera, y las chicas tenían una habitación bastante grande para ellas solas, con ventanas que daban al patio, pero ni guitarra ni gramófono ni radio portátil. Por lo menos había dos anchos canapés, situados en sendas esquinas, y un carrito del té bastante espacioso. En la nevera había pollo, un mejunje de tomate y vinagre, y agua de Vichy. El Salmón sacó su botellín de bolsillo, que llevaba en el gorro, y escanció cuatro vasos. El ambiente, algo tenso hasta aquel momento, se distendió un poco. El Payaso le hizo un guiño a su amigo desde detrás de la chica de los guantes mientras ésta sacaba el álbum de las fotos del escritorio. El solía comenzar, en estos casos, pasando servicialmente el brazo por detrás de la espalda de la chica para ayudarla a tener cogida la tapa, pero el Salmón no estaba ahora para tales sutilezas. Le había caído encima un sombre-ro más grande todavía al entrar en la habitación aquella, y por dentro bullía como loco. Se fijó en la lámpara de pared, cuyo cordón colgaba donde se tocaban ambos canapés, cogió un caramelo de un cuenco lleno y se lo metió en la boca con papel y todo. Con sólo tirar del cordón se apagaría la luz, y tirando de él otra vez volvería a haber luz. La mar de sencillo.
Y entonces ocurrió algo que dio al traste con todas las buenas intenciones. Sonaron golpes en la puerta, suaves y decididamente benévolos, pero no por ello menos enérgicos. Los cuatro se sobresaltaron y en todos los rostros se dibujaron arrugas que expresaban decisión de escuchar. Luego se oyó el murmurar, suspirar casi, de una voz suave que entró en el cuarto como un soplo lento:
- Decidme, queridas, ¿puedo entrar?
Y antes de que nadie hubiera podido responder asomó una cabeza por la rendija de la puerta. Y allí siguió, moviéndose ligeramente de un lado a otro, como si no perteneciera a cuerpo alguno y estuviera hincada en una estaca, exactamente como un caballito de juguete. La cabeza tenía el pelo blanco, como fibras de hojas de palmera, y el rostro era pequeño y rojo y liso, pero daba, así y todo, una impresión de vejez, parecía el de una muñeca que ha pasado largo tiempo bajo la lluvia. Luego entró también el cuerpo, un tronco exiguo, escueto, ligeramente torcido, semejante a un bastón, cubierto con un pequeño, bonito vestido de muñeca con puntillas en torno al cuello y en los puños.
La chica de los guantes miró, seria y perentoria, a la otra, pero la chica sin compostura le dijo, con susurro de cine:
- Es la vieja mamá del comerciante al por mayor.
Se levantaron de los canapés exactamente igual que si hubiera entrado la maestra. La vieja les miró amablemente a todos, uno por uno, y dijo, con voz suave, metódica, que, por curioso que parezca, no sonó como cuando se le aprieta la tripa a una muñeca: - Estábamos allí y nos aburríamos muchísimo, total, que
dijimos: pues nada, a ver si vuelve la juventud y nos hace un poco de compañía, pero ahora veo que tenéis invitados, y a lo mejor también ellos quieren venir con nosotros, o puede que la juventud prefiera seguir aquí a solas.
En aquel momento la chica de los guantes vio llegada su oportunidad de darles a ellos con la puerta en las narices, y, sin más, asintió, contenta como un potrillo que muerde el bocado, y la otra, que ya había empezado a ceder, se rindió también, pero con silenciosa protesta.
La vieja de rostro de muñeca ya les había vuelto la espalda y salía al pasillo con paso lento y suave. La siguieron muy juntas y pisándole casi los talones, como si tuvieran miedo a perderla de vista. Y los chicos, desconcertados, fueron tras ellas, pero, antes de salir del cuarto, el Salmón se acercó a la lámpara de pared y tiró del cordón hasta quedarse con él en la mano. Se lo metió en el bolsillo y esto le hizo sentirse algo mejor por un instante.
El pasillo hacía un movimiento agudamente curvo, como si fuera de una torre. Las paredes estaban empapeladas de verde, y el dibujo recordaba el paisaje lunar. A ambos lados del pasillo colgaban bodegones, pero en tal número que podría pensarse en una especie de mausoleo de bodegones. Y estaban cuidadosamente clasificados: de la pared izquierda colgaban frutas tropicales y otros productos de la huerta; de la de enfrente, peces, cangrejos de un rojo vivísimo, langostas con grandes pinzas y gambas que parecían tener ya una semana.
El Payaso, que empezaba a recuperarse del golpe y necesitaba una válvula de seguridad para no reventar, dijo en voz alta y clara y con un amplio ademán que abarcaba ambas paredes:
-El viejo que vive aquí tiene que tener algún negocio de pescado y hortalizas.
La chica de los guantes se volvió y le miró con los ojos abiertos de par en par y llenos de reverencia, pero la otra dejó escapar una delgada cinta de risa mal contenida que revoloteó en su estela.
El pasillo verde desembocaba en una estancia cuadrada, un cruce entre un pabellón de caza y sala de espera de dentista. Dos bayonetas siniestramente cruzadas sonreían desde la pared donde colgaban como tibias, y sólo la calavera parecía faltarles. Muy alto, tocando casi la cornisa del techo, colgaban de sus gruesas correas dos escopetas de caza de modelo antiguo.
Pues ya tendría gracia que el tipo éste resultase ser comandante de verdad, pasó por la cabeza cansada del Salmón cuando vio el arma. Vaciló un poco y el sombrero se le volvió aterradoramente pequeño. En una silla de mimbre se sentaba un pequeño perro gordo y blanco, de orejas puntiagudas. La vieja castañeteó los dedos en dirección a él y fue un ruido como el que hace una ramilla al chascarse; el perro entonces se bajó a tierra como una pelota de jugar a los bolos. Una enorme puerta alta, de color entre blanco, amarillo y gris, que decididamente le recordaba a uno su mortalidad, se deslizó como soñolienta, con un largo chirriar. El perro entró a saltitos, moviendo la cola, y la vieja deslizándose como una ratita, por el gran vano que dejaba la puerta al abrirse, y que daba acceso a una habitación muy pequeña, con su propia lámpara, que colgaba del techo. Lo primero que vieron fue una cabeza de alce disecada que miró a los recién llegados con fijos e impertinentes ojos de pimienta. Había también un espejo de cristal barato, pero cuyo voluminoso marco antiguo era más antiguo que la antigüedad. Era un espejo gigantesco, y cuando se miraba uno en él y se ponía a pensar en el marco podía imaginarse que su propio reflejo era un retrato del siglo XVII. Y si se tenía mala conciencia y se miraba en tan enorme espejo, lo primero que se le ocurría a uno era que la mala conciencia estaba mirando también por encima del hombro, impaciente por verse reflejada en el cuadro.